Capitulo 3 Corre III

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Angel se abrió paso entre las gradas, subiendo escalones hasta encontrar un lugar con buena vista

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Angel se abrió paso entre las gradas, subiendo escalones hasta encontrar un lugar con buena vista. El estadio estaba más lleno de lo que esperaba: padres de familia, profesores, alumnos de otros grados ocupando hasta las montañas de césped como si fuera un picnic. El murmullo de cientos de voces flotaba sobre la pista como una nube baja.
Las atletas ya estaban en sus carriles. Naomi se movía de lado a lado para no enfriarse, con la concentración pintada en cada gesto.
*Ahí está* —pensó Angel, inclinándose hacia adelante en su asiento.
—¿Ready? —la voz del estadio puso a las atletas en posición.
—Set.
Sonó el disparo y arrancaron.
—¡Y comienza la carrera, señoras y señores! El día de hoy tenemos una competencia muy pesada y reñida, hay varias favoritas entre la gente. Tú qué opinas, Hermenegildo —la voz del narrador llenó las bocinas del estadio.
—Opino que hicieron bien en traer su cafecito y su pan, y si no, vayan corriendo por él porque esto se va a poner bueno. Saquen el panecito y pongan el cafecito, porque hoy los madrazos van a estar duros, señores —Hermenegildo Hernández le metió toda la emoción desde la primera frase.
Hubo empujones en el arranque por la salida tan agresiva, pero Naomi se resguardó desde atrás, quedándose en última posición. Estrategia pura: guardar energía, adelantar poco a poco, rematar al final.
*Muy bien. Sabe exactamente lo que hace* —pensó Angel, asintiendo para sí mismo.
—¿Cómo ves a las competidoras, Hermenegildo? ¿Quién es tu favorita? —preguntó Juan Martínez, el otro narrador.
—Mi favorita es Naomi, pero es muy pronto para un pronóstico. Hay varias atletas preparadas que pueden darle pelea. No olvidemos que Naomi tiene mucha experiencia, sabe cuándo atacar y cuándo no. ¿Y la tuya, mi Juan?
—Naomi también, pero la que podría arrebatarle el primer lugar es Alessa, que en competencias anteriores estuvo a milésimas de ganar. Si no fuera por el ataque final de Naomi, lo habría logrado.
—Mira, mi Juanito. Van pasando la primera vuelta en un minuto y diecinueve segundos. Van volando, mi Juanito. Van volando —Hermenegildo se agarró de la mesa.
El público rugía. Los nombres de las favoritas rebotaban entre las gradas. Angel tenía los ojos clavados en una sola persona.
Varias atletas comenzaron a perder contacto con el grupo puntero, las piernas sin responderles al ritmo brutal. Naomi dejó de ser la última y se posicionó justo detrás del grupo de cabeza, sin gastar una gota de más.
*Perfecta ejecución. Deja que las demás se gasten y ella guardando todo para el cierre* —pensó Angel, con las pupilas dilatadas de emoción.
—¡Hola, muchacho, te veo muy atento! —Aaron apareció por las escaleras con los chicos detrás.
—Oh, hola, muchachos —Angel los saludó sin despegar los ojos de la pista.
—¿Podemos sentarnos contigo? —preguntó Evan.
—Claro que sí, adelante.
Se acomodaron en la fila. Jaden y Carl se sentaron en la esquina más alejada de Angel, con las mandíbulas apretadas y los ojos fijos en la pista.
—Eso se le va a quitar cuando empecemos a competir. Le daré la paliza de su vida —Jaden lo escupió en voz baja, dirigido a Carl.
—Lo haremos sufrir con nuestro ritmo. Ya verán que es un inexperto —Carl le respondió sin mirarlo. Frío. Calculado.
—Cuánto odio le tienen, Dios mío —Aaron negó con la cabeza.
—Se lo merece por arruinarme mi relación —Carl apretó los puños sobre sus rodillas.
