Amanda no detiene su retroceso, llega hasta el pasillo que conduce hacia donde se encuentra la habitación que le asignó Leticia. Sus nervios están expandidos por todo su organismo, creando un campo invisible de sensaciones exquisitas que alimentan más los deseos de recorrer con su boca, todos los tatuajes que muestra la joven que se acerca a ella sin importar los intentos de sus amistades por detenerla. Carla logra alcanzarla antes de que desaparezca detrás de la puerta, la toma del brazo, un agarre fuerte, pero sin llegar a lastimarla y la lleva hasta su habitación, la periodista no se resiste, sabe que es en vano hacerlo. Una vez cerrada la puerta, ambas se quedan en silencio, observándose.
—No tienes idea, de lo que implica que estés en mi casa, Amanda —Carla se acerca rompiendo su espacio personal, pero la ojiazul lo recupera alejándose.
—No tuve opción, las cosas están fuera de control y temo más por mi madre, que por mí. Me he tenido que tragar el orgullo y aceptar venir aquí, algo de lo que empiezo a arrepentirme. También sé las consecuencias que puede desencadenar el que yo esté aquí, Carla.
—No, no lo sabes —la ojiverde se acerca nuevamente, esta vez Amanda no se mueve—, el que estés aquí es un problema.
—Lo sé, la orden de alejamiento —Amanda no se prohíbe mirar de cerca los tatuajes, son tantos y tan llamativos que la hipnotizan por unos segundos hasta que el carraspeo de la garganta de la joven la devuelve a la realidad.
—Me importa una mierda la orden de alejamiento, me refiero a mi estabilidad emocional.
—No sé de qué hablas.
—Tenerte tan cerca no dejará de ser una tortura para mí. No poder hacerte nada será imposible, has causado tantos estragos en mi vida, que con algo me tengo que cobrar.
—Carla.
Amanda decide mirarla a los ojos, el verde de estos es más profundo, más oscuro, es tan potente la mirada que no se resiste a caer en ese enjambre catastrófico de emociones. La joven está a escasos centímetros de ella, humedece sus labios y ella no duda en devorar ese gesto lujurioso, capaz de despertar y alborotar todas las hormonas dormidas de su cuerpo. Su respiración se acelera y el corazón demuestra que está hecho para latir a parámetros fuera de lo normal.
—No sabes las ganas que tengo de besar la cicatriz que tienes en el muslo derecho.
Carla está tan cerca que sus respiraciones y olores se empiezan a mezclar, Amanda cierra los ojos y suspira.
—No tienes derecho a decirme eso, no con todos los problemas que tenemos en común —la ojiazul niega con la cabeza.
—No dejo de pensar en ello desde que te tuve en mis brazos inconsciente, inconsciente no, borracha.
—Por favor, no te acerques más —Amanda pone una mano en el pecho de la joven y la empuja, alejándola de ella, no están en un buen momento para dejarse llevar por sus deseos carnales.
Carla la atrae hasta ella, tomándola por la cintura posesivamente, obviando las barreras y los conflictos que aun gozan de libertad entre ellas.
—Carla, por favor —Amanda intenta separarse, pero es en vano, solo logra que el agarre se haga más fuerte.
—No te resistas que será mucho peor.
—¿Me vas a obligar?
—No.
La más joven pone su mirada en la boca de la periodista y relame sus labios. Recorre con sus manos, por encima de la ropa la espalda de esta y une sus pechos, sus respiraciones entremezcladas y agitadas es señal de que ambas lo anhelan, lo desean, tanto calor hace querer que sus ropas desaparezcan.
—No tengo autorización para besarte, pero no me impedirás tocarte, ni olerte. Hueles tan bien que no me alcanzaría toda la vida para saciarme.
—Te pondré otra demanda, pero esta vez de violación —Carla ríe.
No hay gesto ni melodía capaz de superar las sensaciones que provocó en el cuerpo ese sonido, tan delicado, tan femenino. Amanda la observa, traga en seco y se deja envolver por el olor de la joven, por ese deseo oculto detrás de los problemas.
—Hazlo —pide la joven.
—¿Qué haga qué?
—Demandarme.
—Luego me encargaré de eso, ahora hazlo tú —Amanda sacude la cabeza, se da cuenta que su mente responde a los deseos de su cuerpo y no a la razón.
Los ojos de la joven se encienden, no lo duda dos veces y captura la boca de la pelinegra en un beso ardiente, un beso que quema su esencia, sus ansias. Desgarra los labios de la periodista que se rinde a la fuerza del demandante movimiento, muerde su labio inferior y sin pedir acceso introduce la lengua en su cavidad bucal, robándole el aliento a Amanda que gime ante tanta precisión y perfección a la hora de besar, ante tanto derroche de necesidad carnal que ha despertado en su piel y en su sexo ese contacto y conocimientos de labios.
El beso se vuelve más violento, más caliente, Carla no se siente capaz de mantener el control y menos con sus senos rozándose por encima de la ropa que ambas llevan puestas y las manos de Amanda aferradas a su espalda no ayudan mucho. La periodista la sorprende y toma el control del beso con hambre, dejando a la joven indefensa, ante la perfecta sincronización de sus bocas y sus lenguas. No se dan cuenta que poco a poco se han ido movimiento y solo recapacitan cuando la espalda de la ojiverde choca con la pared.
Los dedos de la joven se cuelan por debajo de la camiseta de la periodista, rozando directamente su suave y blanca piel, pero sus movimientos se ven interrumpidos con los toques en la puerta.
—Bienvenida a mi casa. Dame un motivo para que continúes en ella —Carla recupera la compostura, no sin antes dejar un suave beso sobre los labios de la ojiazul.
Amanda la mira extraño, es como si no hubiese sentido nada mientras se besaban, todo lo contrario, en ella que todavía siente como le tiembla el alma.
—Hemos descubierto que Alma, la policía, está involucrada con lo de las amenazas, lo han vuelto a hacer y ella es la única que sabe donde vivía, aparte de mi mamá y Adriana.
—Luego hablaremos de tus disculpas.
Carla no dice más, Amanda observa su perfecta anatomía cuando se dirige a la puerta, es una mujer hermosa, con la cual se podría implementar buena parte de su tiempo. Ve que abre la puerta y se lanza a los brazos de un hombre mayor, el mismo que ejerció como abogado cuando la chica fue citada a declarar. El señor mira por encima del hombro y la mira, le sonríe y ella solo levanta la mano a modo de saludo, desconoce los motivos por lo que Carla lo ha llamado y aún no se recupera de tan desenfrenado beso.
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TATUAJES. (Editando).
RomansaSu hermana Keila sufre un accidente tras el cual fallece en el hospital, ese mismo día una periodista famosa corre con la misma mala suerte, siendo la causante de la muerte de la joven y de su amada hija. Carla la hermana de la fallecida buscará v...
