—Gracias, director —dijo Aaron, con apenas un rastro de nerviosismo en la voz.
El director los miró desde detrás de su escritorio, las manos entrelazadas sobre el papel.
—¿En qué los puedo ayudar?
—Venimos a reportar a estos dos —Aaron los señaló uno por uno— por agresión.
—Ya veo. —Sergei recorrió a Jaden y Carl con la mirada, lento, sin apresurarse—. Para pertenecer al equipo representativo de artes marciales de esta institución, han traicionado la confianza que puse en ustedes.
—Llevan rato dándoles problemas —continuó Aaron—, principalmente a él, que es alumno nuevo. —Apuntó hacia Angel.
—Cuéntenme cómo ocurrió el conflicto.
—Al parecer ella estaba siendo acosada —explicó Aaron, señalando a Naomi y luego a Jaden—, y él salió a defenderla. Si no hubiera sido por él, ella ya habría recibido un puñetazo que la dejaba inconsciente. Jaden también intentó besarla por la fuerza y le metió las manos encima. Naomi lo golpeó para escapar, pero Jaden la jaló del cabello. Fue ahí donde Angel intervino.
El director asentó cada detalle con una pluma fina que cruzaba el papel con trazo preciso.
—¿Volvieron a levantarse para agredir?
—Sí. Y ellos volvieron a defenderse.
Sergei dejó la pluma sobre el escritorio.
—Está más que claro. No hay forma de que se salven de esto. —Sus ojos se posaron en los agresores sin parpadear.
—Impresionante que nos estén haciendo esto —dijo Carl, intentando forcejear, la mandíbula apretada.
—En mi juventud, los que consideraba amigos eran unos drogadictos que nunca estuvieron para mí. —La voz del director subió apenas un escalón—. Agradezcan lo que tienen.
—¡Ellos también nos golpearon! —saltó Jaden.
—¿Y? —Sergei no alteró el tono—. ¿No leíste el contrato que firmaste? La defensa propia y la legítima defensa están completamente aprobadas, siempre que alguien te agreda y tu integridad esté en riesgo. Tú ibas a agredir primero, muchachito.
—P-pe-pero —balbuceó Jaden.
—Pero nada. Quedan expulsados de esta institución. Ya les mandé carta electrónica a sus padres. Lo siento, pero así tiene que ser.
Un silencio cayó sobre la oficina como una losa.
—Suéltenlos. Ya no pueden hacer nada. Agarren sus cosas, recojan todo de sus casilleros y que disfruten sus vacaciones de por vida, si es que alguna otra escuela los acepta.
Los soltaron. Jaden y Carl se pusieron de pie lentamente, con las piernas todavía tensas de la adrenalina que ya no tenía a dónde ir. Elizabeth los miró con lástima. Los demás sintieron el peso del momento, pero sabían que era lo correcto.
—Antes éramos los amigos inseparables del grupo —dijo Carl, la voz quebrada entre el orgullo y las lágrimas.
—Era pura risa entre nosotros. No sé qué nos pasó —añadió Jaden, con la impotencia impresa en cada sílaba.
*Lo mismo me pregunto yo con ellas.* Naomi miró directamente a Elizabeth y a Alessa sin decir una palabra.
Carl giró hacia Elizabeth. Se le veía en la cara que llevaba semanas cargando algo que ya no cabía adentro.
—Quédate con ese idiota. —Le apartó la mano de encima antes de que pudiera tocarlo—. Tú y yo terminamos hoy. No me busques, no me llames, mantén mi nombre fuera de tu boca. Me heriste, me fuiste infiel, y eras todo para mí. Eras todo y con eso lo arruinaste. Espero que seas feliz. —Las lágrimas le corrían sin que intentara detenerlas.
—¡Pe-pero Carl! —gritó Elizabeth, con los ojos ya anegados al ver que el único chico que de verdad había estado para ella se iba sin mirar atrás.
Judith se lanzó a abrazarla en cuanto la vio derrumbarse.
Jaden caminó hacia la puerta, pero antes se detuvo y le lanzó una mirada larga a Naomi. No dijo nada. No necesitaba decirlo: años intentando algo que nunca fue, noches esperando una respuesta que nunca llegó, y al final reemplazado de la noche a la mañana por alguien que ni conoce.
—Me acabas de arruinar la vida. —Sus ojos se clavaron en Angel—. Hoy vas a morir.
*Dudo que puedas, jovencito.* Sergei no apartó la vista de él.
*Lo único que hago es arruinar todo.* —pensó Angel, con el peso de esa convicción hundiéndose despacio.
Los dos expulsados tomaron camino hacia la puerta. Elizabeth intentó alcanzar a Carl, pero él la apartó con un gesto seco y salió sin voltear. La puerta se cerró sola.
Sergei esperó a que el eco de la puerta se disolviera antes de hablar.
—Como representante de esta institución, les pido disculpas por lo sucedido. Sé que no fue nada agradable. Lo mejor que puedo hacer es cancelar la premiación y enviarles sus reconocimientos a casa, para que no tengan que cruzarse con ellos de nuevo.
—Sí, lo entiendo, director. No se preocupe —respondió Aaron, con una tristeza que no le cabía del todo en la voz.
—Bien. Les pido que me dejen a solas con Naomi y Angel. Esperen abajo, cerca de la recepción, por si esos dos deciden hacer alguna tontería de camino a la salida.
—Está bien. Vámonos, muchachos —dijo Aaron, y el grupo se levantó en silencio, abrió la puerta y la cerró por educación.
El ascensor se tragó sus pasos. Sergei se reclinó apenas en su silla.
—Naomi. De verdad, discúlpame. Ahora que estamos en privado, quiero que sepas que lamento profundamente lo que pasó.
—No se preocupe, señor director. Solo fue un mal momento —respondió Naomi, tratando de quitarle peso.
—Sabes que eres una de mis alumnas favoritas. Excelentes notas, nos representas en varias disciplinas, has hecho cosas extraordinarias. Me pondría muy mal si algo te sucediera.
—De verdad, estoy bien. No se presione.
—¿Segura?
—Segura. —Le sostuvo la mirada con una sonrisa que no vacilaba.
—Confiaré en tu respuesta. —Sergei asintió despacio—. Era todo contigo. Déjame a solas con él. Ve con tus amigos, resguárdate con ellos y que tengas un buen día.
*¿Para qué quiere a Angel a solas? Es un chico nuevo... ¿qué tanto puede hablar con él?* —pensó Naomi mientras se levantaba de la silla.
*¿Por qué esta maldita sensación de que algo malo va a pasar es cada vez más fuerte? ¿Tendrá que ver con él?* —pensó Angel, con los nudillos apretados sobre su rodilla.
—Está bien, me retiro. Que tenga un buen día, director —dijo Naomi con tono amable, caminando hacia la puerta.
Se detuvo un instante junto a Angel.
—Te veo abajo. —Le regaló una sonrisa amplia, con el color subiéndole apenas a las mejillas.
—Sí —respondió Angel, y fue lo único que pudo decir sin delatarse.
Naomi salió. La puerta se cerró automáticamente detrás de ella. Tomó el ascensor y encontró al grupo abajo, cerca de la recepción.
—¿Y Angel? —preguntó Aaron.
—Está con el director. En un momento baja. Vamos a esperarlo.
Arriba, la oficina se llenó de un silencio incómodo. Dos miradas serias, cara a cara, sin parpadear.
—Por lo visto no vas a hablar —dijo Sergei.
—No tengo nada que decir. ¿Para qué me necesita?
—Yo sé lo que eres.
Angel se quedó inmóvil.
—¿A qué se refiere con que sabe lo que soy?
—Sé el porqué de tus ojos rojos. Sé lo que eres.
—Sea más específico.
—Sé que eres un vampiro.
El aire se detuvo. Angel sintió cómo algo se le apretaba en el pecho, una alarma antigua que no sabía que llevaba dentro.
—¿Cómo lo sabe? —Su voz subió medio tono sin que pudiera evitarlo.
Sergei se levantó de la silla con una calma que no correspondía a la magnitud de lo que acababa de soltar. Caminó hacia las ventanas y observó el paisaje de la ciudad como quien busca las palabras correctas en el horizonte.
—Es fácil. Porque yo te conozco.
—¿De dónde demonios me conoce?
—Quizás tú no me recuerdes, pero yo a ti sí. Fui mayordomo de tu familia cuando eras un bebé.
Angel se levantó de golpe. La silla chirrió contra el suelo.
—¡¿Qué demonios?!
—Así es. Y yo fui quien le enseñó a Martín cómo cuidarte. Le di los consejos, le dije cómo mantenerte con vida, cómo incrementar tu fuerza y tu poder.
Angel no encontraba las palabras. Llevaba dieciocho años creyendo que el círculo de gente que sabía su secreto cabía en los dedos de una mano.
—Por lo que veo, Martín ha cumplido bien con mantenerte vivo. —Sergei lo recorrió de arriba abajo con una mirada clínica—. Pero en cuanto al poder... veo que muy poco.
—¿Cuál es su nombre? —La voz de Angel tembló sin permiso.
—Te lo diré después. Primero... quiero que me ataques. Con todo tu poder.
Sergei se quitó el sombrero, las gafas oscuras y la mascarilla negra. Su rostro emergió despacio: piel blanca cruzada de marcas finas, cabello plateado, rasgos que no pertenecían a ninguna época en particular.
—¿Cómo quiere que lo ataque? Lo mataré con el simple hecho de hacerlo.
*Su rostro... se me hace familiar.* Un destello cruzó la memoria de Angel: brazos que lo sostenían cuando era tan pequeño que el mundo no tenía forma todavía. Los brazos de Martín. Y detrás de Martín, una silueta borrosa que daba instrucciones. El recuerdo le perforó la cabeza como un clavo caliente. Angel cayó con una rodilla al suelo, agarrándose el cráneo.
—Dije que me ataques. No te contengas. No merezco ningún trato especial.
Angel se incorporó con esfuerzo, la respiración entrecortada por el dolor del recuerdo. Adoptó posición de combate.
—Aquí voy.
Se lanzó a toda velocidad. La onda de aire azotó las cortinas de la oficina, arrastró papeles del escritorio. Su puño voló directo al rostro de Sergei.
Sergei lo detuvo con una mano. Sin esfuerzo. El impacto generó una segunda onda que sacudió los cristales.
—¿Cómo demonios...?
—No te detengas —respondió Sergei con voz plana, sosteniendo el puño de Angel como quien sujeta una pelota.
Angel atacó de nuevo. Y otra vez. Aparecía desde un punto de la oficina, desaparecía, reaparecía en otro, cada golpe más rápido que el anterior. Sergei detenía todos y cada uno sin mover los pies.
—Eres muy predecible, jovencito. Piensas demasiado en cómo atacar y eso te delata antes de lanzar el golpe. Tienes que soltar tu cuerpo y tu mente. Dejarte fluir. Que tu propia soltura actúe con sentido. Se trata de calma interior, y yo te noto muy exaltado. No importa qué tan veloz, poderoso o fuerte seas. Lo que importa es que lo hagas bien.
*¿Cómo es posible que detenga todos mis golpes? Un simple mayordomo de mi familia...* —pensó Angel, atónito.
Intentó lo que Sergei le dijo. Calmó las emociones, soltó los hombros, dejó que el instinto guiara.
No funcionó.
—Te falta experiencia. Demasiada, hijo. No es algo de la noche a la mañana.
Angel apretó los dientes y lanzó un último golpe con todo lo que tenía.
—Suficiente. —Sergei lo detuvo como los demás. Sin esfuerzo.
*Los mayordomos no son tan fuertes como para aguantar un combate con un vampiro. Este hombre no es solo un mayordomo.* —pensó Angel, con la respiración descontrolada.
Sergei caminó hacia su escritorio y recogió los papeles que las ondas de choque habían tirado al suelo.
—¿Cuál es su nombre?
—Mi nombre es Sergei Leclerc.
El dolor volvió a golpearlo. Angel cayó al suelo con las manos en la cabeza. Más imágenes: Martín cargándolo, una voz guiándolo, un pasillo que no reconocía pero que su cuerpo recordaba.
—Por lo que veo aún te faltan cosas por saber. No te han contado mucho. —Sergei lo observó retorcerse en el suelo sin intervenir, con una tristeza contenida en los ojos—. No te preocupes. Poco a poco las irás sabiendo.
—Demonios —gruñó Angel, tratando de levantarse con el dolor todavía pulsando en las sienes.
—Me sorprende que estos vidrios hayan aguantado todas las ondas de choque. —Sergei miró alrededor de su oficina con algo parecido al orgullo—. Y que las paredes hayan podido disipar el sonido.
Angel se puso de pie. Respiración agitada, ceño fruncido, una mano todavía en la cabeza.
—Anda, recupérate. Tus amigos te esperan abajo y será raro que te vean bajar así. Ya sabes quién soy y estoy de tu lado. Te cubriré en todo. Aquí me tienes para lo que necesites, señor Baltar.
—Muchas gracias —dijo Angel, forzando su cuerpo a volver a la normalidad.
El teléfono sonó sobre el escritorio. La recepcionista anunciaba a alguien.
—Nos vemos, Sergei.
—Ah, sí, dile que pase —respondió Sergei al teléfono, despidiéndose de Angel con un gesto leve de la mano.
Angel salió de la oficina y tomó el ascensor. El reflejo que le devolvió el metal pulido de las puertas era el de alguien que acababa de recibir un golpe invisible. Se pasó las manos por el pelo, respiró hondo y compuso la cara antes de que las puertas se abrieran.
Naomi lo vio salir y se levantó de la silla antes de que él diera tres pasos.
—Hola, Angel. ¿Cómo te fue con el director?
—Muy bien —respondió con una sonrisa que no le pertenecía del todo. Pero era convincente.
—Me alegro mucho. Pensé que también te iban a expulsar. —Se lanzó a abrazarlo sin pensarlo.
—No, tranquila. —Le devolvió el abrazo—. Oye, ¿nos vamos?
—Sí, pero no olvides que la maestra Charlotte te pidió ir a su oficina.
—Es cierto. Se me olvidaba. ¿Dónde queda?
—¿Se te olvidó el croquis que te dio, verdad? —Naomi ladeó la cabeza con una sonrisa burlona.
—Estem... sí. —Una carcajada nerviosa que se le escapó sola.
—No te preocupes, yo te secuestro. —Lo dijo en tono juguetón, y medio segundo después se le incendió la cara—. Digo, te guío. Se me cruzan las palabras.
—Está bien. Vamos, ¿dónde queda?
—En el edificio de al lado. Yo te llevo.
Le agarró la mano. Así, sin aviso, como si fuera lo más natural del mundo. Sus dedos se cerraron sobre los de él y empezó a caminar. Angel sintió el contacto subir por el brazo como una corriente eléctrica.
*¡Está agarrando mi mano!* —pensó Angel, con el pulso disparado y la cara de póker más frágil que había puesto en su vida.
—Chicos, iremos al edificio de al lado. Angel tiene que hacer algo en la oficina de la profesora Charlotte —les dijo Naomi al grupo, sin soltar la mano del vampiro.
—Sí, está bien. Nosotros iremos a la cafetería, ya tenemos mucha hambre —respondió Aaron mientras le sonaban las tripas—. Los vemos ahí.
—Vale, nos vemos en unos instantes.
Salieron del edificio. El aire fresco los golpeó y ninguno de los dos soltó al otro.
—Oye, ¿para qué te solicitó la profesora? —preguntó Naomi.
—No lo sé. Pero ya viste que me trató un poco mal en la mañana.
—Entiendo. Pues esperemos que no le hayas hecho algo malo.
—¿Soy yo o te está sudando la mano? —dijo Angel, sintiendo la humedad en su palma.
Naomi le soltó la mano de golpe y se la limpió en la ropa.
—Ay, lo siento... sí me está sudando.
—No te hubieras preocupado. Por mí no había problema.
*Tu sudor es mi agua bendita, niña.* —pensó Angel, y tuvo que morderse el interior del labio para no sonreír.
Llegaron al edificio. La puerta se abrió automáticamente y adentro los recibió una recepcionista de pelo castaño claro y ropa formal.
—Buenas tardes, ¿en qué puedo ayudarles?
—Vengo a buscar a la profesora Charlotte. Me solicitó que viniera a su oficina al final del día.
—¿Cuál es su nombre?
—Angel Baltar Edevane.
—Adelante, puede pasar. Es esa oficina de ahí. —Señaló con una sonrisa amable.
Angel dio un paso hacia la oficina. Naomi hizo lo mismo.
—Lo siento, señorita, solo puede pasar el joven —cortó la recepcionista con tono estricto.
—¿Por qué? —Naomi frunció el ceño.
—La profesora solicitó solamente al joven. Usted puede esperar aquí.
—Pe-pero...
—Lo siento. No puede pasar.
Naomi apretó los dientes y se dejó caer en una silla, cruzándose de brazos.
—No te preocupes. Te veo aquí en unos minutos —dijo Angel con una sonrisa.
—Vale. Mucha suerte. —Naomi le guiñó un ojo—. Te quiero.
Las dos palabras flotaron un segundo de más. Naomi se llevó la mano a la boca, con las mejillas ardiendo.
—¿Ah? —Angel se quedó clavado.
—Upps.
Angel giró antes de que la situación lo devorara y caminó hacia la oficina de Charlotte. Tocó la puerta. La abrió despacio.
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Vampire Rebellion
VampireEn el pasado, se cazaban a las Brujas y las quemaban vivas, y se sigue teniendo la sospecha de que merodean por nuestros alrededores, pero... ¿nunca te haz preguntado si hay un Vampiro a tu alrededor? Ven sumérgete en este mundo fantasioso, oscuro...