—Por favor, compórtense. No quiero otra pelea más —Evan los miró con seriedad.
En la pista, los narradores seguían alimentando la tensión.
—Están empezando a lanzar ataques. Alessa quiere romper filas, pero Naomi la persigue y se le pega sin dificultad. Las demás van perdiendo contacto —Juan agarraba el micrófono con ambas manos—. Van pasando los cuatro mil metros en doce minutos con cuarenta y siete segundos. ¡Ya solo faltan mil metros!
—¡Van tirando madrazos, mi Juan! ¡Van durísimo! —Hermenegildo se levantó de la silla.
Naomi y Alessa se separaron del grupo. Ya no era una carrera de doce. Era un duelo de dos. El público enloquecía, los gritos llenaban el estadio como una olla de presión a punto de reventar.
—Están atacando muy fuerte y Naomi no se le despega —Evan se inclinó hacia adelante, exaltado.
—Ya solo faltan dos vueltas y media —Aaron mantenía la voz seria, pero los puños cerrados sobre las rodillas lo delataban.
*Vamos, Naomi. Ya lo tienes. Es tuya* —pensó Angel, apretando los puños.
—¡Ya solo faltan dos vueltas! Siguen tirando madrazos y están alcanzando hasta a las rezagadas. Esto se decide ahora, señores —Hermenegildo narró sin aliento.
—¡Mira, mira! ¡Hubo contacto! —Hermenegildo se levantó de golpe, tirando su vaso de café.
—Al parecer Naomi se tropezó a falta de cien metros para que suene la campana de la última vuelta. Hubo empujones entre estas dos atletas —Juan se aferró al escritorio, incrédulo.
El estadio explotó. No fue gradual. Fue una detonación. Cientos de personas poniéndose de pie al mismo tiempo, las gradas de madera crujiendo bajo el peso de la histeria. Los que gritaban el nombre de Naomi se mezclaban con los que le pedían a Alessa que acelerara, y el resultado era un muro de ruido que vibraba en el pecho.
Naomi estaba en el suelo. Las rodillas contra el tartán, la piel arrancada en líneas rojas que ya empezaban a sangrar. El ardor le subió por las espinillas como fuego.
*¡Serás hija de puta! Me las pagarás* —pensó Naomi, clavando las manos en la pista y empujándose hacia arriba con los dientes apretados.
—¡NO! —Angel se levantó de su asiento como si lo hubieran electrocutado. El grito le salió del estómago, crudo, sin filtro. Los chicos se le quedaron viendo.
—No puede ser —Aaron se llevó las manos a la cabeza.
*¡Maldita Alessa, eso es sucio! ¡VAMOS, NAOMI, ALCÁNZALA!* —pensó Angel, con los nudillos blancos de tanto apretar.
—¡De terror, mi Juan! ¡Ya se levantó! —Hermenegildo brincaba detrás de la mesa.
—Suena la campana de la última vuelta. Alessa ya va metros adelante, tiene mucha ventaja. Naomi empieza a acelerar durísimo para recortar la distancia —la voz de Juan se quebraba entre la emoción y la falta de aire.
La sangre le corría a Naomi por las espinillas y le manchaba los tenis. No la sentía. La adrenalina le había anestesiado todo lo que no fuera velocidad. Sus piernas respondían a algo más profundo que el entrenamiento: orgullo puro, rabia destilada, la negativa absoluta a dejar que alguien que jugó sucio se llevara lo que era suyo.
—Posiblemente la alcance. Naomi tiene mucha velocidad —Aaron no parpadeaba.
—¡Ya no pongan el cafecito ni el panecito porque ya no hay tiempo! Naomi va recortando metros muy rápido. Chequen el tamaño de esa zancada y la velocidad de esas piernas. Lo está dejando todo, señores —Hermenegildo se agarró la cabeza con ambas manos.
La distancia se encogía. Cinco metros. Cuatro. Tres. Cada zancada de Naomi era un latigazo contra el tartán. El público ya no gritaba nombres. Gritaba sin palabras, un rugido animal.
—¡Ya está detrás de ella! —Hermenegildo se agarró la nuca.
—¡La alcanzó! —Evan se levantó gritando, agarrando a Jack del hombro.
*¡Sí! ¡Sí! ¡Muy bien!* —pensó Angel, con el corazón que no tenía latiéndole de todas formas.
—¡Doscientos metros! Van a la par. Esto está muy reñido —Hermenegildo ya era puro grito.
—¡Punto crucial! Naomi lanza un ataque. Tremendo, pero Alessa le responde y siguen a la par —Juan apretaba el micrófono hasta deformarlo.
—¡Cien metros!
—Naomi acelera y Alessa se aferra. Van pegadas. No cabe un alfiler entre ellas. ¡Ya están por llegar! —las palabras de Juan salían atropelladas.
El público se desbordó. La gente empujaba, saltaba, golpeaba las gradas con los pies. El metal y la madera vibraban.
—¡Y LLEGAN A META! —la voz de Juan se rompió en la última sílaba.
—¡SÍ! ¡MUY BIEN, NAOMI! —Angel gritó sin importarle nada. Jaden y Carl lo fulminaron con la mirada. No le importó.
—¡Llegaron a la par, tirándose al suelo una con otra! ¡Exhaustas, desfallecidas por el tremendo duelo! —Juan aventó sus papeles al aire.
—Aún no sabemos quién ha ganado. Llegaron al mismo tiempo. Necesitamos revisar las cámaras —Juan trató de recomponerse, la voz rasposa y destruida.
Las demás atletas fueron cruzando la meta. Judith llegó en tercer lugar con dieciséis cuarenta y tres, las manos en las rodillas y el orgullo intacto. Lilith cruzó cuarta con diecisiete diecisiete, sin expresión en la cara pero con las piernas temblándole. Elizabeth cerró el top cinco con diecisiete cincuenta y cuatro, derrumbándose al costado de la pista.
—Al parecer los jueces ya determinaron el primer lugar. Atentos, porque los resultados saldrán en pantalla —Hermenegildo levantó la mano pidiendo silencio. El estadio contuvo la respiración.
—¡EL PRIMER PUESTO SE LO LLEVA NAOMI! Naomi Stone Ivanova, primer lugar con quince minutos y cincuenta y cuatro segundos, por solo centímetros de distancia sobre Alessa Campbell con quince cincuenta y cinco, como se muestra en la cámara de foto finish —Juan lo soltó con la poca voz que le quedaba, y el estadio volvió a explotar.
*Te gané, maldita perra tramposa* —pensó Naomi, tirada en el tartán con la cara contra el cielo gris y una sonrisa salvaje.
—¡SÍ! ¡GANÓ! —Angel volvió a gritar. Le dolía la garganta y no le importaba.
Naomi se levantó del suelo con las piernas temblándole y la respiración hecha pedazos. La sangre seca de las rodillas le tiraba de la piel con cada movimiento. Se giró hacia Alessa, que seguía en el tartán boca arriba, con el pecho subiendo y bajando como un fuelle roto.
—Ya te hubiera ganado desde antes. Tuviste ventaja solo por el empujón, pero fue solo un momento. Hasta que te alcancé —Naomi la miró desde arriba. No sonreía. No necesitaba.
—Me las vas a pagar, maldita —Alessa escupió las palabras entre jadeos.
Naomi se agachó lo suficiente para que solo ella escuchara.
—Fue muy sucio de tu parte empujarme. Aún así te gané. Qué lástima.
—Me las pagarás, Naomi. Algún día me vengaré y te regresaré todas las que me hiciste —los ojos de Alessa brillaban de rabia, la respiración sin calmársele.
—Muy bien. Sigue entrenando —Naomi le dedicó una sonrisa que era peor que cualquier insulto. Se enderezó y empezó a caminar.
—Te odio —Alessa lo dijo sin gritar. Sin susurrar. Con certeza. Con peso.
Naomi se detuvo. La sonrisa se le apagó. Algo en ese "te odio" sonó distinto a los anteriores. Sonó real. Cuando habló, la voz le salió más baja. Más cansada. No del cuerpo.
—Ya te desconozco. No sé qué te hice. Desde ayer dejamos de ser el grupo de amigas inseparables que solíamos ser las cinco. No sé qué te sucede a ti y a Elizabeth. Solo sé que no les hice algo malo. No había motivo para que me trataran así en los vestidores —hizo una pausa, el aire pesándole—. Simplemente no sé... las siento diferentes. Siento que ya no son mis amigas. Las mismas amigas de antes.
Terminó con un suspiro que le vació los pulmones y se dio la vuelta sin esperar respuesta. Las chicas que alcanzaron a escuchar se quedaron calladas, mirando al suelo.
Alessa se quedó en el tartán con las palabras atragantadas. Le llegaron. Le perforaron el orgullo y le tocaron algo blando que no quería reconocer. Pero el resentimiento fue más rápido que su conciencia, y las enterró antes de que le hicieran daño. Se levantó sin mirar a nadie y caminó en dirección contraria.
—¡Naomi! —la voz de Angel bajó de las gradas. Saltó los últimos escalones de dos en dos y pisó el tartán. Detrás de él venían los chicos a paso lento, cada uno dirigiéndose a distintos puntos de la pista para calentar.
—Oh, hola, Angel —Naomi lo recibió con una sonrisa que le borró todo lo anterior de la cara. Las pupilas dilatadas, el cansancio olvidado, las rodillas sangrantes convertidas en anécdota.
—Lo hiciste increíble. Te felicito —Angel la abrazó. Firme. Sin dudar.
Naomi le devolvió el abrazo y soltó un suspiro largo, de esos que llevas guardando desde antes de la carrera. El sudor, el dolor, la pelea con Alessa, todo se le salió del cuerpo en ese suspiro. Se sintió segura.
*Qué suave es. Huele tan bien* —pensó Angel, con algo apretándole el pecho que no era hambre. O sí lo era, pero no del tipo que podía satisfacer.
Un destello. La yugular de Naomi pulsando contra su cuello, a centímetros de su boca. El olor de su sangre mezclado con el sudor, dulce y metálico.
*No. Cállate. No es momento para estupideces* —pensó Angel, cerrando los ojos con fuerza, ahogando el instinto antes de que lo ahogara a él.
—¿Ahora te toca a ti, verdad? —Naomi levantó la cara para mirarlo, sin soltarlo.
—Sí, me toca a mí —respondió Angel, rezando por que ella no notara la tensión en su voz.
—Bien. Da todo de ti. Te irá muy bien, ya verás —le sonrió—. Aquí te quiero ver en primer lugar.
La frase le perforó la cabeza. Un recuerdo que no pidió permiso.
*"Ánimo, ya verás que te irá muy bien, muchacho. Te quiero en primer lugar. Aquí te voy a ver. Yo te voy a dar tu medalla"* —la voz de su viejo amigo. Atleta retirado. Cincuenta y dos años. Un tumor cerebral. Dos días antes de la competencia. Angel tenía dieciséis.
El dolor le taladró las sienes. La visión se le oscureció medio segundo. Un clavo caliente detrás de los ojos.
—Aaghh —se le escapó un quejido, llevándose la mano a la frente.
—¿Estás bien? —Naomi lo separó de sus brazos y lo miró fijamente, la sonrisa reemplazada por preocupación.
—Sí. Solo fue un pequeño dolor —la voz le salió apretada.
—¿Seguro? —el tono de Naomi se endureció.
—Sí, no te preocupes —soltó un suspiro, forzando la máscara de vuelta.
—Vale. Estaré justo donde tú estabas sentado, apoyándote. ¿Ok? —le suavizó la voz, tocándole el brazo.
—Sí, muchas gracias, Naomi. Te quie... —las palabras se le cortaron como un cable. Abrió los ojos de golpe.
*Ay, no... qué tonto soy* —pensó Angel, con el pánico trepándole por la garganta.
La media palabra quedó flotando entre los dos. Naomi la atrapó al vuelo. No necesitaba que la terminara.
—Yo también te quiero, tonto —lo dijo con la naturalidad de quien dice algo que ya sabía desde antes—. Anda, tienes que correr. Mucho éxito.
Se puso de puntillas y le plantó un beso en la mejilla. Breve. Cálido. Los labios le dejaron una marca invisible que Angel iba a sentir por el resto del día. Lo soltó y subió las gradas sin mirar atrás.
Angel se quedó parado en el tartán. Sin palabras. Con el calor subiéndole por el cuello hasta las orejas.
*AAAAAAAAAAAH* —gritó por dentro, con cada neurona en cortocircuito.
—Primera llamada a los atletas de la prueba de cinco mil metros varonil —la voz del estadio lo arrancó de su estupor.
*Bien. Es mi momento* —pensó, sacudiéndose la cabeza. La sonrisa seguía ahí. No pudo quitársela.
Los atletas se posicionaron en los carriles. Miradas serias. Mandíbulas apretadas. El tartán rojo absorbía el calor de treinta pares de pies inquietos.
Jaden y Carl no miraban a la competencia. Miraban a Angel.
*Me las vas a pagar, maldito* —pensó Jaden. Pura rabia. Sin plan.
*Es hora de hacerte sufrir* —pensó Carl. Fría. Medida. Con plan.
Angel ni los registraba. Tenía los ojos en la pista, los tenis ajustados, la sonrisa de un tipo que está a punto de hacer lo que más le gusta en el mundo.
*Qué emoción. Es hora de divertirse* —pensó Angel.
—¿Quién ganará? Hagan sus apuestas —la voz de Hermenegildo bajó a un tono grave, teatral, que le metió tensión hasta al vendedor de cafés.
Sonó el disparo.
Treinta cuerpos arrancaron al mismo tiempo. El golpeteo de los tenis contra el tartán sonó como lluvia pesada. En tres segundos el grupo se estiró, se compactó, se reorganizó por velocidad.
—¡Y arranca la carrera! Competidores muy fuertes en esta prueba varonil —Juan abrió con la voz cargada.
—Se alinean hacia el carril uno con un ritmo brutal. Debajo de dos minutos y cincuenta segundos el kilómetro. Van volando —Hermenegildo silbó.
En las gradas, Naomi se inclinó hacia adelante con los codos en las rodillas. Las chicas la rodeaban: Judith a su lado, Lilith arriba, Elizabeth y Alessa en la esquina con caras de velorio.
*Empezó detrás de los punteros. No en última posición. ¿No le costará al final?* —pensó Naomi, con ojos de atleta. Analizando. Midiendo.
—¿Quién crees que gane? —Lilith miró a Judith.
—No sé. Los más fuertes son Carl y Jaden, pero Aaron tiene zancada.
—No olvides a Vincent —Lilith le guiñó un ojo.
—¿Y tú, Naomi?
—Angel.
Una sola palabra. Tono seco. Ojos en la pista. Las cuatro la miraron.
—¿Por qué? —Lilith alzó las cejas.
—Mírenlo —Naomi apuntó sin despegar la vista—. Su rostro se ve mucho mejor que el de los demás. Técnica excelente. Y no le veo ninguna respiración descontrolada. Los demás ya van gesticulando. Él no.
Silencio.
—Tiene razón —susurró Alessa. Le salió antes de que pudiera tragárselo.
En la pista, el grupo puntero volaba. Mil metros en dos cuarenta y ocho. El viento les pegaba en la cara y les secaba el sudor antes de que les cayera a los ojos.
*Recuerda. No pasarte. Actúa como humano* —pensó Angel. El mantra de siempre. La cadena que lo ataba al suelo.
