Amanda suspiró silenciosamente y fue soltando el aire contenido en sus pulmones por pocos segundos. Sentía que se ahogaba y la sensación que oprimía su pecho no hacía más que aumentar. Detuvo sus pasos frente a la puerta de su habitación, pone el seguro de esta desde fuera, cómo mismo hizo con la ventana, solo espera que no la rompa al querer salir. ¿Cómo entró a su habitación? ¿Qué hace en su baño? Haciendo de su huso como si fuera su propia dueña.
—Mamá —llega a la cocina, observa a su madre que recoge algunas cosas.
—Hija, iré a mi casa. Creo que ya estás mucho mejor y me voy confiada de que llamarás en caso de necesitar alguna cosa. Eres fuerte, sé que estás escondiendo las heridas. Permítete sufrir mi amor, saca ese dolor que llevas por dentro. No huyas Amanda, te hará más daño.
—Si madre —dice la peli negra tragando grueso.
Que su madre se marchara le provocaba un vacío enorme, de una u otra manera la presencia de la mayor le aliviaba el dolor, quedado tras la muerte de su pequeña. Además, que Angela le contara sobre Carla y sus macabros deseos, teme quedarse sola en casa y mucho más ahora, luego de cometer la estupidez de dejarla encerrada en su habitación.
—¿Has abierto la ducha? Apenas hay agua caliente.
—Si, la puse a llenar el jacuzzi, sabes cómo soy con esos caprichitos míos. Relajarme no me vendría nada mal, la policía ha estado algo intensa con sus preguntas.
—Está bien. Ya me marcho hija. No dudes en llamar, no importa la hora.
—Vete tranquila mamá. Yo estoy bien.
Una vez sola, camina por la sala invadida por sus pensamientos. Los recuerdos sin tan intensos que se sorprende con lágrimas surcando por su delicado rostro. Observa el retrato de su hija y sonríe, tal vez la sonrisa de la pequeña dibujada en su silencio le ayude a olvidar aquella espalda tatuada sumergiéndose en el agua de su tina. La valentía que sintió al encerrarla se ha disipado por completo y se siente tan infeliz que apenas queda reír a su locura.
Su corazón continúa dando golpes descontrolados. El cuerpo le responde, estregándose a la adrenalina que recorre a través de la corriente de su sangre. Han pasado 30 minutos y no es capaz de acercase a la habitación, debió pensarlo mejor antes de cometer semejante estupidez. La copa de vino que tiene en la mano, está lejos de darle el valor que necesita y busca con desespero.
Se ríe de ella misma, de su estado catastrófico, mientras se dirige por el pasillo que lleva a su habitación. Todo sea gracias a la botella de vino que se ha bebido en apenas media hora. Ojalá todo sea una jodida pesadilla, que todas las grietas que han aparecido en su corazón sean producto de ese mal sueño.
Entra a la habitación olvidando por completo el motivo que le impedía entrar. Va hasta la cama y se deja caer en esta, desplomada de alma y careciendo de sentir. El dolor que padece por ver perdido a su hija, es más grande que el temor hacia la persona que la desea ver muerta. Se seca torpemente las lágrimas que han humedecido su rostro y habla en susurros.
—¿Por qué mi pequeña? ¿Por qué a ti?
Acaricia la foto que lleva en una de sus manos. El vino casi ha hecho la totalidad de su efecto y eso favorece a todos sus movimientos.
—Vida de mierda —dice en voz alta.
Con un poco de esfuerzo se pone de pie, aún le duele la pierna y no es aconsejable hacer ningún movimiento brusco que la pueda lastimar y empeorar las cosas.
Se percata que la luz del baño está encendida, debería se mas cuidadosa con eso. Se acerca despacio y termina de abrir la puerta que estaba semiabierta. Sus ojos van directamente a la imagen que le devuelve el gran espejo que ocupa la pared de la pequeña habitación. Un rostro cansado, sufrido. Una imagen que todo paparazzi desearía tener a su alcance en este preciso instante.
Amanda se había encerrado en su casa, alejada del mundo de la televisión y todo lo que tuviera que ver con ello. Necesitaba empacar su dolor y guardarlo, pero eso requiere de tiempo y espacio. Era como si de pronto la famosa periodista hubiese dejado de existir.
Retira el amarre del chándal que lleva puesto y este cae al suelo, quedando solamente en camiseta corta y en bragas. Su mano y mirada van hasta la herida que ha ocupado unos cuantos centímetros de su muslo derecho y dejado una gran cicatriz en él.
Un carraspeo la obliga a detener sus movimientos de querer retirar la prenda que cubre la parte superior de su cuerpo. Abre sus ojos y siente que todo el vino que recorría su cuerpo se ha esfumado.
Carla la observa desde la fuente de agua, ha tenido que interrumpirla porque no se sentía capaz de soportar ver a semejante mujer casi desnuda delante de ella, demasiada tentación a sus ojos y ante esa carne tan jugosa no es capaz de detenerse a sus deseos más primitivos. Además, a kilómetros se observa que la periodista va tomada, otra desventaja más para ella, que sería incapaz de aprovecharse de su estado en esa situación tan comprometedora.
El pecho de la chica sube y baja a ritmo agitado. Amanda voltea el rostro y sus miradas por fin se encuentran. A ambas les empieza a fallar la respiración, tan cercas, tan ausentes. La periodista da un paso hacia atrás, pero es tan brusco que termina sujetándose y quejándose de dolor. Carla no dudó en salir rápidamente, mojando todo a su paso, a ayudarla.
Amanda siente que la sujetan por detrás evitando que caiga, su piel se crispa. No se ha dado cuenta que la joven está completamente desnuda y eso no es bueno para su estado de embriaguez. Hace meses que no goza de una mujer y la ansiedad en su cuerpo se puede notar al roce de las manos de Carla.
—¿Quéque haces aquí? —es lo único que logra pronunciar antes de caer en sus brazos.
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TATUAJES. (Editando).
RomanceSu hermana Keila sufre un accidente tras el cual fallece en el hospital, ese mismo día una periodista famosa corre con la misma mala suerte, siendo la causante de la muerte de la joven y de su amada hija. Carla la hermana de la fallecida buscará v...
