El dormitorio olía a desinfectante y a ropa limpia. Dos olores que no deberían convivir pero que la madrugada había obligado a compartir espacio, como todo lo demás en esa casa — lo humano y lo que no lo era, lo médico y lo doméstico, lo que se podía explicar y lo que había que esconder.
La lluvia golpeaba el ventanal con un ritmo que se había vuelto parte del silencio — tan constante que ya no se oía, como el latido de un corazón que nadie en esa habitación tenía.
James estaba sentado en la silla junto a la cama. Los codos en las rodillas, las manos entrelazadas frente a la boca, los ojos fijos en la herida del abdomen de Angel que el borde de la manta dejaba expuesta. No la miraba como médico. Hacía rato que había dejado de buscar señales clínicas, de palpar bordes, de contar milímetros. La miraba como un hombre que espera a que alguien se decida a vivir — y que empieza a entender que esa decisión no le pertenece a él.
Martín estaba del otro lado, en la silla que había arrastrado desde el área médica y que había colocado tan cerca de la cama que los bordes se tocaban. Le sostenía la mano a Angel con las dos suyas — los dedos envolviendo los del muchacho como un nudo que se niega a soltarse. No la había soltado desde que lo acostaron. Los dedos de Angel seguían fríos, rígidos, ajenos, con esa dureza de lo que ya no se esfuerza por fingir calor. Pero Martín los apretaba como si la presión pudiera hacer lo que la sangre y la energía y la ciencia y los siglos de experiencia no habían logrado.
Ninguno habló. El goteo de la bolsa de sangre marcaba los segundos con la precisión indiferente de algo que no tiene prisa ni motivo para tenerla. Cada gota que caía era un segundo que Angel no abría los ojos. Cada segundo que pasaba era uno menos antes de que la puerta se abriera y una chica humana cruzara un umbral del que no se podía volver.
Veinte minutos. Treinta. Cuarenta.
La luz del amanecer se había colado por el borde de la cortina sin que nadie le diera la bienvenida. Entraba tímida, gris, como si el día mismo dudara de si valía la pena empezar. Le rozaba los pies a Angel y seguía de largo por el suelo de roble hasta morir contra la pared del fondo. La primera mañana que entraba en ese cuarto y lo encontraba así.
James se inclinó sobre la herida por enésima vez. Separó los bordes con dos dedos — gesto que ya había repetido tantas veces que las yemas le conocían la textura de cada milímetro de tejido muerto. Buscó en las capas profundas, donde la carne viva debería estar empujando hacia arriba, empezando a tejer lo que la superficie no podía. Un tono. Una textura. Cualquier cosa que no fuera ese gris uniforme que llevaba horas mirando como quien mira el fondo de un pozo que se niega a devolver el eco.
Nada.
Se reclinó en la silla. Cerró los ojos. Los apretó. Los abrió.
Y entonces lo vio.
Fue tan sutil que si hubiera parpadeado un segundo más tarde lo habría perdido. En el borde inferior izquierdo de la herida — justo donde el tejido se curvaba hacia la cadera, justo donde llevaba horas más gris y más frío que en cualquier otro punto — un hilo de color apareció. Rojo. Oscuro. Tenue. Como una gota de tinta cayendo en agua estancada, abriéndose paso entre la quietud sin pedir permiso. Se extendió medio centímetro por el borde y se detuvo. Como si el cuerpo hubiera puesto un pie al otro lado de una puerta y estuviera decidiendo si cruzarla entera.
James se enderezó de golpe. La silla rechinó contra el suelo. Se inclinó tanto sobre el abdomen de Angel que la nariz casi le tocaba la piel, los ojos abiertos hasta el punto donde empiezan a arder, el aliento contenido para no mover el aire sobre la herida.
El hilo de color se movió. Avanzó otro medio centímetro. El borde del tejido se contrajo — apenas, casi invisible, un estremecimiento tan pequeño que solo ojos de vampiro podían captarlo. Como un músculo que ha olvidado cómo funcionar y de pronto recuerda. Como algo que vuelve a la vida no de golpe sino de a poco, tanteando, probando si todavía sabe existir.
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Vampire Rebellion
VampiroEn el pasado, se cazaban a las Brujas y las quemaban vivas, y se sigue teniendo la sospecha de que merodean por nuestros alrededores, pero... ¿nunca te haz preguntado si hay un Vampiro a tu alrededor? Ven sumérgete en este mundo fantasioso, oscuro...
