-Los regalos están en el baúl del coche, ¿recuerdas?- dijo Jorge mientras yo me dirigía a la puerta de la casa.
-Mañana los revisaré, entremos ahora, ya es tarde-.
Definitivamente esa había sido mi noche. Una fiesta excelente, alcohol, risas, baile y lo más importante... el "te amo" que más anhele en toda mi vida.
-¿Estas muy cansado?- pregunté arqueando una ceja cuando Jorge se derrumbó sobre el sofá y lo perdí de vista-.
-Depende para qué- contestó asomando la cabeza con una sonrisa pícara.
Le guiñé un ojo y me dirigí al cuarto escuchando el sonido de sus pasos apresurados a mis espaldas.
Entré a la habitación sabiendo lo que me avecinaba.
El portazo a mis espaldas no me sorprendió.
Sonreí para mí misma.
-Dime, Martina, ¿no crees que mereces ser castigada?- susurró Jorge en mi oído.
Dí media vuelta y lo miré desafiante.
-¿Por qué?- fruncí el ceño aun sonriendo.
-No me ha gustado que bailes tan pegadita a Marco...-.
-Él es sólo un amigo- levanté las manos en acto inocente-.
-Te lo advertí antes de que fueras con él, he aquí... pagarás tu castigo-.
Sonreí satisfecha.
Jorge me acorraló contra la pared, y sentí como mis piernas se aflojaban.
Por más que quisiera parecer igual de arrogante y resistente que él, sólo necesitaba una caricia para derretir mis inexistentes defensas.
Acercó su boca a mi mejilla y dejó un dulce camino de besos desde allí hasta mi cuello. Jadeé ya acalorada.
Capturó mis labios en un abrir y cerrar de ojos y me apretó aun más contra la pared.
¡Ahora eres mío!- pensé y reí involuntariamente.
-¿Qué es lo que causa gracia?- susurró Jorge besándome debajo de la barbilla.
Quise responder pero la calidez de su lengua cerca de mi cuello me dejó petrificada en sus brazos.
Sentí como se arremolinaba mi interior. Miles de descargas eléctricas corrían por mi cuerpo cada vez que sus manos tocaban puntos estratégicos.
Sus manos luchaban silenciosamente contra el cierre trasero de mi vestido.
