Capitulo 2 Sorpresa Parte IV

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Babel
—Angel... Angel, ¿estás bien? —La voz de Martín llegaba tenue, lejana, como filtrada a través de agua, mientras un pitido agudo le torturaba los oídos al joven vampiro. Tinnitus.
—Sangre —murmuró con una voz exhausta y sin aliento—. Necesito sangre.
Seguía aturdido, tirado en el suelo del salón, demasiado débil para moverse, demasiado sediento para pensar con claridad.
—¡¿Alguien tiene sangre que nos pueda dar?! —gritó Martín, la preocupación desbordándole la voz.
No era el único en crisis. Los mayordomos de Adrik se movían frenéticos intentando atenderlo, y a Adam y Mike solo los cuidaban sus propios mayordomos, igual de desesperados. Los amigos de Angel estaban en mejor estado gracias a la sanación de Alec, aunque sus mayordomos les seguían dando sangre para que terminaran de recuperarse.
—Así que esta fue la caza que salió todo lo contrario —dijo Baltazar, quitándose el puro de la boca con esa mirada suya que perfora el alma.
—Exactamente. Les salió todo al revés —comentó Leuthier con su voz seria.
—¿Ustedes trajeron sangre para darle a mi sobrino? —preguntó James mirando a sus dos amigos.
—No, no traje nada, James —respondió Baltazar, moviendo la cabeza de lado a lado.
—¿No te trajiste nada, señor doctor? —dijo Leuthier, genuinamente sorprendido.
—No. Esta vez sí vine vacío —admitió James.
Los mayordomos de Angel estaban contra la pared. Un vampiro no podía durar así mucho tiempo. Corría el riesgo de morir.
—No hay sangre —dijo Sam, los nervios comiéndolo por dentro.
—Creo que le tengo que dar de mi sangre —soltó Martín, dejando claro que era su última opción.
—¡¿Cómo?! —gritaron los otros dos mayordomos al mismo tiempo.
—¿Estás seguro? —dijo Andrómeda, sin ocultar el asombro.
—Te va a matar. Te va a dejar sin una sola gota —advirtió Sam.
—¿Entonces qué prefieren? ¿Que se muera él o que corra yo el riesgo de morir? —respondió Martín sin dudar.
—Hey, relajados. Encontré dos bolsas de sangre O positivo para Angel en mi coche —dijo Alec, metiéndose en el grupo como quien trae la solución bajo el brazo.
—Dios mío, qué alivio —exhaló Sam.
—¡Muchas gracias, Alec! Espero que se recupere de golpe —expresó Martín con los ojos llenos de esperanza.
—De nada. Con eso debería ser suficiente —respondió Alec con una sonrisa.
Mientras Martín abría las bolsas, Angel seguía en el suelo: aturdido, sediento, incapaz de ver con claridad ni de escuchar bien. El interior del pecho lo aplastaba, sentía como si se estuviera quemando por dentro y no podía mover un solo centímetro de su cuerpo.
—Sangre... sangre... —repetía el vampiro con la vista borrosa y la voz apenas audible.
—Tranquilo, tranquilo. Toma, aquí tienes —Martín le acercó la bolsa a la boca para que empezara a beber.
Angel bebió. Algunas gotas de sangre le escurrieron por la comisura de los labios, su piel blanca haciendo contraste con el rojo oscuro, la ropa negra enmarcando todo como un cuadro macabro y hermoso al mismo tiempo: los ojos brillantes de color rojo con la mirada perdida y débil. Pero no aguantó. Volvió a perder la consciencia, la boca entreabierta, inerte.
—Está hirviendo. Esto es malo —dijo Andrómeda al tocarle la frente, apartándole el cabello del rostro.
—Está ardiendo por dentro, tienes razón —confirmó Alec poniéndole la mano en la frente.
—¿Alguien tiene hielo? —preguntó Sam.
—Sí, seguro hay bastante —dijo un vampiro de las familias aliadas que se había acercado a ayudar.
