Introducción

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Lunes 4 de enero de 2021

5:10 a.m. — Inglaterra

—Martín, tienes que ir a despertar al señor Angel —dijo Andrómeda sin apartar la vista de los fogones, donde el desayuno ya comenzaba a tomar forma.

—Sí, enseguida voy —respondió Martín, soltando su taza de café y el periódico sobre la mesa.

—Ten cuidado, no vaya a ser que esté muy sediento —advirtió Sam.

—Ni lo digas. Se controla bien el muchacho, pero la vez pasada hizo todo un desorden con tal de no dejarse llevar por sus instintos —comentó Martín mientras revisaba las notificaciones de su celular.

Los tres llevaban años cuidando a Angel, y los tres compartían ese aire fino y europeo que los hacía parecer sacados de otra época. Mayordomos de profesión, guardianes por elección.

Martín era el mayor y el de más alto rango: treinta y cuatro años, cabello café claro que se volvía dorado cuando le daba el sol, ojos de un verde tranquilo y porte sereno. Medía 1.76 m y llevaba con Angel desde antes de que él naciera — treinta y cuatro años cargando una lealtad que venía de familia. Cuando hablaba español, su acento italiano le daba un toque suave que contrastaba con su carácter firme.

Andrómeda, de veintinueve, ocupaba el segundo lugar en la jerarquía. Noruego de nacimiento, aunque dominaba el español sin rastro de acento. Cabello rubio casi blanco, ojos de un azul profundo y piel tan pálida que cualquier roce le dejaba marca. Medía 1.73 m, delgado pero atlético, con músculos definidos bajo esa apariencia casi frágil. Llegó cuando Angel apenas tenía dos años, poco después de la muerte de sus padres, y desde entonces no se había separado de él.

Sam era el más joven — veinticinco años — y el de menor rango. Francés criado entre París y Estados Unidos, conocía ambos mundos con la misma soltura. Piel blanca, menos intensa que la de los otros dos, ojos café y cabello un poco más oscuro. Se unió hacía siete años, cuando Angel tenía once, y aunque no compartía la misma historia larga, el cariño que le tenía al joven era igual de genuino.

Martín guardó el celular en el bolsillo y se dirigió al cuarto de Angel. Al abrir la puerta, el mundo que se desplegó ante él era una declaración de carácter: una cama enorme dominaba el centro, una SmartTV ocupaba la pared principal, y por el suelo se movían robots de limpieza con una precisión silenciosa. Bocinas con inteligencia artificial respondían al ambiente, las luces LED regulaban solas su intensidad, y las ventanas grandes enmarcaban la ciudad envuelta en una lluvia ligera que repiqueteaba suave contra el cristal. Todo era negro o gris, desde los muebles modernos hasta las paredes, como si Angel hubiera construido su espacio a imagen de algo que solo él entendía.

La casa entera funcionaba así. Domótica llevada al extremo: robots, inteligencias artificiales, sistemas de control integrados en cada rincón. Desde la cama, Angel podía regular la temperatura, apagar cada foco, gestionar la seguridad. Los controladores empotrados en las paredes eran el último recurso, casi un adorno, porque casi todo obedecía a su voz o a su celular. Los servidores eran de dominio privado, blindados contra cualquier intrusión. Se decía que ni el mejor hacker del mundo hubiera podido penetrar ese sistema.

El exterior no se quedaba atrás. La construcción combinaba piedra, blanco, gris y negro con una elegancia que invitaba a detenerse a mirarla. Árboles frondosos, plantas bien cuidadas, césped denso y un garaje enorme que albergaba una colección variada de vehículos: camionetas, deportivos, compactos, clásicos. Una obra que hacía honor a quienes la diseñaron.

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