Capítulo 4

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Aveline Morris.

Las paredes grises, en conjunto con las blancas cortinas y los blancos estantes con libros de temas desconocidos, hacen de la habitación un lugar frío y apagado. Mi estómago duele, mis manos tiemblan y mi mente quiere creer que lo que está pasando no es real y que todo es producto de mi imaginación.

—No está bien —dijo molesto —. Tú no estás bien.

Centre mi vista en algún punto de la pared y me obligue a no pensar, porque si seguía dándole vueltas a las palabras que me acababa de decir; me pondría a llorar y hoy en serio no quiero hacerlo.

—¿Me estás escuchando? —preguntó, y yo asentí como respuesta.

Él suspiró y pasó sus manos por su cara en modo de frustración.

—Aveline —me miró con sus celestes ojos —, ningún ser humano se merece lo que tú estás pasando.

«Yo sí lo merezco» Pensé.

Es como si la tristeza y la melancolía me persiguiesen. Como si la vida se empeñase en dejarme claro que es lo que merezco.

—Tienes claro que no puedo dejar pasar esta situación por más tiempo, ¿verdad? Tengo que informar a las autoridades.

—No, por favor —supliqué —. Si los de servicio social se enteran, me llevarán a un hogar de acogida, me quitarán la beca y no podré terminar la escuela.

Mis ojos finalmente se llenaron de lágrimas. Una vez más, aparte mi vista del señor Harris, no me apetecía ver su mirada de lástima, una que la gran mayoría expresa cuando se enteran de "mi situación". El silencio reinó unos segundos, pero fue quebrado por el profesor.

—Ella te hace daño, niña —habló con voz bajita —. Una madre protege, enseña y trata de darle lo mejor a sus hijos. No juzga, perdona y los ama con su vida. Ahora te pregunto, Morris, ¿ella hace eso o más por ti?

Las palabras se quedaron en mi garganta, sin poder salir y decir que sí, que, aunque ella es distante y me culpe constantemente; en el fondo de su corazón me ama.

Pero si nos ama, ¿por qué estamos llorando?

¿De qué hablas?

Toca tu mejilla y averígualo.

Llevé mis dedos hasta mi mejilla y comprobé que sí; estaba llorando. Llorando en serio. De esas veces en que algo dentro de ti que creías haber superado, resurge y lástima el cuádruple de lo que hacía antes.

—Sé que es difícil —reconoció el profesor —, pero lo que ella te gritaba y el sonido de los golpes... Eso incluso lo pude oír desde mi coche cuando estaba aparcado afuera de tu casa. Y menos mal que fui yo quien lo escuchó y no el director, porque era él quien tenía que darte esa noticia y no pudo hacerlo por una reunión extraordinaria con los dueños del colegio.

Los ojos del señor Harris se encontraron con los míos y por primera vez en años logré ver a la persona detrás del "profesor". Comprensión, eso fue lo que vi al observarlo con detenimiento.

—No diré nada —me informa —, pero es temporal.

Sonrío un poco.

—Gracias —le agradezco.

Él me da una una sonrisa.

Él me da una una sonrisa

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