—Ve y trae para los demás vampiros. Trae todo lo que puedas y llévate a alguien que te ayude —ordenó Alec mientras abrazaba al joven Angel con su propio cuerpo puesto lo más frío posible, intentando regular su temperatura.
—Dios mío, estás helado —dijo Andrómeda al rozarle la frente a Alec.
—Es lo más frío que me puedo poner —respondió Alec sin soltar al joven.
Los vampiros regresaron y repartieron bolsas de sangre y hielo entre los grupos de mayordomos y familias que atendían a los demás heridos.
—Señor James, necesito su ayuda médica inmediata —dijo el mayordomo de Adam, que veía cómo su vampiro se iba apagando.
—En seguida voy —James se subió las mangas y se movió hacia él—. ¡Baltazar, Leuthier! Vayan a mi mansión, la que tengo en esta ciudad, y tráiganme mi equipo médico. Inmediatamente. Y muchas bolsas de sangre, de preferencia O positivo y O negativo.
Los dos salieron del lugar al instante y tomaron dirección a la propiedad de James.
—Oigan, ustedes —ordenó James a los vampiros que habían traído el hielo—. Abran todos los botiquines del salón y tráiganme todo lo que contengan.
Los mayordomos de los amigos de Angel los atendían aparte. Ellos no estaban heridos de gravedad, pero habían quedado duros como piedras, incapaces de moverse con facilidad, como si acabaran de salir del gimnasio después de una rutina que les destruyó cada fibra del cuerpo. Eso les pasaba por usar todo su poder y romper sus límites: el cuerpo les hervía y la fatiga los tenía clavados al suelo.
—¿Ustedes están bien? —preguntó James sin dejar de moverse.
—Sí, no se preocupe, señor James —respondió Jacob con el pulgar arriba.
—Usted encárguese de los demás —dijo Magnus, exhausto pero consciente de que otros estaban mucho peor.
—Solo con el hielo que tenemos y una bolsa de sangre estaremos bien —añadió Ingrid.
—Ok. Manténganse así —respondió James, que tenía demasiados caídos por atender.
Los mayordomos seguían tratando las heridas de sus vampiros, intentando reanimarlos por completo.
—¿Estás bien, Ingrid? —preguntó Jacob al notar que respiraba agitada.
—Sí... solo necesito un respiro. No te preocupes —respondió casi sin aliento.
—¿Segura, mi amor? —preguntó Raven, empezando a preocuparse.
Ingrid solo levantó el pulgar.
Pero el más desgastado de todos era Magnus, que había drenado una cantidad absurda de poder durante la pelea. Era el vampiro con mayor incremento de poder entre ellos, y eso tenía un costo.
—Oh no... Magnus, respira profundo —Evelyn lo notó de inmediato y con ayuda de los mayordomos lo acostaron para tratarle las heridas.
—Sí... estoy bien. No te preocupes, mi vida —murmuró Magnus con una voz que desmentía cada palabra.
—Tanto incremento de poder nos dejó así —dijo Astrid en tono profundo y pensativo.
—Lo bueno es que esto nos hará más fuertes —comentó Raven.
—Sí, eso sí. Vaya manera de empezar la nochecita —dijo Jacob, que ya iba recuperándose poco a poco.
Los vampiros que fueron por los botiquines regresaron y le entregaron todo el material a James.
—¡Si hay un médico más, que se reporte y me ayude atendiendo a los demás! —gritó James por todo el lugar.
—Yo ya estoy ayudando aquí —respondió Alec, que también era médico.
—Gracias, Alec.
En ese momento llegaron Baltazar y Leuthier cargando varias mochilas. Las soltaron junto a James para que empezara a trabajar sin falta de material.
—Gracias. Llegó la hora de salvar a los muertos —dijo James.
