Amanda abre los ojos de forma súbita, el corazón le late exasperado, de una forma preocupante, tanto que lleva una de sus manos hasta su pecho y lo masajea, tratando de calmar el sofocado malestar que la acribilla por todas las partes de su cuerpo, sim importar donde más golpee.
El sonido de esa moto es inconfundible, este logra desestabilizar todo a su alrededor, hasta la más penumbra oscuridad en la que se encuentra su casa se vuelve pequeña ante semejante ruido. Lleva más de seis noches tomando un pequeño espacio de la carretera que pasa frente a su casa, más de seis noches que no la deja descansar la mente, sus pensamientos son guerreros de fuego quemando sus neuronas y las preguntas cada vez son más fuertes y atacan con demasía. ¿Quién es esa persona que no deja escampar en sus noches la tranquilidad? ¿Quién es para arrebatarle sus dudas y llenarla de curiosidad? ¿Quién se ha creído para invadir su espacio más codiciado de descanso, su sueño?
Hoy sería el séptimo día. Se había acostado con la esperanza de que la dejaran dormir y con la decepción de no verla, porque de una u otra manera le pareció raro que no apareciera como lo ha hecho las anteriores noches, hasta se perturbó al sentir que la había extrañado, aunque fuera para enfadarse con ella. Solo la veía de lejos, nunca se ha acercado a la casa, se quedaba parada observando directamente a su habitación, como si de una u otra manera supiera que era observada con determinación, con curiosidad.
Se levanta con un poco de esfuerzo, su pierna aun duele por la herida y fractura provocada en el accidente. Toma la muleta que usa para sostenerse en caso de necesitarla como en esta ocasión, camina lentamente hacia la ventana, tratando de no hacer ningún ruido que despierte su madre (si es que no lo ha hecho ya con la llegada de la moto), esta suele ser demasiado protectora cuando se lo propone y necesita que ya no haya más perturbancia en la noche, suficiente tiene con observar desde varios metros de distancia, tras la cortina que oculta su presencia, a aquella joven que muestra seguridad y osadía recostada de su moto y que mira en su misma dirección.
Hace un leve movimiento y un dolor agudo le recorre toda la pierna haciéndola tambalear, tal vez ponerse de pie no fue muy buena idea.
—Joder —susurra y se acomoda, logrando alivio en su dolencia.
Por mucho que lo necesite no se puede ir a acostar, verla, aunque no lo admita o no se atreva a aceptarlo, se ha convertido en una necesidad para ella, cada segundo, cada bendito minuto que permanece ahí, de pie, al lado de su moto, con la mirada puesta en su ventana, como esperando algo, buscando algo. Recuerda la moto del día que salió del hospital, no se puede pasar desapercibido semejante vehículo, pero no la pudo ver a ella, hasta varios días después y todavía no encuentra palabras para describir lo que le hace sentir cada vez que hace acto de presencia.
Observa el reloj, 4:06 de la madrugada, ha aparecido muy tarde, pero ha venido y eso hace sonreír a la periodista, ambas de una u otra forma sienten la misma necesidad, aunque sean con objetivos diferente. Amanda con un poco de atrevimiento corre un poco la cortina, sabe que este hecho no pasa por alto frente a los ojos de la chica, esta se reincorpora y camina hacia la casa.
—¿Qué haces? —habla en voz baja la periodista.
Observa como aquella atrevida joven se acerca a pasos lentos a su ventana, hace movimiento hacia atrás, sintiendo miedo de que pueda verla. Sus ojos azules captan cada rasgo de aquel hermoso y atrayente rostro, la pigmentación de sus pupilas es tan perfecta que se puede pasar horas observándolos, ese verde profundo, con mirada penetrante, puede llegar a hacerle desear más de lo que se puede permitir ahora mismo.
Carla se queda frente a la ventana varios minutos, observando hacia la oscuridad, sabe que está ahí, que ambas se miran, pero solo una de ellas puede ver, le excita saber que su víctima puede ver su rostro, eso escandaliza la adrenalina a niveles nunca sentidos. Muestra una sonrisa en sus labios, de lado, sin llegar a mostrar sus dientes, mete una mano en el bolsillo de su chaqueta de cuero negra y saca una tarjeta con su número de teléfono anotado.
Amanda se sorprende devorando aquella ladeada sonrisa y sonriendo también, después de la muerte de Lía, no lo había hacho, hasta ahora que una desconocida le ha robado sin saberlo esa expresión que muestra alegría, por lo menos en su caso.
El rostro de la joven se le hace familiar, pero no piensa en ello, o no lo puede hacer, ya que la de ojos verdes se acerca a la orilla de su ventana o deja una tarjeta sobre esta, están a apenas a dos metros de distancia, Amanda aprovecha para observarla bien.
Es atractiva, con una belleza que puede ahogar a cualquier ser humano si se lo pidieran en un acto loco de perder la vida ante la perfección de sus rasgos. Tiene una halo cautivador y atrayente que la llena de ansiedad, pero de una ansiedad por querer conocerla, saber sus gustos, sus hábitos, su hobbit, todo lo que hace en su día a día.
Sus ojos verdes son como dos puñales, capaz de hacerte sangrar con el mínimo roce de su mirada. Sus pestañas gruesas y largas hacen que el brillo de sus pupilas se intensifique, su nariz pequeña y respingada, la hace ver un poco inocente, y sus labios, sus jodidos gruesos labios, no le permiten seguir observándola.
Había estado con mujeres, sí, pero ninguna despertó en ella, el apetito sexual, como lo está despertando esta desconocida, solo con mirarla.
Carla se fue alejando sin dejar de mirar hacia la oscuridad que le mostraba aquella habitación detrás de la ventana, deseaba con urgencia poder ver ese rostro, que la traía mal hace semanas. Llegó a su moto, sin pensarlo mucho y cumplido su objetivo, encendió en motor y se marchó.
Amanda no dudó un segundo en abrir la ventana y tomar la tarjeta, fue hasta su cama y se sentó, tanta tensión le había hecho olvidar el dolor de su pierna y se alegró por ello. Guardó el número telefónico en su agenda y con una sonrisa pícara no dudó dos veces, necesitaba una distracción para soportar la muerte de su hija, convivir con ese vacío estaba haciendo estragos en su vida, sabe que nunca lo superará, pero no descarta aprender a entenderse con él.
Buenas noches, chica misteriosa.
Envió el mensaje sintiendo como sus manos empezaban a temblar.
Buenas noches, Amanda.
La periodista sintió como su piel se erizaba, una sensación positiva y negativa a la vez, pero deliciosa, la recorrió de pies a cabeza. Que supiera su nombre no es extraño, lo raro es que ella le había escrito sin pensarlo mucho, sin deparar en el peligro que eso conlleva a una figura pública como ella, pero ya es demasiado tarde para echarse hacia atrás, solo queda afrontar las consecuencias, si es que hay alguna.
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TATUAJES. (Editando).
Roman d'amourSu hermana Keila sufre un accidente tras el cual fallece en el hospital, ese mismo día una periodista famosa corre con la misma mala suerte, siendo la causante de la muerte de la joven y de su amada hija. Carla la hermana de la fallecida buscará v...
