Capítulo 31.

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Carla detiene su moto a varios metros de la dirección que le ha facilitado Pedro, sonríe con malicia, ya extrañaba esta faceta negativa de ella, la que no se piensa mucho para hacer las cosas. Un coche la sigue y se detiene al ella hacerles seña, con el dinero que tiene no hace falta ensuciarse las manos, además, solo es un juego de niños, nada para preocuparse.

Observa un grupo de hombres, entre ellos como si nada existiera en el mundo se encuentra Joel, demasiado sonriente para su gusto, él merece sufrir por lo que le ha hecho a su hermana, tanto que no debería ni de vivir. Todos están entretenidos, terminando de pasar la noche y eso a Carla le favorece, el joven no tiene ni idea de lo que le espera.

Cinco y media de la madrugada, su ex cuñado se despide de sus compañeros y camina hasta su auto, se puede percibir que va un poco bebido, pero no lo suficiente como para no conducir. Hace una seña, no le importa lo que suceda, solo es un susto que merece y refrescarle la memoria al hombre no está nada mal, ella no lo ha olvidado y lo quiere dejar bien claro. Sonríe con suficiencia al ver como el coche negro impactó contra el vehículo, causando un desastre por los alrededores.

Luego de varios minutos y comprobar que el joven continúa con vida, Carla pone en movimiento su moto y se dirige a su casa, el cuerpo le pide descansar y su mente le ordena cumplirle. Hacer sufrir a los demás le causa un placer adictivo a su organismo, raro, pero a la vez necesario y es algo que debe dejar pasar. Las drogas como las adicciones corporales siempre suelen dejar graves consecuencias y no está preparada para afrontar eso. ¿Qué pensaría Keila si la viera haciendo todo lo que realizaba ella? ¿Estaría orgullosa?

Detiene abruptamente la moto al percibir el sonido insistente de su teléfono.

—¿Qué sucede, Gabriela? ¿Has visto la hora que es?

—No estás durmiendo, Carla, deja de quejarte. Necesito tu ayuda.

—Muy importante tiene que ser, para que me llames a esta hora. ¿Qué necesitas?

—Necesito tu casa —Carla hace silencio.

—¿Para qué?

—Luego te explico. Por favor, Carla, no te estaría llamando si tuviera otra solución.

—Has lo que te dé la gana con mi casa, ya sabes lo que me gusta y lo que no.

—Esta vez me matarás, pero no me importa, tomaré tu palabra.

—Tú sabrás, Gabi, solo te pido que no me molestes, estaré durmiendo.

—¿Noche movidita? —Gabriela sonríe con picardía.

—Demasiada excitante para mi placer.

—Tú y el sexo, no hay quien te aguante.

—Tu mente sucia que solo funciona para pensar en eso, Adriana te tiene enferma. Sabes que, a mí, no solo el sexo me causa placer.

—¿Qué has hecho?

—Nada, desahogar mis penas, ¿acaso no lo merezco?

—Ya hablaremos tú y yo.

—Lo dices como si estuvieras acompañada —Carla suspira conociendo de antemano la respuesta.

—Lo estoy.

—Tampoco es necesario la alta voz, Gabriela, a nadie le importa lo que yo diga.

—Perdón por eso. Nos vemos en unas horas.

—Déjame dormir.

—Te quiero —Gabi sonríe ante el silencio de su amiga.

—Yo más —contesta y cuelga.

Gabriela observa a las personas que la rodean y se disculpa por las palabras sin filtro de su amiga, pero es su naturaleza ser así y eso ni ella ni nadie lo cambiará.

—Como han escuchado, ha cedido su casa.

—No has dicho para que —Amanda no duda en expresar su incomodidad ante los sucesos que están por ocurrir.

—Tiene orden de alejamiento hacia ti —Gabi la mira fijamente—, de verle dicho la verdad, créeme, no tendrías lugar seguro en este país, donde esa persona que te está amenazando, no te encontraría.

—Ella ha demostrado —Amanda hace silencio al ver la mirada fulminante de la novia de Adriana sobre ella.

—No tienes idea de quien es Carla, Amanda. No estarías hablando en estos momentos si ella te hubiese querido hacer algo.

—No puedo pensar diferente, si solo me ha demostrado cosas negativas.

—Tienes razón, pero en estos momentos es la opción más segura que tienes, créeme no te arrepentirás.

—Gracias, Gabriela.

—No pierdan el tiempo recogiendo cosas innecesarias, en casa de Carla tendrán lo que necesitan y mucho más —Gabi observa a la periodista y esta baja la cabeza.

—Esto va a ser problema —Angela habla, todas la miran.

—De Carla nos ocupamos nosotras, ustedes relajasen.

—No es muy fácil hacerlo, no cuando Carla ha mostrado odio hacia mi hija.

—Señora Angela —Gabi pasa una mano por su hombro—, Carla adorará tener bajo su techo a su hija, usted confíe en mí.

TATUAJES. (Editando).Donde viven las historias. Descúbrelo ahora