Jaden se le pegó. Hombro con hombro. El aliento agrio entre jadeos.
—¡Esto es mi venganza! ¡Te haré sufrir! —le escupió sin dejar de correr.
Carl se cerró por el otro lado. Lo encerraron en el carril uno.
—Has arruinado todo lo que construí con mi novia —Carl no gritó. No jadeaba tanto como Jaden. La voz le salía medida, afilada—. Años. Planes. Una boda. Una vida entera. Y llegaste tú.
No era la misma rabia que la de Jaden. Era peor. Era dolor disfrazado de odio.
—¡A ustedes no les debo nada! —respondió Angel sin alterar la zancada.
—¡Chicos, relájense, maldita sea! ¡Estamos compitiendo! —Aaron gritó desde atrás.
Los narradores seguían alimentando al monstruo.
—Van pasando los cuatro mil metros en once minutos flat. ¡Solo faltan mil metros! —Hermenegildo se levantó de la silla.
—Carl y Jaden lanzan un ataque para romper filas. Están acelerando considerablemente. Pero el jovencito Angel se les pega, señores. Sorprendente que este jovencito sin historial le esté dando batalla a estas dos bestias —Juan temblaba detrás del micrófono.
—¡QUÉ! —Naomi se levantó de golpe. Las chicas la miraron—. ¡¿Cómo que sin historial?!
—¿Por qué? ¿Qué tiene de malo? —Judith la miró confundida.
*¿Me mentiste? ¿Me mentiste con eso de que ya habías competido? Te voy a golpear cuando termines, tonto* —pensó Naomi, apretando los puños. Soltó un "osh" entre dientes y se dejó caer en el asiento—. *Sigue así, idiota. Tú puedes. Pero ya verás.*
Últimos seiscientos metros. El estadio se puso de pie. El ruido era físico. Algo que empujaba. Que presionaba el pecho.
Jaden se le acercó de nuevo. Codo a codo. La vena del cuello a punto de reventarle.
—Me arruinaste los años que estuve esforzándome para que Naomi quisiera estar conmigo. Llegaste e hiciste mierda todo.
Tres líneas. Eso fue todo lo que Angel le concedió.
—Yo no te arruiné nada. Si a esa persona le gustaras, te elegiría sin que tuvieras que rogar. Eso no es amor, Jaden. Es apego.
—¡NO! ¡Ella es mía! ¡Tiene que ser feliz conmigo! —Jaden perdió la forma de correr. Los brazos descoordinados, la zancada irregular, la rabia comiéndole la técnica.
—¡No tienes ni puta idea de lo que dices! ¡Hijo de puta! —Carl abandonó la frialdad. La máscara se le cayó.
—¡Hoy vas a morir! —los dos al mismo tiempo.
Lo empujaron. Carl le metió el pie.
El tartán se le vino encima.
—¡NO! —Naomi se levantó de golpe—. ¡Le pusieron el pie!
—¡No, Angel! —Elizabeth y Alessa gritaron al unísono.
Angel caía. De cara. A toda velocidad.
*Pobres ilusos* —pensó Angel.
El tiempo se estiró como chicle. El suelo acercándose en cámara lenta. Las manos tocaron el tartán. Los brazos absorbieron el impacto. El cuerpo giró. Limpio. Exacto. Una acrobacia que desafiaba todo lo que un cuerpo de dieciocho años debería poder hacer a esa velocidad. Cayó de pie. Sin perder un paso. Sin perder un segundo. Como si tropezarse fuera parte de la coreografía.
Medio segundo de silencio.
Y el estadio se vino abajo.
—¡VAMOS! ¡GÁNALES A ESOS BASTARDOS! —Naomi gritó con todo lo que le quedaba en el cuerpo.
—¡Tremenda hazaña del jovencito Angel! ¡De terror, mi Juan, de terror! —Hermenegildo golpeaba la mesa sin control.
