¿Por qué diablos le interesaba?
Me dirigí fuera de la gigante carpa dónde se encontraba montado el bosque- laberinto artificial.
Aguardé unos minutos afuera, y como vi que Jorge, Franchesca y Diego no salían, opté por ir a cambiarme.
Entré al vestuario algo confusa, ya que el lugar era monstruosamente gigantesco y podría perderme con facilidad.
Me quité el chaleco antibalas y la blusa.
Suspiré resignada al ver el indicio de un gran cardenal sobre mi estómago.
-Maldito Francisco- murmuré tocando el cardenal.
-¿Te han enseñado que no se habla mal a espaldas de la gente?- dijo él divertido.
-¿Qué diablos...?- pregunté mirando a Francisco parado frente a mi- ¡no mires!- grité cubriéndome el abdomen con la blusa. Gracias al cielo había ido con sosten- ¿qué haces en el vestuario de damas? asqueroso pervertido-.
-En todo caso, tú eres la pervertida,... éste es el vestuario de hombres, "genia"- dijo haciendo comillas con los dedos, citándome.
Lo miré extrañada.
-Eso no es posible... te has confundido... - dije sonrojándome- oh diablos-.
Miré un pequeño cartel azul que decía en letras blancas "vestuario de hombres" sobre la pared.
-Lo siento. ¿Puedes darte vuelta?- pregunté apenada.
Francisco dio media vuelta y me apresuré a ponerme la blusa de nuevo.
-Lamento lo de los cardenales- dijo aun dado vuelta.
-No hay problema- casi gruñí pasando por su lado.
-Nos vemos después- susurró divertido.
Me dirigí totalmente sonrojada y avergonzada al dichoso vestuario de mujeres. Verifiqué dos veces que el cartel dijera que era exclusivamente de ellas.
Me pusé unos jeans nuevos, y una camisa a cuadros color beige, las converse, y una sudadera de Yale.
Tomé todas mis cosas, y me dirigí a la misma sala en la que esperaba a los chicos antes.
En efecto, allí estaban.
-¿Tan rápido te has ido?- preguntó Jorge todo cubierto de pintura.
Me reí adolorida.
-Si, no he aguantado mucho-.
