La bomba que guardaba uno de los secretos más oscuros de Celeste, al fin estalló, formando caos y salpicando a todo inocente o culpable. El tiempo se acabó, al igual que las reservas y la compasión.
Caín lucha por olvidar a la mujer que lo desestabi...
Una vez más, todas las personas se reúnen en un mismo punto, el cual ésta vez es un café común y corriente, donde ahora mismo se encuentra una castaña de ojos verdes, la cuál conversa con un pelinegro de ojos azules.
—Ultimamente visitan mucho ésta cafetería —dice la persona al mando.
—Ariana Bennet, y Adrién Smith, supongo que al ser éste el lugar favorito de Celeste Adams, vienen para intentar no extrañarla tanto —responde otra persona presente en la mesa.
—Ahora que Adams ha muerto, no nos interesa matar a su hermana, o a alguna de sus amigas —dice alguien más, tomando un trago de su batido— entonces, ¿Nos enfocamos en Patterson?
—¿Por qué no? —responde sombra— a mi me encantaría verlo sufrir, si ella no lo hizo, él si.
—Entonces Sombra, ¿Empezamos por Smith o por Roberts? —pregunta una de las personas en la mesa, el segundo que había hablado.
—Mm, ya Smith a vivido mucho, además, ya su muerte está más que preparada —responde la persona, a la que apodan Sombra— no tenemos porqué hacerlo esperar, los millonarios siempre tienen que tener el primer lugar ¿No creen?
Todos ríen a carcajadas, y brindan cada uno con sus batidos en mano. Vuelven a fijar sus vistas en las dos personas en la mesa, y en la pelirroja que acaba de llegar, sentándose al lado de ambos.
—¿Cómo empezamos? —pregunta la tercera persona presente.
—Un simple secuestro, videos de tortura, ese tipo de cosas, y luego, le mostramos el deceso de su amigo en primera fila.
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—Señor, esperamos a sus órdenes —me informan por el intercomunicador.
—Matenlos —ordeno.
Los disparos en el fondo no se hacen esperar, los gritos y las súplicas se escuchan por encima de todo, pero no me causan nada, ni tristeza, ni lástima, ni siquiera un poco de empatía.
Los ruidos cesan, y todos en la mesa me miran fijamente, con frialdad y molestia. Los ignoro a todos, y me concentro en escuchar lo que me digan a continuación.
—Objetivo cumplido —me dice Xavier.
Hago caer la ficha rosa, que permanece sobre el tablero de ajedrez, poniendo una negra en su lugar, ya siendo quince negras, entre ventidos fichas de colores distintos.
—Washington es nuestro —anuncio— y sólo tuvimos cuatro hombres de baja, ¿Y aún creen que fue una mala idea?
Pregunto de manera retante, y me levanto de la mesa tomando el saco que cuelga del espaldar de la silla. Me lo pongo a medida que salgo de la sala, y bajo las escaleras corriendo. Miro el enorme cuadro que está en medio de la sala, el cuál pusieron tres días después de su muerte.