Se movió a velocidad vampírica, repartiendo bolsas de sangre entre los mayordomos para que alimentaran a los heridos. James tenía prácticas poco ortodoxas con sus pacientes: era brusco, pero tremendamente efectivo.
—Alec, yo me encargo de Angel. Tú atiende a los demás —dijo James mientras terminaba de repartir—. Conozco muy bien a mi sobrino y es el que más grave está. Necesito darle un buen diagnóstico y tratamiento para que se recupere rápido.
Tomó un midazolam para el dolor y una lidocaína como analgésico local de corta duración.
—Bien, yo me encargo —respondió Alec, soltando al joven Angel y dirigiéndose con velocidad hacia los demás vampiros.
—Bien. Sé que dicen que con los vampiros no soy gentil a la hora de ser médico, pero perdóname por esto, Angel. Sé que me amas, pero tengo que ser un poco brusco para que te recuperes en minutos.
James comenzó a aplicar betadine en las heridas. Después utilizó la anestesia local en las más profundas para tratarlas y ponerle puntos de sutura. Lo hacía porque el cuerpo de Angel no se regeneraba como vampiro; estaba tan débil que era como si se hubiera vuelto un humano común.
—Oye, tú. El nuevo —llamó a Sam.
—¿Q-q-qu-quién, y-yo? —tartamudeó Sam, los nervios desbordándolo al ver que uno de los jefes le hablaba.
—¡Sí, tú! —respondió James rodando los ojos.
—Sí, dígame. ¿En qué le puedo ayudar?
—Dile a Baltazar que te dé tres bolsas de sangre O positivo, y a Leuthier que te dé un equipo de sutura completo. Él sabe cuál es; me ha ayudado muchas veces en esto.
—Sí, señor. En seguida.
Sam se levantó y fue directo hacia los dos vampiros.
—Ya lo escuché. No es necesario que me digas —respondió Leuthier antes de que Sam abriera la boca, entregándole el equipo de sutura.
Baltazar se le quedó viendo fijamente, con una cara tan seria que el simple contacto visual provocaba un escalofrío.
*Ay, Dios mío. El señor Baltazar me quiere matar* —pensó Sam, paralizado bajo esa mirada.
—Toma, niño —dijo Baltazar con una voz grave y cortante, entregándole las bolsas de sangre.
—Muchas gracias, señor —respondió Sam con la voz temblando.
—Sí, sí, como sea. Anda, vete —contestó Baltazar sin el menor interés en su agradecimiento.
—Sí, señor.
*No puede ser. Estaba a punto de morir por culpa del señor Baltazar* —pensó Sam mientras se alejaba con el corazón en la garganta.
Se dirigió de vuelta hacia donde estaba James con los mayordomos y el vampiro herido, entregándole todo lo solicitado.
—Gracias —dijo James, tomando los objetos sin levantar la vista.
—De nada, señor —respondió Sam, que no podía evitar lanzar miradas nerviosas hacia donde estaba Baltazar.
Al parecer, los únicos capaces de hablarse de tú a tú eran James y Angel. Angel era como el hijo favorito: al que le concedían todo, al que le entregaban amor y protegían sin importar las consecuencias. Tenía una libertad que nadie más tenía, y eso que era el más débil de los tres vampiros ancianos. Pero había un motivo de fondo que se desconocía.
Lo que se sabía era simple: ser hijo del tal Walter te daba mucha autoridad. Angel podía hablar con libertad a cualquier aliado, sin importar la edad ni el poder del vampiro, siempre y cuando fuera parte de la familia. Privilegios que venían con llevar los apellidos Baltar y Edevane. Pero ¿quién era Walter? Se había escuchado mucho hablar de él, pero nadie iba nunca a fondo.
—Voy a comenzar a poner puntos en sus heridas para ayudar con la regeneración —dijo James mientras abría el equipo de sutura—. Mientras, sigue dándole sangre, Martín, para que pueda regenerarse como vampiro otra vez.
