I. Hermano

1.2K 104 431
                                        

Subo la primera parte del primer extra de Sollozo a medianoche, en unos días estará lista la segunda parte, no creí que esto se extendería tanto akjakj. 

¿Siguen ahí, by the way? Repórtense.


Disfruten, mis amores. Los extrañé<3

Estanislao d'Aramitz nos abandonó antes de lo esperado

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.

Estanislao d'Aramitz nos abandonó antes de lo esperado.

Su sonrisa nos había abandonado, su candoroso humor y aquel encanto que tenía. Le había considerado durante toda mi vida como la fogata en nuestro hogar, una pequeña llama que aliviaba la gelidez de la mirada de papá o la indiferencia de nuestra madre.

No pudimos hacer nada por él.

Ocultaba su dolor bajo una retahíla de risas. La sonrisa le servía de velo a la flecha en su corazón que llevaba años hundiéndose en él. Empezó con la repentina noticia del fallecimiento de su esposa, una mujer que ya tenía arrugas en su rostro, mas que su tiempo se acortó debido a un asalto que se salió de control. La situación se agravó con el nacimiento de Samuel, un hijo bastardo que no tenía su sangre. La grieta se expandió con la separación de Ben y Mariana, la susodicha se marchó con un hombre de gran garbo e impecable historial, cuyo cabello negro me recordaba con firmeza a mi hermano pequeño. Hermano pequeño que ese día se aferró a mi cuerpo como si fuera el esqueleto que lo mantenía en pie.

El cielo azotaba nuestras cabezas con potentes estruendos, la lluvia imparable y ventosa removía con brusquedad las copas de los árboles y curvaba los troncos de los débiles. Mi corazón latía apaciguado por la disforia que despegaba de él a través de mis lágrimas. Los ojos me picaban, y mi puño sobre la cabeza de mi hermano apretaba de a ratos su descuidado cabello.

—Estas cosas pasan —susurró con la voz quebrada mi padre. Tenía las cuencas oscuras y los labios débiles, aún sísmicos por su previo llanto.

Algunos dirían que ese hombre no lloraba, que era fuerte, «un macho» como le llamaban a veces, «un verdadero hombre». La verdad es que no hay hombre que no llore, y el que no llora es solo un enmascarado; es un Estanislao. El viejo Estanislao no lloraba nunca, ¡pero nunca, nunca!, y así murió, atentando contra sí mismo. Fue la primera prueba de su dolor que noté en mi vida.

Y papá no era una excepción, Benjamín lloraba a escondidas, incapaz de mostrarse débil ante mí o Samuel. Aunque su debilidad cobraba presencia cuando nos gritaba por ira o se frustraba con ambos, desquitándose con nosotros con tal de olvidar la huida de mamá.

Mi padre llevó su mano a mi espalda y apretó la mandíbula.

—Estaremos bien, Lao.

Bajé mi mirada a la criatura desamparada, cuyos bracitos eran cuerdas alrededor de mi cuerpo. Su llanto imparable me quebró. La humedad en mi ropa me alertaba de la lluvia naciendo de mi hermano. Recuerdo la agonía punzando mi corazón al no poder decirle algo para animarlo. A mis catorce años no tenía idea de cómo decirle a mi hermano pequeño que todo mejoraría. ¿Cómo podía protegerlo? Ambos éramos niños, dos niños que esperaban a su padre que regresaba en la madrugada por trabajo, dos niños que solo sabían confiar en su abuelo para ser felices, dos niños que se criaron el uno al otro porque la única figura paternal en nuestras vidas se había convertido en cenizas.

Sollozo a medianoche [✔]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora