En la pantalla, la familia de Dae avanzaba entre los arbustos con el sigilo de quienes saben que la distancia entre vivir y morir se mide en centímetros. La esposa iba al frente. Los niños pegados a ella como sombras. Dae cerraba la formación con la espalda tensa y los ojos saltando de un lado a otro.
La esposa llegó al siguiente arbusto, se asomó por el borde, y se detuvo.
A pocos metros hacia el noreste, una montaña de cuerpos se alzaba contra la nieve como un monumento que nadie había autorizado. Decenas de cadáveres apilados unos sobre otros. Hombres, mujeres, niños. La sangre que escurría de la base de la pila se extendía por la nieve blanca en líneas oscuras que llegaban hasta donde la familia estaba escondida. El olor era visible antes de ser olfativo: la cámara lo mostraba en las arcadas de Dae, en la mano de la esposa tapándose la nariz, en los ojos de los niños que no entendían lo que veían pero que sabían, con el instinto de quien ha crecido en un infierno, que no debían mirar.
—Mierda, qué olor tan asqueroso —Dae hizo arcadas con el cuerpo doblado, conteniendo el vómito con una mano mientras con la otra sostenía a su hijo.
—Aguanta, cariño, ya casi salimos —la esposa hablaba con la mandíbula apretada, tragándose el olor como si fuera algo sólido.
—¡Espera! —Dae la detuvo con un tirón suave del brazo.
—¿Qué sucede?
—Nuestras suelas. Van a dejar marca en la nieve —Dae miró hacia abajo. La sangre de los cadáveres se había mezclado con la nieve derretida, formando un barro oscuro que se adhería a los zapatos como evidencia. Cada paso que dieran a partir de ahí iba a dejar un rastro rojo sobre la nieve blanca. Un camino directo hasta ellos.
—Me lleva la... —la esposa se mordió la frase, mirando a los niños.
—No hay forma de limpiarlas. Hay que seguir rápido —Dae apretó la mandíbula y asintió hacia el frente.
Salieron del arbusto. Dos segundos después, la sirena.
El sonido cortó la noche como un cuchillo caliente. Una sirena de emergencia que llenó el valle entero con la urgencia de algo que no admite demora. Los reflectores de la base militar se encendieron uno detrás de otro, barriendo la nieve con columnas de luz blanca que convertían cada sombra en sospechosa.
La familia corrió.
Los soldados salieron de los cuarteles a trompicones, abrochándose las chaquetas, cargando rifles, gritando órdenes que se pisaban unas a otras. Algunos tuvieron vista directa. Vieron las siluetas. Gritaron la alerta.
—¡Mierda, corran, corran! —Dae empujó a sus hijos hacia adelante mientras él se quedaba atrás. Siempre atrás. El escudo.
En la pantalla, la esposa giró hacia Dae durante un instante que no duró más de dos segundos. Le salieron las lágrimas. Le dio un abrazo con la fuerza de alguien que sabe que es el último. Un beso que no tuvo tiempo de ser un beso sino algo más parecido a una promesa rota por la mitad. Se separaron. La esposa agarró a los niños de las manos y corrió hacia el bosque al otro lado de la frontera.
Dae se quedó. Ganando tiempo. Distrayendo.
Los disparos empezaron. Los francotiradores abrieron fuego desde las torres. El sonido de las balas cortando el aire tenía una cualidad casi musical, un silbido agudo que pasaba demasiado cerca de las siluetas que corrían entre los árboles. La esposa lloraba mientras corría. Los niños no gritaban. Ya habían aprendido que los gritos atraen cosas peores que las balas.
Por algún milagro que la película no explicó y que no necesitaba explicar, ninguna bala los alcanzó. Las tres siluetas desaparecieron entre los árboles como si el bosque se los hubiera tragado para protegerlos.
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Vampire Rebellion
VampiriEn el pasado, se cazaban a las Brujas y las quemaban vivas, y se sigue teniendo la sospecha de que merodean por nuestros alrededores, pero... ¿nunca te haz preguntado si hay un Vampiro a tu alrededor? Ven sumérgete en este mundo fantasioso, oscuro...
