Su novio está obsesionado. Ella es víctima de sus manipulaciones. La hiere, la destruye, pero ella continúa cayendo por sus encantos.
Hasta que, una noche tras una discusión con Bruno, Katerine encuentra la paz en el canto de su vecino: Sam d'Aramit...
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Me refugié en la calidez de mi cuarto, saliendo del balcón. Mordí mi labio inferior como un acto de nerviosismo al notar a Bruno sentado al borde de la cama, con sus codos sobre sus piernas y su cabeza en dirección hacia abajo.
Dejé el poema de Sam sobre el sofá frente a la cama, puesto a que era el sitio más cercano donde podía dejar la hoja. Volteé a ver a Bruno, lucía como un alma en pena por lo silencioso que se mantenía y la postura que cobraba.
Me temblaron las manos al pensar en si él había oído la conversación, a pesar de que realmente no había dicho algo extraño, me ponía nerviosa pensar en que se podría sacar de contexto alguna broma simple e inocente. Me dolía aceptar de que, Bruno en ocasiones me había dado miedo. Sabía que él no era capaz de lastimarme con violencia física, nunca sería capaz de dañarme con un golpe, pero sí era capaz de lastimar con palabras.
—Bruno —llamé, al notar su semblante afligido, yacía con su cabeza gacha, como si detrás de su cuello cargara una gran roca—. ¿Estás bien? —inquirí, tomando lugar junto a él.
Alzó su mirada y se encontró con la mía. Sus ojos verdes habían perdido alegría, dejando un tono grisáceo.
—¿Sucede algo? —Volví a preguntar.
Se enderezó y giró su rostro en mi dirección, observándome directamente. Expresó una sonrisa pequeña, casi imperceptible.
—Nada, ¿por qué preguntas? —habló risueño— Sólo estoy un poco cansado.
Puse mi mano en su espalda y marqué una ligera caricia como consuelo.
—Es tenso estar en casa con mi familia —afirmó, dejando de verme y dirigiendo sus ojos al techo—. Al menos Betsabé estuvo callada, fue lo único positivo.
Sentía que Bruno ocultaba algo, ya sea un asunto banal o importante, sin embargo, no pregunté
—¿Por qué no intentas vivir en otro sitio? —ofrecí— Podrías seguir trabajando para tu familia pero no estar con ellos, así de simple.
—Quizás pueda intentarlo —suspiró. Frunció su ceño, no pude descifrar si de ira o confusión—. No te preocupes por eso, no escuché.
No estuve segura a qué se refería.
—¿A qué te refieres?
—A tu charla con Sam —contestó con un poco de pesadez—. ¿Te preocupa eso, no?
—¿Cómo lo sabes?
—Tus manos —Señaló mis manos con su índice, de forma disimulada—. Cuando estás nerviosa, asustada o sorprendida te tiemblan. Ahora estás nerviosa porque haya escuchado.