Capítulo 43.

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Carla desconoce del momento exacto en que empezó a depender del brillo de los azules ojos de Amanda. Desconoce cuando pasó de una venganza a la necesidad de protegerla, de darle refugio y empezar a querer que se quede a su lado por lo que le reste de vida. La ansiedad de no verla y tenerla lejos es algo que empieza a florecer en su interior y teme no ser capaz de frenarlo. Sus sentimientos por la periodista se han disparado y enseñarse a sobrellevarlos es algo que no puede aprender.

Observa desde varios metros de distancia, Amanda se encuentra sentada en la sala de espera de la clínica privada donde son atendidas su madre y amiga. Muestra una calma preocupante, una carencia de exasperación que cualquier persona llegaría a pensar que está ahí por compromiso y no porque realmente le afecte la situación. Adriana ha llevado la peor parte, la han golpeado hasta dejarla inconsciente, tal vez hasta dada por muerta. La señora Angela se había librado de los golpes o solo por su avanzada edad, decidieron golpearla, más que lo necesario.

Carla se acerca despacio a la pelinegra que ha puesto sus ojos en ella, el brillo apagado de estos le hace sentir escozor en el pecho, mucho ha tenido que enfrentar esta mujer, aun no logra superar la muerte de su hija, para que dos desgraciados sigan intentando mantenerla en el centro del sufrimiento.

—Dime que los atraparon —Gabriela interrumpe sus pasos. Sus ojos humedecidos muestran el desespero de la morena por lo que está pasando ahora mismo su novia.

—Si, Pedro espera por nosotros.

—Ya los quiero tener frente a mí, son unos mal nacidos. Esa policía va a conocerme. No tiene idea de lo que le espera.

—Calma fiera. Ya habrá tiempo para eso. Ahora lo importante es que Angela y Adriana se recuperen.

Carla mira a la mujer que tuvo desnuda entre sus brazos y se estremece al recordar el roce de sus cuerpos desnudos. Amanda ha puesto la cabeza entre sus manos y mueve la pierna continuamente.

—¿Tuviste sexo con ella? —Gabriela mira a la periodista y sonríe ante la cara de desconcierto de su amiga.

—No voy a hablar de mi intimidad, Gabriela, es mi vida privada.

—Pues para ser tu vida privada, bastante que la hiciste y te hizo gritar. Deberías insonorizar todas las habitaciones de tu casa, incluido el despacho. ¿No tienes vergüenza?

—No hay que sentir vergüenza por disfrutar del sexo. Disculpa por eso, se me olvidó que estabas en casa. Esa mujer es fuego, no nos pudimos resistir.

—¿Quién atacó a quién? —Gabi sonríe.

—Las dos, Gabriela. No dudaría en volver a hacerlo. Aun estaríamos en ello de no ver pasado nada de esto.

—¿Te gusta?

—Si, más de lo que aún me puedo permitir.

—Deberías darte una oportunidad, Carla, ¿a qué le temes?

—A mí, a que no pueda corresponderle como merece una mujer como ella.

—Amanda te mira como su salvación, no deberías temer a nada. Solo déjate guiar por lo que sientes y disfrútalo.

Un doctor aparece en la sala y Amanda se pone de pie. Carla llega hasta ella y se coloca a su lado.

—¿Cómo está mi madre, doctor? —la voz de la periodista suena entrecortada, nerviosa.

—Su madre está bien, es una mujer muy fuerte. En estos momentos está dormida, pero eso no impide que la vaya a ver, puede hacerlo.

—Gracias. De la otra mujer que trajeron junto a ella, ¿Qué me dice?

—A ella la está atendiendo otro doctor, no le puedo dar información.

—Gracias, doctor —Amanda observa a las chicas. Gabriela tiene su mirada en el cuello, la ojiazul frunce el ceño.

—¿Podemos ir las tres? —pregunta Carla. Empuja a Gabriela para que no sea indiscreta y deje de mirar a la periodista.

—Si, solo traten de no agobiarla.

El de la bata blanca se marcha y Amanda sonríe ante la cara que tiene Gabriela. Sonreír es un aire de paz en el tormentoso momento en el que están viviendo.

—Gabriela —la llama y esta aparta su mirada avergonzada.

—Perdona. No me creo que Carla haya tenido sexo contigo, eres la mujer que más le ha atraído desde que la conozco. Es simplemente increíble.

—Dilo un poco más alto para que todos se enteren —Carla la reprende.

—¿Le has dicho? —Amanda mira a la empresaria con mala cara.

—Ella no ha dicho nada. Eres una mujer que expresa sus sentimientos en voz alta. Vaya manera de disfrutarlo.

—Oh, por favor, lo que una tiene que escuchar —Amanda sonríe y camina en dirección a la habitación donde se encuentra su madre.

—Yo me quedaré, esperaré a que digan algo de Adriana, no deben de demorar.

—No dejes de decirnos —Carla la abraza—, es su mejor amiga y le duele que esté pasando por esto. En el fondo se siente culpable.

Gabriela observa a la periodista que se ha detenido y mira hacia ellas, esperando a Carla.

—Se ha detenido a esperarte. Esa mujer está enamorada de ti, valórala.

—¿Cómo lo sabes? —Carla mira a la periodista y sonríe.

—Sus ojos la delatan, la manera en que te mira es única, nadie nunca te ha mirado así.

Carla no dice nada y camina hacia la pelinegra que ha continuado sus pasos tras verla acercarse. Toda la neblina se está disipando, la claridad empieza a mostrar un camino limpio y transitable, para vivir, para continuar.

TATUAJES. (Editando).Donde viven las historias. Descúbrelo ahora