Capitulo 7 Linda Enfermera

31 5 20
                                        

La alarma de Lucy sonó a las seis de la mañana con la suavidad programada de siempre: tres tonos ascendentes, volumen bajo, la voz después.

—Buenos días, Naomi. Son las seis en punto. Temperatura exterior: siete grados. Probabilidad de lluvia: ochenta y cuatro por ciento. Tienes un entrenamiento de veintiséis kilómetros programado para hoy, zona uno y dos de pulso, a cuatro treinta el kilómetro. Después, fuerza.

Naomi abrió los ojos. El cuello le dolía, un dolor sordo, torcido, de haberse quedado dormida en la silla con la cabeza inclinada hacia un lado. En algún momento entre las cuatro y las cinco de la mañana se había despertado lo suficiente como para moverse a la colchoneta portátil que Andrómeda le había dejado junto a la cama, pero no lo suficiente como para recordarlo. Solo sabía que estaba en el suelo, con una manta encima que no recordaba haberse puesto, y la mano de Angel a medio metro de la suya, colgando desde el borde de la cama.

Se estiró. Le crujió la espalda. Se frotó los ojos con los nudillos y parpadeó hasta que el cuarto dejó de ser un borrón gris.

—Buenos días, señorita Naomi —dijo Fenix desde los altavoces del techo, con su tono cortés de siempre—. El estado del señor Angel no ha presentado cambios durante la noche. Signos estables. Temperatura corporal descendió a niveles aceptables. El humo no ha vuelto a aparecer.

—Buenos días, Fenix —respondió Naomi con la voz ronca del sueño—. Gracias.

—De nada. Y buenos días a usted también, Lucy.

—Buenos días, Fenix —respondió Lucy desde el smartwatch de Naomi que descansaba en la mesita de noche—. ¿Dormiste bien?

—No duermo.

—Yo tampoco. Es solo cortesía.

—Entendido. Igualmente: dormí excelente.

Naomi soltó una risa corta, rasposa, el tipo de risa que sale antes de que el cuerpo decida si está despierto o no. Se sentó en la colchoneta y miró hacia la cama.

Angel seguía igual. Inmóvil. Los ojos cerrados. La mandíbula relajada ahora, sin la tensión de las horas anteriores. La respiración lenta, espaciada, irregular todavía, pero más profunda que anoche. No se había movido ni un centímetro desde que ella se había cambiado de la silla al suelo. El humo había desaparecido por completo. La piel había vuelto a estar fría, no al frío antinatural de ayer sino a algo más templado, como si el cuerpo hubiera encontrado un punto medio entre el hielo de antes y el fuego de la noche.

Fenix abrió las cortinas. El cielo de Londres era una lámina gris oscura, sin una sola grieta de luz. Llovía, pero apenas, una llovizna fina que parecía más neblina que lluvia. El tipo de amanecer que no parece amanecer, donde la noche simplemente se aclara un tono y eso es todo lo que vas a conseguir.

Naomi se puso de pie. Caminó hasta el borde de la cama. Le apartó un mechón de pelo de la frente con los dedos y le habló con esa voz suave, de mimo, que solo usaba cuando estaban solos.

—Buenos días, niño pechocho —dijo, pasándole el pulgar por la mejilla—. Sigues sin hacerme caso, ¿verdad? Ni un buenos días. Qué feo.

Le sonrió. Él no le devolvió nada. Pero la respiración siguió estable, y eso, por ahora, era suficiente.

—Fenix, cuídalo mientras entreno —dijo, girándose hacia su equipaje—. Si cambia algo, lo que sea, me avisas.

—Entendido, señorita. Cualquier variación será notificada de inmediato.

—Lucy, dame el plan del día.

—Veintiséis kilómetros a ritmo de cuatro treinta, zona uno y dos de pulso. Después estiramiento y fuerza. Tienes dos correos pendientes de la oficina de tu padre y una notificación de tu app de diseño que llevas ignorando tres días.

Vampire RebellionDonde viven las historias. Descúbrelo ahora