—Señor James, ya tomó dos bolsas de sangre. ¿Le doy otra? —preguntó Martín, sintiendo que era demasiado.
—Sí, dale más. Con dos no será suficiente en el estado en que se encuentra.
—Bien, le daré otras dos —dijo Martín abriendo las bolsas.
—Señor James, ¿necesita mi habilidad para curar al señor Angel? —preguntó Alec mientras atendía a los otros vampiros.
—No, Alec. No te preocupes, lo tengo controlado —respondió James, cerrando heridas con la sutura—. Ya está comenzando a recuperar un poco de poder gracias a la sangre.
—Qué alivio —exhaló Sam con un suspiro.
—Pero aún falta quitarle la fiebre. Necesito más hielo; una pastilla no servirá de nada —dijo James, tocándole el vientre y el cuello—. Oye, tú. El nuevo. Dile a Baltazar que te dé mucho hielo. Es urgente.
—S-sí, se-señor —tartamudeó Sam.
*Ay no, otra vez con ese señor. Qué miedo me da* —pensó mientras arrastraba los pies hacia Baltazar.
—Ya lo escuché, niño. No es necesario que me digas —dijo Baltazar con el mismo tono grave de antes—. Toma. Y anda, vete.
—M-mu-muchas gra-gracias, señor —logró decir Sam entre temblores.
*Siento que me odia o que me quiere matar. Auxilio* —pensó mientras volvía con James, las manos temblándole por culpa de los vampiros que le causaban terror con solo su mirada.
—To-tome, se-señor James —entregó Sam el hielo.
—Muchas gracias —respondió James sin dejar de suturar—. Bien, poniéndole el hielo la fiebre bajará considerablemente.
Les pasó el hielo a los mayordomos para que lo colocaran en las zonas donde el cuerpo de Angel ardía más.
—Disculpe, señor James, ¿realmente cree que se recupere en minutos? —preguntó Martín, dudando un poco del pronóstico.
—Sí. Tiene mi sangre, el muchacho. Lo digo porque lo conozco muy bien como vampiro —respondió James sin dejar de cerrar heridas.
—¡Mire! —apuntó Martín al notar un ligero cambio en Angel—. Sus heridas ya se están regenerando más rápido.
—¿Ves que tenía razón? —James lo miró directamente con una ligera sonrisa—. Sigue dándole sangre. Como ciertas heridas ya están cicatrizando rápido, le quitaré los puntos a esas.
Retiró la sutura con cuidado, dejando a la vista la piel como si nunca hubiera existido una herida. Ni cicatriz, ni marca. Regeneración digna de un vampiro.
—Su respiración ya se está relajando —observó Andrómeda al notar cómo el vientre de Angel subía y bajaba con más calma.
—Su poder ya está regresando —confirmó James, notando la mejoría de su sobrino—. Y no es el único que está regresando —desvió la mirada hacia donde detectaba tres poderes volviendo con más fuerza.
Adam abrió los ojos y soltó un pequeño rugido de dolor por todo el daño que había sufrido. Logró tranquilizarse, miró a su alrededor, vio cómo sus mayordomos lo atendían, y sin decir nada agarró la bolsa de sangre que le estaban dando y la consumió a toda velocidad para recuperarse de inmediato.
Mike abrió los ojos casi al mismo tiempo. Estaba algo mareado, intentó ponerse de pie, pero sus mayordomos lo detuvieron y le dijeron que bebiera más sangre para que sus fuerzas volvieran por completo.
Adrik se despertó de golpe. Ojos muy abiertos, boca abierta, agarrando aire con fuerza. Se sentó de inmediato, notó que su familia y mayordomos estaban con él atendiéndole las heridas, agarró la sangre y comenzó a beber.
—Bienvenidos sean —dijo Alec, que se encontraba terminando de atender a los amigos de Angel.
Los tres estaban cansados, aún un poco aturdidos, y sus miradas solo se enfocaban en Alec, como si el resto del lugar todavía no existiera para ellos.
