CAPÍTULO 27

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La noche de aquel día, mis padres quisieron ir a cenar a un restaurante, pero si no queríamos que la gente nos viese juntos, había que cancelar ese plan. Nos quedamos comiendo en el jardín de mi antigua casa.

El viento soplaba ligeramente, y hacia la cena mucho más amena y relajante.

Mis padres charlaron alegremente con Damiano, el cual perdió los nervios poco a poco. Era tan tierno verlo como sonreía al hablar.

Cuando recogimos la mesa, mi madre me arrastró a la cocina. No sé qué tenía entre manos.

Ella dejó los platos en el fregadero y luego se apoyó en la encimera.

— ¿Que pasa, mamá?

Ella sacó unas llaves de su bolsillo del pantalón y me las tendió. Eran las llaves del coche. No pude evitar que se me saliera la risa tonta al verlas.

— Iros de fiesta, enséñale cómo es la fiesta a Damiano en Madrid, o yo que sé, iros a dar una vuelta.

Asentí, y salí de la cocina. Vi a Damiano sentado aún fuera en el jardín en la silla, efectivamente fumando.

Me acerqué por detrás, y pase mis brazos por su cuello para poder abrazarlo. El acarició mi mano.

— ¿Sabes que, Damià? — Susurré en su oído.

— Dime. — Susurró él esta vez.

Saque las llaves y se las enseñé. El se mordió el labio y rió.

— ¿Vamos a dar una vuelta?

— ¿Ahora, amore?

Si, ahora, Damià. Mi madre me ha dado las llaves para que vayamos a dar una vuelta o nos vayamos de fiesta.

El asintió y se levantó. Salimos de casa el silencio, y abrimos el coche. Esta vez quien se sentó en el asiento del conductor fui yo, y en el copiloto.

[...]

Fuimos a la pequeña colina que siempre me habían llevado mis padres cuando era más pequeña. Me encantaba este lugar. Se veía una pequeña parte de Madrid desde ahí, y era precioso.

Salí yo antes del coche que el, y me senté en el banco que había justo delante. El no tardó en llegar.

— Es muy bonito este lugar. — Susurró.

— Lo es. — Susurré.

El rodeo mi cuello con un brazo, e hizo que me apoyara en su hombro.

Así nos tiramos un par de minutos, hasta que Damiano empezó a meter la mano por dentro de mi camiseta.

Eche la cabeza para atrás. No iba a negarme a esto, por algo habíamos venido a un lugar tan apartado.

El apartó mi sujetador un poco, y empezó a acariciar uno de mis pechos. Tire la cabeza para detrás, necesitaba disfrutar de esto.

Yo alargue mi mano hasta su entrepierna, y empecé a acariciar por fuera. Estábamos igualados.

El suspiro, y parece que tenía ganas de hablar, y así fue.

— ¿Podemos dejarnos de preliminares e ir directos al grano? — Volvió a suspirar. — No sabes las ganas que tengo de tenerte encima mío, Sofía.

Me levante de golpe y lo arrastre conmigo al coche. Movimos los asientos de delante un poco para poder tener más sitio, y finalmente nos sentamos detrás.

Encima suyo pude admirar mucho lo guapo que es, hasta que decidí besarle.

Cualquiera que viese el coche sabría lo que estábamos haciendo, porque digamos que éramos un poco salvajes.

Sentí que metía sus manos debajo mi falda, y las ponía en mi culo, el cual apretó. Seguidamente se encargó de bajar mi ropa interior, y dejarla tirada por el coche.

Yo desabroche su pantalón bruscamente, y su erección, salió completamente a la vista.

Alargué mi mano hasta mi bolso para poder sacar un preservativo.

Una vez Damiano estuvo con el puesto. Yo finalmente me abrí de piernas encima suyo, y dejé que entrara dentro de mi.

El agarró mis caderas y me ayudó a moverme. Me ayudo a coger un ritmo bueno, y totalmente satisfactorio.

Saco mi camiseta descaradamente, con conjunto a mi sujetador.

Mientras yo estaba en plena acción, el agarraba mis pechos y jugaba con ellos. Esto sin duda iba a acabar muy bien.

Narra Damiano:

No sabía lo que era tener una diosa, hasta que la tuve a ella encima mío.

Su pelo, sus manos, sus pechos, sus curvas, su cuerpo son precioso. Parecía una escultura echa a media para mi.

Es la mujer más sexy y sensual que he visto jamas. Mi queridísima diosa del sexo.

La ayude un poco más a que siguiese un buen ritmo encima mío. Se sentía muy placentero tenerla moviéndose encima mío.

Mis piernas se tensaron, y ella lo notó, porque jugó la misma carta que yo siempre juego, ir más rápido al final para que llegáramos los dos.

Cuando los dos tocamos la cumbre, ella apretó sus manos encima de mis hombros, clavando así sus uñas en mi piel. Sin duda era la única marca por la cual merecía sufrir, por ninguna más.

Ella cayó sobre mi hombro y la abracé. Nuestras pieles volvían a estar frías. Así que sentí la necesidad de abrazarla aún más fuerte. Sus pechos rozaban justamente con el mío, se sentía bien, pero a la vez era extraño.

Ella se movió y suspiró. Cogió su camiseta, y toda su ropa. Se la puso en completo silencio.

— ¿Estas bien? — Pregunté.

— Me duele todo, y estoy cansada. No volveremos a hacerlo nunca en un coche, que quede claro.

Yo reí por lo bajo.

Me dijo que condujese yo esta vez, porque según ella las piernas no le daban para más, y como no, volví a reír.

El trayecto a casa se nos hizo un poco largo porque pillamos un pequeño atasco. Ella se quedó dormida en el siento de al lado.

Tuve que sacarla en brazos y abrir la puerta como pude.

Me encontré con su padre nada más entrar. Yo me puse nervioso.

— Em, no sé qué habréis echo, para que se haya quedado dormida, porque ella solo suele dormirse si está muy cansada, pero bueno, buenas noches, Damiano.

Si dijese que no estaba sudando en ese momento por la casi pillada, estaría mintiendo.

Finalmente la subí a la habitación que compartíamos. La cambié y yo hice lo mismo.

Finalmente, me acabe durmiendo abrazado a ella.

L'inciampo dell'amore // Damiano David Donde viven las historias. Descúbrelo ahora