La soledad más placentera y embarcadora que se pueda encontrar en el universo se encuentra en aquel tranquilo y luctuoso lugar. Todo acogimiento entre sus majestuosas construcciones muestra una totalidad asombrosa en su auténtico modo de mostrar armonía y tranquilidad.
La paz más pura se puede respirar en cada rincón de aquel sitio, tan desolado, tan silencioso. Una sutil brisa mueve las hojas de los árboles, Amanda observa los nichos perfectamente creados, muestran de manera única que están hechos para mostrar recuerdos en toda una la eternidad y a la vez el marcado rastro del paso del imperdonable tiempo sobre ellos, con huellas imborrables en la convivencia de muchas personas.
La periodista camina con un poco de esfuerzo, ayudada por las muletas, sus piernas aún se resisten a soportar mantenerse de pie sin ayuda. Angela la sigue de cerca, siendo el soporte de esta, su horcón, su fuerza, no la dejaría sola en un momento como este, el dolor que rodea a su hija es demasiado para la estabilidad emocional de cualquier persona.
Tres semanas después del accidente y luego de ver salido del hospital, Amanda había decidido ir a visitar el lecho de su fallecida hija, a su pequeño ángel, su único respiro, su único consuelo, que se marchó sin decir adiós, sin dejar escuchar su suave y armoniosa voz, sin reflejar una sonrisa, ni el eco de unos de sus chillidos.
Lo que más ahoga a la periodista, es la culpa que surca heridas en su corazón, en su razón, en su día a día. La culpa por ver causado, por no impedir la muerte de la persona que más llegó a amar en su miserable vida. Detiene sus pasos cuando siente la mano de su madre tomándola por el brazo.
—Hija es aquí.
—¡Oh, Dios!
Exclama luego de leer el nombre de su hija en aquella impoluta lápida, tallada de un perfecto mármol blanco, Lía, suelta su muleta y cae de rodillas frente a la tumba, no le importa lastimarse, nada la podría lastimar más que ese dolor insoportable que nunca podrá superar, que nunca podrá aceptar, que exprime su corazón hasta el punto de no sentir sus latidos, hasta dejarlo seco de sentimientos, agotado, sin deseos de otra cosa que no sea, morir.
Llora sin consolación, no hay remedio para aliviar el pesar que la envuelve, para aplacar ese manto oscuro que la cubre y la esclaviza, que la aleja de cualquier roce de claridad. Angela la observa desde cierta distancia, el pecho se le encoge por el dolor de ver a su única hija entregada al sufrimiento. Amanda se recuesta sobre el lecho, deposita besos sobre este y deja que sus lágrimas mojen el brilloso mármol. Su mente vaga por los recuerdos de su pequeño ángel y en medio de la amargura, sonríe, se lamenta de no ver vivido las travesuras de su hija como lo merecían, de no verla disfrutado más.
—¿Has venido a verla? —pregunta a su madre incorporándose un poco.
Su demacrado rostro y sus ojos rojos he hinchados dan la señal de que pasará mucho tiempo para que Amanda vuelva a mostrar un poco de la persona que era antes.
—No.
Amanda no dice nada, la entiende, obvio que la entiende, ella misma llegó a dudar de sus fuerzas para hacerlo.
—¿Marcos entonces? —observa la rosa blanca que se encuentra en la parte superior de la lápida, pareciera que llevara apenas 24 horas.
—Marcos se encuentra fuera del país, no logra superar la muerte, piensa que alejándose del lugar donde vivió la pequeña, el dolor será menos.
—El dolor será el mismo donde se esté. Alguien ha estado viniendo mamá, esta rosa esta fresca, no tengo ni idea de quien pueda ser.
Angela se sorprende, mira la flor y se da cuenta que su hija tiene razón, pero: ¿Quién haría algo así?
—Vanessa tal vez. Sabes que a pesar de lo que pasó entre ustedes, ella le tenía mucho cariño a la niña.
—Lo último que supe de Vanessa es que se encuentra del otro lado del mundo. Creo que ni siquiera sabe lo que ha sucedido, así que no puede ser ella.
—Pues no sé hija.
Ángela se acerca y la ayuda a ponerse de pie, la mirada carente de luminosidad en los ojos de Amanda le da a conocer que es una mujer sin vida, un alma vagando en las orillas de la soledad, en el interior del dolor.
Los ojos de la periodista miran más allá de su medre, se posan en una joven que camina despreocupadamente, o por lo menos eso muestra su apariencia, esta cubre su cabello con una gorra y sus oídos son cubiertos por unos grandes audífonos de color negro, mueve la cabeza al ritmo de alguna rítmica canción y sus labios se mueven como tarareándola. La chica se acerca a un nicho y deja una de las rosas blancas que lleva en su mano, retira unas hojas que habían ocupado espacio en la lápida y se dispone a continuar sus pasos hacia donde se encuentra la pareja, de la cual ella no se ha dado cuenta.
Su cuerpo se detiene abruptamente al percatarse de la presencia de las dos mujeres, Angela se ha volteado y la asesina con la mirada, la señora frunce el ceño, ¿Qué hace aquí? Observa la rosa blanca que se encuentra en manos de la joven y luego la que está encima del panteón de su nieta.
Cuando trata de hacer contacto visual nuevamente con Carla, no lo logra, ya que estos están puestos en su hija.
La mirada verde y azul se acarician profundamente, es la segunda vez que se encuentran, pero la primera no cuenta. En esta pueden perderse entre ellas y no habría límites en querer descubrir lo que cada una guarda.
Carla ladea la cabeza y sonríe maliciosamente, detrás de esa sonrisa esconde lo que realmente sucede en su interior, una tormenta se ha desatado y no es capaz de calmarla. Ese rostro lo reconocería donde fuera, una mujer como la periodista es imposible de olvidar y eso le pasó a ella cuando la vio por primera vez en televisión, desde ese día no ha dejado de pensarla y ahora la vida, el destino, lo que sea que haya sido, se la ha puesto en bandeja de platas y no sabe si disfrutar el manjar o plantar en este su deseada venganza.
Amanda la observa, ella sabe quién es, aunque todavía no conoce su nombre, da un paso hacia delante, se sostiene del hombro de su madre, necesita saber lo motivos de esa joven para llevarle flores a su hija al cementerio, si ella nunca ha tenido contacto con ella y piensa que ni su hija, Marcos no se atrevería a relacionar a su pequeña con alguien que muestra una apariencia dudosa de tener algo bueno en ella.
La joven adivina sus intenciones y da un paso hacia atrás, los ojos de Amanda le piden que no se aleje, pero es en vano, Carla da la vuelta y se marcha por donde vino.
—¿La conoces? —pregunta Angela viendo como la mirada de su hija se perdió en la silueta de aquella muchacha.
—La recuerdo del día que desperté, ella estaba ahí, nunca la había visto. No sé nada de ella —Amanda se voltea y deja un ramo de lirios blanco sobre la tumba de su hija, ahora solo queda resignarse a la ausencia de ella.
—Lo único que te digo es que te cuides de ella, sus intenciones no son las mejores contigo.
—¿Por qué me tengo que cuidar de la persona que trae flores a mi hija?
—Es largo de contar. Vamos a casa.
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TATUAJES. (Editando).
RomansSu hermana Keila sufre un accidente tras el cual fallece en el hospital, ese mismo día una periodista famosa corre con la misma mala suerte, siendo la causante de la muerte de la joven y de su amada hija. Carla la hermana de la fallecida buscará v...
