Su novio está obsesionado. Ella es víctima de sus manipulaciones. La hiere, la destruye, pero ella continúa cayendo por sus encantos.
Hasta que, una noche tras una discusión con Bruno, Katerine encuentra la paz en el canto de su vecino: Sam d'Aramit...
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Había cumplido diecinueve años y ya tenía unos dos años de noviazgo con mi amada. La adoraba como nunca y habíamos tenido nuestra primera vez en mi cumpleaños. Recordaba aquella torpe ocasión con ternura, ni Nora, ni yo lo habíamos hecho con alguien alguna vez, por lo que nuestro encuentro había sido corto, titubeante, y de a ratos tierno. Sin embargo, al despertar a su lado y verla desnuda y envuelta por mis brazos supe que nada en el mundo me haría más feliz que eso.
Unas noches tras ese suceso extraño le pedí que me acompañara a una cena familiar. Grave error.
Me arrepentí totalmente de ir a esa cena.
Especialmente porque ahí estaba nuestra madre. Tan pragmática y elegante, sin embargo, con una lengua viperina que tajaba la paciencia.
Samuel ya tenía sus trece años, casi catorce. Había crecido un poco en cuanto a su estatura, pero seguía teniendo rostro de niño. Él observaba tenso su plato sobre la mesa, se sentó junto a mí, del lado derecho, mientras que en el izquierdo estaba mi Eleonora. Lucía espléndida con su maquillaje elegante y había sorprendido a mi propio padre.
Miré a mi madre junto a la cabecera, donde estaba Gonzalo. El parecido de sus ojos con los de Sam siempre me ponía alerta. Tenía ojos de hierro, sin brillo a diferencia de los de Sam. Su melena negra ondulada le llegaba por debajo de la cintura, brillaba como azabache bajo la luz anaranjada sobre la mesa de comedor. Tenía un semblante que intimidaba, esto se debía a su mirada pétrea, su esculpida mandíbula con pómulos prominentes y felino delineado de ojos.
—Entonces, Eleonora. —Su voz fue amarga, con un tono serio como el gris de sus ojos—. ¿Qué es lo que te gusta de mi hijo mayor?
Benjamín se removió incómodo sobre su asiento. No cruzaba miradas con su exesposa, pese a que ella se fijaba con insistencia en él.
—Lao es un chico dulce. Es cariñoso, amable y...
Mariana se rio por lo bajo y mi novia la miró con el ceño fruncido.
—No, no pasa nada. Sigue, sigue —habló condescendiente.
Noté vergüenza en la mirada de mi chica y la miré preocupado.
—No es necesario que hables si no quieres —murmuré muy bajo.
Ella asintió y respondió:
—No tenía nada más que decir.
Eleonora masticó la ensalada con leve incomodidad. Mariana tenía una insistente mirada sobre ella.