—Hola, señor Alec —saludó Adrik, viéndolo como si se hubiera despertado después de una borrachera enorme.
—Qué maravilla que no hayan muerto —dijo Leuthier con una ligera sonrisa.
—¡LEUTHIER! —gritaron los tres vampiros al escuchar su voz. El aturdimiento se les esfumó de golpe y la vista se les regresó, notando a todos los que estaban en el lugar.
—Hola, jovencitos —saludó Baltazar con el puro en la boca y esa mirada seria que te penetra el alma.
—¡BALTAZAR! —los tres quedaron atónitos ante su presencia.
—Hola, señor Adrik. Hola, señor Mike. Hola, señor Adam —saludó Ingrid en voz alta, moviendo la mano de lado a lado.
Los tres quedaron aún más sorprendidos al ver a los amigos de Angel ahí.
—¿Los amigos de Angel? —expresó Adrik sin poder creerlo.
—¿Así que ellos fueron los que nos salvaron? Por eso están heridos —dijo Mike, empezando a entender cómo seguía con vida.
—Afortunadamente sí. Hoy fue su día de suerte —respondió Alec—. Ellos llegaron antes de que les dieran el último golpe cuando ya se encontraban fuera de combate.
—No puede ser posible —dijo Adam, sin terminar de procesar lo que escuchaba.
—Así es. Fue un milagro enorme, porque ellos también quedaron fuera de combate al salvarlos —agregó Alec con un tono serio.
Los tres quedaron en shock. No solo ellos habían estado al borde de la muerte; también quienes los salvaron casi mueren en el intento.
—Y ahí es donde entré yo, matando gran parte de los vampiros y salvándoles la vida —añadió Alec con una ligera sonrisa.
—Hasta que entramos nosotros —dijo Leuthier con su tono serio de siempre.
—¡Baltazar! —gritó James, el tío de Angel, llamando la atención de los tres vampiros—. Toma esto, fue innecesario —le lanzó medicinas y objetos que ya no necesitaba con una fuerza considerable, ya que su sobrino se estaba recuperando. Baltazar los atrapó sin esfuerzo y los guardó en el maletín.
—¡EL SEÑOR JAMES! —gritaron los tres vampiros recién recuperados.
—Hola —saludó James con una mirada seria.
—Oh no, el señor Angel está muy grave —dijo Adam al verlo directamente.
—Malditos desterrados. Cómo los odio —soltó Mike, lleno de coraje.
—Tranquilos, yo me encargo de él. Ya se está recuperando —respondió James sin despegar la mirada de su sobrino.
—Me imagino que antes de que llegaran sus amigos, peleó con todas sus fuerzas e incrementando todo su poder —dijo Adrik, observando cómo James atendía a Angel.
—Sí, así es —confirmó James.
—Oh no. No me quiero imaginar la cantidad de energía que drenó su incremento y todo lo que gastó —dijo Mike, preocupado al ver el estado de Angel.
—No, no solo eso —dijo Baltazar con absoluta seriedad, quitándose el puro de la boca—. Despertó una transformación que solo Walter Baltar y Naomi Edevane han podido despertar y dominar.
Al decir eso, un murmullo recorrió el lugar. Los vampiros comenzaron a susurrar entre ellos, mencionando nombres que aún se desconocían pero que llevaban los mismos apellidos que Angel y James. Como si se tratara de familiares muy antiguos a los que todos respetaban o les tenían una admiración profunda.
—¡¿CÓMO?! —gritó Mike en shock.
—¿¡Una transformación!? —exclamó Adam, lleno de asombro.
—Sí, una transformación —confirmó Leuthier con un tono serio y sin ningún gesto, dejando claro que lo que decía no era ninguna broma.
—Una transformación que ni yo puedo despertar por ahora. La mía está incompleta. Pero él logró despertarla —añadió James mientras se ponía de pie y se sacudía.
