Capitulo 6 Muerto Viviente

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El silencio duró menos de un segundo.

James ya estaba de rodillas antes de que el eco del impacto terminara de rebotar en las paredes. Le giró el cuerpo boca arriba con las dos manos, le levantó la camiseta empapada de sangre y barro, y se quedó quieto. Completamente quieto. Con la expresión de alguien que acaba de abrir una puerta y encuentra del otro lado exactamente lo que más temía encontrar.

La perforación era limpia. Profunda. Del tamaño de un puño cerrado, con los bordes del tejido abiertos y oscurecidos por la sangre coagulada que ya no fluía. James metió dos dedos en el perímetro de la herida sin tocar el interior, palpando la trayectoria, la profundidad, el estado del tejido circundante. Movía los dedos despacio, leyendo la herida como un ciego lee braille — cada milímetro de tejido le contaba una historia, y ninguna de las historias era buena.

—¿Qué le pasó a Angel? —Martín apareció a su lado con la voz ahogada, mirando el cuerpo como si no quisiera entender lo que estaba viendo. Tenía las manos abiertas a los costados, los dedos temblándole, sin saber dónde ponerlas.

—No lo toques —dijo James sin levantar la vista—. Nadie lo toque hasta que yo diga.

James le separó los párpados con el pulgar y el índice. El rojo vampírico se había apagado hasta un tono ceniciento, como brasas ahogadas bajo tierra. Sin respuesta a la luz. Sin contracción. Los ojos de un vampiro vivo brillan aunque estén cerrados — los de Angel parecían cristal opaco. James se inclinó más. Le miró las pupilas desde distintos ángulos, buscando un destello, un reflejo, cualquier señal de actividad detrás. Nada. Como mirar al fondo de un pozo seco.

Le puso la palma abierta sobre el pecho. La piel estaba fría en unas zonas y ardía en otras — frío en el hombro izquierdo, calor en el centro del pecho, frío en el abdomen a centímetros de la herida, calor en la base del cuello. La alternancia no seguía ningún patrón lógico. El veneno de Charlotte seguía ahí dentro, desregulando todo lo que tocaba, como un incendio que no se apaga sino que se mueve de cuarto en cuarto.

Le palpó el abdomen alrededor de la perforación con ambas manos, presionando con cuidado en un círculo que se ampliaba desde la herida hacia afuera, buscando rigidez, inflamación, acumulación de sangre debajo de la piel. Le examinó las manos — los dedos estaban rígidos, agarrotados, con restos de barro y sangre seca debajo de las uñas, las muñecas frías, la piel de los nudillos reventada por los golpes que había dado y recibido. Las uñas que horas antes habían sido garras capaces de destrozar una pared. Ahora parecían las manos de un cadáver.

Le revisó las costillas pasándole los dedos por cada arco, uno por uno, despacio, contando desde arriba hacia abajo — primera, segunda, tercera, cuarta, todas en su lugar, quinta, sexta — la séptima del lado izquierdo cedió al contacto con un crujido sutil que James sintió en la yema de los dedos antes de oírlo. La octava también.

—Dios mío —Magnus había avanzado dos pasos desde la sala y se había detenido al ver la herida. Tenía la mandíbula tan apretada que se le marcaban los músculos del cuello.

—Dos costillas fracturadas en el lado izquierdo, séptima y octava —murmuró James para sí mismo, enumerando como un cirujano que dicta las notas de una operación—. Perforación abdominal completa, entrada directa, sin desgarro lateral. Impacto punzante con algo que atravesó al menos tres capas de tejido muscular y conectivo. No comprometió la columna pero alcanzó profundidad suficiente para dañar órganos internos.

Le levantó la camiseta más arriba, revelando el torso completo. Moretones. Marcas de impacto. La piel de Angel parecía un mapa de todo lo que le habían hecho esa noche — un golpe aquí, un rodillazo allá, una patada que dejó una marca del tamaño de una bota en el costado derecho. James las fue catalogando mentalmente mientras sus dedos las recorrían.

Vampire RebellionDonde viven las historias. Descúbrelo ahora