Capitulo 36: Evasivas

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Salvatore Bianco

Era increíble como en un par de meses la vida podía cambiar y tomar un rumbo totalmente opuesto al que hubiese tomado con decisiones distintas. Los días seguían corriendo y con ellos se iba alejando los recuerdos, aquel pasado que realmente no sabía si deseaba olvidar. Estaba comprometido con una mujer maravillosa, con una mujer con la que podría formar una familia, ir de vacaciones al menos dos veces al año, hacer reuniones familiares y en cada navidad hacer una gran cena con la casa decorada como en las películas. Todo parecía de ensueño, de hecho creo que en verdad lo era. Era precisamente a lo que me estaba aferrando para poder seguir adelante. Renata se esforzaba día tras día en ser una buena pareja y persona; con eso me bastaba para querer intentar también ser esa misma persona. Tal vez tendríamos uno o dos hijos y probablemente de esas parejas que duran décadas juntos. Renata no era ese tipo de mujer que quieres dejar ir, más bien desde que la conoces deseas conservarla. Con el tiempo, se que me llegaría a enamorar de ella, pero aunque eso pasara, en el fondo siempre me preguntaría que hubiese sido de mi vida si aquella jovencita que conocí esa tarde en la oficina de Alicia no se hubiese marchado. Siempre me preguntaría qué habría sido de nuestras vidas, cuántos hijos hubiésemos tenido, me preguntaría siempre que hubiese sido de nuestro amor si no hubiese desaparecido.

— Amor..., ¡amor!

Sacudí la cabeza saliendo del trance y Renata estaba frente a mi con varias opciones de telas y menús para la la recepción de la boda. Con tanto lío y trabajo se me olvidó que en menos de dos meses me casaría con Renata. Estos últimos meses habían sido algo arduos pero ella se encargaba de hacer que un poco de luz entrara dentro de tanta oscuridad. Verla feliz, sonriendo y emocionada por todo lo que tenía que ver con la boda de cierto modo me impulsaba a buscar sentir el mismo entusiasmo.

— Disculpa, estaba distraído.

— Mira, llegaron las opciones de los menús que podemos ofrecer en la cena. Pensé que te gustaría más el menú mediterraneo.

— El Mediterráneo está bien. Ahora tenemos que hablar de algo que vienes evadiendo hace un rato.

Saque de una carpeta unos sobres que habían llegado del correo. Eran de ella y lo único que se podía leer del remitente era que provenía de una oficina médica. Al Renata verlos se puso como loca, desesperada y para ser honesto, nunca la había visto. Intento agarrarlas pero sin éxito llena de enojo exigió que se las diera.

— Dame eso, no tienes derecho a revisar mis cosas.

— Quieres casarte conmigo, ser mi esposa pero me ocultas cosas.

— No te estoy ocultando nada. ¡Ya dame eso!

— Si hay algo que me jode es que quieran verme la cara de estupido. Llevas semanas evadiendo que te vea desnuda, cada vez te ves más delgada y eso sin contar las pasarelas que has cancelado sin razón. Me dices que sucede o la boda se cancela. No voy a seguir permitiendo que me mientas descaradamente.

Renata se quedó callada sin dejar de mirar los sobres. Podía ver sin necesidad de tocarla que temblaba, su rostro estaba rojo y sus ojos llenos de lágrimas que se negaban a caer por sus mejillas. Su mandíbula estaba tensa, tanto que las venas de su sien se marcaron notablemente. Pocas veces se le podía ver enojada o en situaciones en las que perdiera los estribos pero ese día fue la excepción. Derramó una lágrima y con la voz estertorosa respondió.

— Tengo desórdenes alimenticios hace unos años. Es solo eso. Estoy..., estoy tratándolo con especialistas. Es solo eso, no hay nada más.

— ¿Vas a seguir mintiéndome? El sangrado de la nariz nada tiene que ver con un desorden alimenticio, mucho menos las píldoras que tomas a escondidas porque ni creas que no me he dado cuenta Renata.

Sin Amanecer Donde viven las historias. Descúbrelo ahora