Capitulo 9 Muerta en Combate

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Naomi fue la primera en llegar.

Abrió la puerta del cuarto de Angel de un empujón y el aire que le golpeó la cara la hizo retroceder medio paso. Era como abrir un horno. El calor salía en oleadas densas, espesas, y olía a algo que no supo identificar: una mezcla entre metal caliente y algo orgánico que le revolvió el estómago.

—¡Angel!

Él estaba en la cama. O lo que quedaba de él en la cama: el cuerpo se le sacudía con espasmos violentos que le arqueaban la espalda y le golpeaban la cabeza contra la almohada. Los brazos se le tensaban como cables de acero. Las venas del cuello se le marcaban como raíces negras debajo de la piel. Y de la boca, entre los dientes apretados, salía un vapor blanco que se elevaba hacia el techo y desaparecía en la oscuridad del cuarto.

Naomi sintió que las piernas le fallaban. No por el calor, no por el miedo: por la imagen. Porque el chico que llevaba días inmóvil, frío como una piedra, pálido como si no le quedara sangre en el cuerpo, ahora parecía estar quemándose desde adentro.

—¡Fenix! —gritó, y la voz le salió más firme de lo que esperaba—. ¡La temperatura del cuarto, bájala a cero! ¡A cero grados, ahora!

—Bajando temperatura a cero grados centígrados, señorita Naomi —respondió Fenix desde los parlantes del techo—. Estimado de estabilización: noventa segundos.

No tenía noventa segundos. No los tenía.

Se acercó a la cama esquivando la mesita con la bolsa de sangre y el suero, y cuando le tocó el brazo para intentar sujetarlo, le quemó. La piel de Angel estaba tan caliente que le dejó una marca roja en la palma de la mano.

Quitó la cobija de un tirón. La sábana de abajo estaba húmeda y el vapor se le pegaba al cuerpo como una segunda piel.

Los amigos llegaron detrás de ella. Jacob primero, después Ingrid, después todos los demás atropellándose en el marco de la puerta.

—¡No se acerquen! —gritó Naomi sin voltearse—. ¡El cuarto está hirviendo!

—¡¿Qué mierda le pasa?! —Fernanda se tapó la boca con la mano.

Ingrid no dijo nada. Se quedó en la puerta con los puños cerrados y los ojos rojos, y Naomi alcanzó a ver que le temblaba la mandíbula antes de que apartara la mirada.

El aire acondicionado empezó a soltar un zumbido grave. Naomi sintió la primera ráfaga de frío entrando por las rejillas del techo, pero era como echarle un vaso de agua a un incendio. Angel seguía convulsionando y el humo seguía saliendo de su boca como si algo dentro de él estuviera ardiendo sin llama.

Le agarró la mano. Le quemó otra vez, pero no la soltó.

—Estoy aquí —le dijo, aunque sabía que no la escuchaba. Aunque sabía que probablemente no servía de nada—. Estoy aquí, Angel. No te me vayas.

James subió las escaleras sin hacer ruido. Nadie lo vio llegar. Nadie lo escuchó. Simplemente apareció en el marco de la puerta con los ojos hinchados, la mandíbula apretada y las manos todavía temblándole por lo que acababa de leer en el celular.

Pero cuando vio a Angel, todo lo demás desapareció.

—Todos afuera —dijo, y la voz le salió con una calma que no sentía pero que necesitaba proyectar—. Ahora.

—¡No me voy a ir! —Ingrid dio un paso adelante.

—Ingrid. Afuera. —No levantó la voz. No necesitó hacerlo. El tono fue suficiente.

Los amigos retrocedieron hacia el pasillo como si una pared invisible los empujara. Ingrid fue la última en moverse, y lo hizo sin dejar de mirar la cama donde Angel seguía sacudiéndose entre espasmos que le torcían el cuerpo en ángulos que no parecían posibles.

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