—Ese tipo no es un humano —murmuró Lilith. No gritó. No se emocionó. Lo dijo como quien anota un dato en un cuaderno—. Va en contra de las leyes de la física.
—Sorprendente lo que acabo de ver —Judith se llevó las manos a la boca.
Angel apareció al costado de Jaden y Carl. A su par. Como si nada hubiera pasado. Los dos lo miraron con la cara desencajada, los pulmones quemándoles, las piernas pesándoles. Y ahí estaba él. Intacto. Sin sudor. Sin jadeos.
—Buen intento —Angel no estaba sin aliento. Eso fue lo primero que los asustó—. Tienen que ser amateurs para intentar trucos tan bajos.
Carl no podía hablar. Le faltaba el aire.
—Les falta toda una vida de preparación para superarme —Angel bajó la voz hasta que solo ellos escucharon—. Y lo digo porque realmente no saben lo que soy.
Algo le brilló en los ojos. Un destello rojo. Brevísimo. Como la brasa de un cigarro apagándose en la oscuridad. Menos de un segundo.
Pero los dos lo vieron.
*¡¿Qué carajo?!* —pensó Carl. El frío le bajó por la columna como agua helada.
*¡¿Qué demonios acabo de ver?! ¿Brillaron o es mi imaginación?* —pensó Jaden. La rabia mezclándose con algo nuevo. Algo que se parecía mucho al miedo.
Angel aceleró.
No fue gradual. Fue un interruptor. Debajo de dos minutos y treinta segundos el kilómetro. Un ritmo que seguía siendo humano. Apenas. Lo justo para no levantar sospechas. Lo justo para destrozarlos.
Jaden y Carl intentaron seguirlo. Sus piernas dijeron que no.
—¡El jovencito Angel lanza un tremendo ataque! ¡Es un ritmo sorprendente! Carl y Jaden tratan de pegarse, pero es imposible —Juan gritó con la voz ya rota.
—¡Sigue así, Angel! ¡Tú puedes! —Naomi le gritó desde las gradas con las manos alrededor de la boca.
—¡Vamos, Angel! —Alessa gritó. No pudo evitarlo.
—¡Cierra con todo! —Elizabeth añadió a gritos.
*Chicas compitiendo por un chico. Y decían que eso era muy vintage* —pensó Lilith, rodando los ojos.
Miró de vuelta a la pista. Angel se alejaba del grupo como si los demás corrieran en reversa.
*Este chico no es humano* —pensó Lilith de nuevo. Y esa vez no rodó los ojos.
Angel cruzó la recta final solo. Completamente solo. Los demás eran puntos en la distancia.
—Es una carnicería, mi Juan. Ha roto el récord de la escuela por mucho. Punto crucial: Jaden y Carl se están quedando atrás. Al parecer la competencia ya la ganó el jovencito sin historial —Hermenegildo tenía la voz exaltada, temblándole entre la emoción y la incredulidad.
—Solo faltan pocos metros. Impresionante la acrobacia, de verdad. Es algo que se hará viral en las redes, una salvada imposible de replicar —Juan añadió con la voz rasposa, destruida de tanto grito.
—Va para la historia esta competencia. Solo le faltaba ser récord mundial, pero estamos hablando de atletas de un colegio —Hermenegildo negó con la cabeza, sin poder creerlo.
—¡Y ahí lo tenemos! El jovencito Angel, el jovencito amateur, sin historial, ganando la competencia. Primer lugar con un tiempazo de trece minutos y treinta y nueve segundos. Ha roto el récord del colegio —Juan lo anunció con lo poco que le quedaba de voz.
—¡SÍ! ¡VAMOS! ¡MUY BIEN! —Naomi festejó eufórica, gritando a todo pulmón como si la victoria fuera suya. Saltando del asiento, con los puños al aire, sin importarle que todo el estadio la estuviera viendo.
—Sin palabras. Primera vez que me pasa esto —Hermenegildo se dejó caer en su silla, agotado.
