Capitulo 9 Muerta en Combate II

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Rusia — Horas antes. A las afueras de Moscú, 8 horas al norte de la capital. 4:00 a.m.

La mansión de Margareth Novikova se levantaba entre los abedules como un animal dormido. Tres pisos de piedra gris, ventanas altas con marcos de hierro forjado, un jardín que en verano debía ser hermoso pero que en marzo no era más que una extensión blanca y silenciosa bajo la nieve. Adentro, las chimeneas llevaban horas encendidas y el calor se arrastraba por los pasillos con la pereza de algo que sabe que no tiene prisa.

El salón principal era lo que más se parecía a un hogar en toda la mansión. Alfombrado rojo que amortiguaba los pasos, ventanales grandes que dejaban ver la nieve cayendo sobre los árboles sin hojas, y en una esquina, un piano negro orientado hacia el cristal, como si quien lo tocara quisiera ver el mundo mientras lo hacía. Las chimeneas le daban al aire un tono anaranjado que suavizaba todo: las paredes, los muebles, las sombras.

Margareth estaba en el sillón con las piernas recogidas debajo del cuerpo, el pelo rubio recogido en una trenza floja que le caía sobre el hombro, y una copa vacía en la mano. Leía algo en su teléfono con el ceño fruncido, el brillo de la pantalla reflejándose en sus ojos rojos, cuando escuchó los pasos.

Lentos. Arrastrando un poco el pie derecho. Con el ritmo inconfundible de alguien que lleva décadas caminando por los mismos pasillos y que no piensa cambiar su velocidad por nadie.

—Ya era hora —dijo Margareth sin levantar la vista.

—¡Ya era hora dice! —la voz llegó desde el pasillo antes que la persona, aguda, temblorosa, con la indignación de alguien que se ofende por deporte—. Llevo veinte minutos calentándote la sangre a baño maría para que no te sepa a hielo, y me sales con "ya era hora." Malagradecida.

La señora apareció en el marco de la puerta con una bandeja de plata entre las manos. Ochenta y tres años. Un metro cincuenta y dos de pura terquedad rusa. Tenía el pelo blanco recogido en un chongo apretado, un delantal que le quedaba grande y unas pantuflas de lana que apenas hacían ruido contra la alfombra roja con cada paso. Las manos le temblaban lo suficiente para que la copa tintineara contra la bandeja, pero la llevaba con la seguridad de alguien que ha cargado cosas más pesadas que una copa en su vida.

—Señora, ya le dije que no tiene que hacer eso —Margareth se levantó del sillón para ayudarla—. Para eso están los cocineros. Para eso está Lukyan. Para eso le pago a quince personas.

—¡Quítate de mi camino! —la señora le apartó la mano con un manotazo que no tenía fuerza pero que tenía toda la autoridad del mundo—. El día que yo no pueda cargar una copa será el día que me entierren, y todavía no es ese día, así que siéntate.

Margareth se sentó. Cuatrocientos treinta y dos años de edad, poder suficiente para partir la mansión por la mitad con un gesto, y se sentó porque una señora de ochenta y tres años se lo ordenó.

La señora puso la bandeja en la mesa con cuidado, acomodó la copa frente a Margareth y se quedó parada con las manos en la cintura, esperando.

—¿No va a tomarla? ¿O quiere que se la dé en la boca como a un bebé? —preguntó con las cejas levantadas.

Margareth tomó la copa y bebió. El líquido estaba tibio, con la temperatura exacta que solo la señora lograba, y el sabor le bajó por la garganta con la familiaridad de algo que lleva años siendo preparado por las mismas manos. Le cambió la cara. Se le suavizaron los hombros. Por un segundo, la vampira de cuatro siglos se vio exactamente como lo que era cuando la señora la miraba: una muchacha.

—Está perfecto —dijo Margareth, y lo decía en serio.

—Obvio que está perfecto. ¿Cuántos años llevo haciéndote lo mismo? —la señora se dejó caer en el sillón de enfrente con un suspiro que le salió de los huesos—. Si a estas alturas no me sale bien, ya deberían enterrarme.

Vampire RebellionDonde viven las historias. Descúbrelo ahora