—¿Cómo es posible que su cuerpo no haya explotado ante tremenda cantidad de poder? Con razón está en esas condiciones. Superó sus límites por mucho —dijo Adrik, sin salir del shock.
—Lo mismo me pregunto, hijo —respondió James.
—Me sorprende que haya despertado esa transformación sin ser tan fuerte en comparación con todos ustedes —comentó Sam con cara de sorpresa.
—No es que él la haya despertado —aclaró Baltazar con su tono grave.
—¿Entonces cómo le hizo? —preguntó Martín, que también escuchaba la plática.
—Lo mismo me pregunto —dijo Jacob con mil preguntas en la cabeza.
—Igual —añadió Ingrid, pensativa.
—Nosotros estamos igual —dijo Adrik, incluyendo a Mike y a Adam.
—Lo decimos porque él solo se levantó. Más bien, levitó —explicó Leuthier, moviendo la mano imitando la levitación de Angel.
*No entiendo una mierda porque soy nuevo en esto, pero suena muy interesante* —pensó Sam, confundido y lleno de mil preguntas.
—Así es. Yo iba directo a matar al líder de la manada, después de que Baltazar y Leuthier mataron a los restantes —James señaló a sus dos amigos—. Hasta que una luz y un poder no tan grande, que llegaba a la mitad del de mi alumno Alec, llamó mi atención. Estaba donde se encontraban los chicos —señaló a los amigos de Angel y a Alec.
—Sí, solo vi cómo una luz brillante apareció a mi izquierda —dijo Evelyn, describiendo el momento con las manos.
—Sentí una presión enorme cuando eso sucedió —comentó Raven, haciendo gestos de dolor por la pelea.
—El viento se volvió muy violento cuando esa luz apareció —dijo Astrid, abrazada de Jacob.
—No me quiero imaginar cuánta cantidad de energía drenaba esa cosa —añadió Magnus, como si fuera algo fuera de su entendimiento, fuera de este mundo.
—Lo interesante fue cómo, cuando ya iba a pelear, la luz se desprendió de su cuerpo en pequeños trozos —explicó Ingrid con las manos.
—Su fuerza y velocidad eran impresionantes. Con eso ya no está a la par mía ni de Magnus. Con eso me supera por mucho —dijo Jacob, genuinamente sorprendido.
—Después de todo eso, mató a uno de los más fuertes de la manada y al líder lo dejó muy débil. Estaba por darle el último golpe de gracia, hasta que se desmayó —relató Leuthier.
—Su desmayo fue algo extraño. Su brillo, la fuerza, todo lo que le dio esa transformación desapareció al instante y cayó al suelo inmediatamente. Igual que cuando se le activó —añadió Baltazar, muy serio.
—Por eso les digo, no es como que él quisiera activarla, porque si él quisiera... —empezó James, pero Alec lo interrumpió.
—Batallaría bastante y sus esfuerzos serían en vano, porque requiere mucho poder y cantidad de energía —completó Alec con una voz profunda, dejando impresionados a los tres vampiros.
—¿Cree que alguien quiso que la activara? —preguntó Henrik.
—Yo creo que sí —respondió James.
—¿Por qué? —preguntó Robert, confundido.
—Porque como dijo Alec, si él la hubiera intentado activar, estaría consciente y no podría por su nivel de poder —explicó James con el ceño fruncido.
—¿Quién cree que haya sido, señor James? —preguntó Andrómeda, con una ligera sospecha.
—La verdad no sé a ciencia cierta. Pero su poder me trajo nostalgia. A mis hermanos, a Walter, a casa. Fue muy cálido —dijo con una sonrisa de oreja a oreja.
—Pues... ¿no cree que ha dado en el clavo? —preguntó Martín con una sonrisa.
—¿Por qué lo dices?
—Por lo que dijo. El señor Walter. ¿No cree que sea él?
—No lo creo, hijo. Es muy imposible —respondió James, un poco triste, con una ligera mueca.
