-Jorge, no pediré reglas de exclusividad- aclaré en el camino de vuelta a casa.
El me miró sorprendido despegando por un segundo la vista de la carretera.
-No hace falta que las pidas, Martina, no estaré con nadie más que contigo.
-¿Y qué pasara si alguna vez yo no quiero tener sexo?- pregunté con valor- ¿te aguantarás o irás con alguna a saciarte?- fruncí el ceño divertida- piensa bien tu respuesta.
-¿Tu crees que te quiero conmigo sólo por el sexo?-.
Oh oh.
-Pues, es obvio que hay mucha química entre nosotros, pero aun así no quieres decirme lo que sientes...
-No puedo hacerlo- repitió apretando los nudillos en el volante.
-Ya entendí, y no hace falta que lo hagas- suspiré resignada- pero entonces no me vengas con "te quiero conmigo, por más que sexo" porque no me la creeré.
Lo vi. Estaba a punto de decir algo, y se calló. Otra vez.
-Diablos- mascullé en voz baja.
-¿Qué sucede?- preguntó confundido.
-Siempre estás a punto de decirme algo y te callas, ¿qué pasa? ¿tienes un tic o trastornos de personalidad múltiple?- dije en un hilo de voz.
El estalló en carcajadas.
-Extrañaba tu sentido del humor-.
Lo miré y lamenté haberlo hecho.
Me perdí profundamente en sus ojos. En esas preciosas esmeraldas verdes que por fin me miraban con alegría sincera.
El viaje fue tranquilo, y oscuro.
Ya había anochecido.
La suave brisa de verano entraba por las ventanillas abiertas. El cielo estaba teñido de un suave color azul, y toda un aire romántico nos rodeaba.
No habían palabras.
Jorge iba con una mano al volante y la otra, dulcemente entrelazada a la mía.
Yo apoyaba mi cabeza sobre su hombro y respiraba acompasadamente.
Había sido un día muy largo y lleno de sorpresas y decisiones.