—¡Muy bien, Angel! —Alessa y Elizabeth gritaron al mismo tiempo, emocionadas a pesar de ellas mismas.
Jaden cruzó la meta en segundo lugar con trece cuarenta y cuatro, desplomándose sobre el tartán con la respiración destrozada y el orgullo peor. Carl llegó tercero con trece cuarenta y siete, doblándose sobre sus rodillas, escupiendo al suelo. Los dos habían corrido la carrera de sus vidas. Y no había sido suficiente.
—Si te das cuenta, el competidor Angel llegó como si nada —Hermenegildo señaló hacia la pista—. No llegó tirándose al suelo ni jadeando. Impresionante su capacidad física, siendo una persona sin historial de competición.
—Parece un monstruo. Es impresionante cómo lo logró después de esa acrobacia imposible —Juan asintió, todavía procesando lo que había visto.
Vincent cruzó cuarto con catorce cero seis, fatigado pero conforme. Jack llegó quinto con catorce trece, jadeando con una sonrisa. Aaron terminó sexto con catorce veintiuno, sentándose en el suelo de inmediato para tomar aire. Evan cerró el grupo con catorce treinta y dos, más feliz que todos porque acababa de bajar de quince minutos por primera vez en su vida.
Los chicos se fueron juntando en una zona de la pista, cada uno recuperándose a su manera. Carl y Jaden se quedaron apartados, unos metros más lejos, llenos de un coraje que les carcomía el alma. No se acercaron.
Angel caminó hacia el grupo de Aaron con una cara que transmitía algo que no combinaba con lo que acababa de pasar: amistad genuina.
—Me alegro mucho por ustedes, muchachos. Lo hicieron excelente. Felicidades a cada uno —Angel les habló con una voz que no tenía ni un gramo de arrogancia.
—Muchas gracias, Angel, pero tú estuviste increíble —Evan lo miró desde el suelo, todavía sin aliento.
—La verdad lo hiciste muy bien —Vincent asintió con una sonrisa cansada.
—Estuviste perfecto. Y más con esa acrobacia —Aaron le dio una palmada en el hombro.
—Me sorprende que hayas hecho ese tiempo y no te notes cansado —Jack lo estudió con los ojos entrecerrados, genuinamente confundido.
—¿Cómo le haces para llegar como si nada? —Aaron preguntó, sin poder evitarlo.
—Es que la verdad estoy acostumbrado a correrlo más rápido —Angel se encogió de hombros con una voz inocente, casi apenada.
Los cuatro se le quedaron viendo. Nadie dijo nada por tres segundos.
—¡Angel! —una voz conocida le llegó desde las gradas. Llena de felicidad. Llena de todo.
Angel volteó.
Naomi bajaba las escaleras a toda velocidad, saltando los últimos tres escalones, cruzando el tartán como si no acabara de correr cinco mil metros, y se le estrelló en un abrazo que casi lo tumba.
—Ah, hola, Naomi —Angel sonrió, con la cara enterrada en su cabello.
—Estuviste genial, niño. Fue impresionante tu rendimiento —la voz le salía entrecortada de emoción, apretándolo como si quisiera asegurarse de que era real.
—Muchas gracias. Tú también estuviste excelente —Angel le devolvió el abrazo, rodeándola con los brazos.
—Bien, llegó la hora de irnos a cambiar para estar presentables en la ceremonia de premiación —Aaron se estaba levantando del suelo, sacudiéndose el short.
—Sí, vamos —Angel soltó a Naomi del abrazo. Le costó más de lo que quería admitir.
Todos caminaron siguiendo al alto de Aaron hacia los vestidores. Las piernas cansadas, el sudor secándose en la piel, la adrenalina bajando de a poco. Detrás del grupo, a varios metros de distancia, Jaden y Carl caminaban solos. En silencio. Con el odio fermentándoles en el estómago como ácido. Ni Aaron ni los demás los esperaron. Nadie los invitó a unirse. Y ellos no pidieron que lo hicieran.

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