—Pero puede haber una posibilidad —dijo Andrómeda, tratando de animarlo.
—Sí, quizás —murmuró James con tristeza.
—Señor James, ¿lo ayudo con algo? —preguntó Alec, intentando distraerlo.
—Ah, sí. Ayúdame curando los síntomas de mi sobrino mientras Martín le sigue dando sangre. Sus heridas ya están curadas —señaló a Angel mientras ordenaba su material médico a velocidad vampírica.
—Entendido —Alec fue directo hacia Angel y comenzó a sanarlo.
—Mientras, nosotros nos escondemos, disminuyendo todo nuestro poder como indica el plan de hoy. Ya saben quiénes —James apuntó con los ojos a los amigos de Angel y a los suyos, con una sonrisa de oreja a oreja—. Porque aún faltan sorpresas de mi bebé por abrir. Así que andando.
Agarró sus maletas de material médico y se llevó a los demás vampiros para que se escondieran donde les tocaba según el plan.
—Bien, ya lo sané. Solo falta que se despierte —dijo Alec, poniéndose de pie con una sonrisa—. Mientras, síguele dando más sangre —le pasó una bolsa a Martín para que Angel quedara como nuevo.
—Muchas gracias, Alec. Gracias por salvarlo y por ayudarme —dijo Martín con lágrimas en los ojos, porque casi pierde al muchacho que también había cuidado la mayor parte de su vida.
—No es nada. Para eso estamos los amigos —respondió Alec con una sonrisa que inspiraba confianza.
—Ya se está moviendo —observó Andrómeda, mirándolo con atención.
—También ya está abriendo los ojos —comentó Sam, viendo cómo los párpados de Angel se abrían poco a poco.
—Sí, al parecer ya se va a despertar. Sigamos con la fiesta —dijo Alec, algo feliz por lo sucedido.
—Oye, pon la música como hace rato —le dijo Henrik al DJ del salón.
La música volvió a sonar en tono ligero. El ambiente se relajó y se fue tornando más tranquilo, menos tenso, mientras Martín seguía dándole sangre y los demás mayordomos esperaban que Angel terminara de despertar.
Pasaron los minutos y Angel parecía regresar al mundo. Poco a poco abría sus ojos de color rojo. Aún tenía la vista un poco borrosa y el mareo encima, pero se iba quitando conforme pasaban los segundos. El tinnitus seguía ahí, molesto, aunque ya no era tan insoportable como la primera vez que despertó.
—Oigan, el joven Angel ya está regresando —dijo Alec, mirándolo con detenimiento.
Angel abrió los ojos por completo y recuperó la vista. Solo sentía un dolor inmenso en todo el cuerpo y un cansancio que lo aplastaba, pero no dijo ninguna palabra ni emitió ningún quejido. Los mayordomos se acercaron de inmediato.
—¿Cómo te encuentras? —preguntó Andrómeda, sosteniéndole la mano mientras Angel hacía muecas y fruncía el ceño.
*Oh no. Esos gestos los hace cuando algo muy malo no le agrada para nada. ¿Será que ya me odia? ¿Me va a despedir por literalmente mandarlo a matar sin intención?* —pensó Martín, preocupado por Angel, por su trabajo, por su relación con él y por su propia vida.
—Mal —respondió Angel con voz quejumbrosa.
—Sigue reposando. No te muevas —dijo Sam, tocándole la frente—. Ya tiene temperatura normal. O sea, está bien muerto y frío como siempre —confirmó, recuperando un poco la calma.
—¿Dónde están los chicos? ¿Están bien? —preguntó Angel, preocupado pero con la voz aún dolida.
—Aquí estamos —respondió Adrik, llamando su atención de inmediato. Los tres lo saludaron con la mano alzada, devolviéndole algo de tranquilidad.
—¿Quién nos salvó? —preguntó Angel, lleno de curiosidad.

—¿Quién nos salvó? —preguntó Angel, lleno de curiosidad

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