Capitulo 42: Puede mas el pasado

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Actualización semanal 😊

Quiero avisarles que del 31 al 7 de enero estaré de vacaciones así que no estaré activa esa semana. Intentaré publicar doble antes de irme 🤗.

***
Salvatore Bianco

Lo primero que sentí al abrir los ojos fue un dolor de cabeza del demonio. Apenas podía abrir los ojos sin sentir que todo me daba vueltas. Mis manos estaban vendadas. Me dolían y ni siquiera sabía porque estaban vendadas. Todo estaba ordenado y si había algo que recordaba era el desorden que tenía en la casa la noche anterior. Por la puerta entró Aitana con una charola y creo que ya estaba alucinando. Verla ahí, verla tan cerca por un momento pensé que era producto de mi imaginación. Ella se acercó, me puso la charola al lado y sentándose preguntó cómo me sentía.

— ¿De que me perdí? ¿Qué haces aquí?

— Anda, desayuna algo

— Respóndeme

— Estabas muy borracho. No llegaste a la cita que teníamos en el restaurante.

— Lo siento, lo olvidé por obvias razones. Tomé demás.

Asintió  con la cabeza

— Algo extraño para alguien que odia la bebida. Dime, ¿Ha pasado algo?

Algo distante aclare mi garganta.

— No, nada. Creo que debes irte. Te dije que hablariamos y lo haremos pero ahora debes irte.

Eso fue un golpe directo al corazón para ella. Me dolió serlo pero estaba convencido de que si no le pedía que se fuera, en cualquier momento, la agarraría por las caderas y la empotraría entre mis piernas antes de hablar cualquier cosa. En ese momento de lo único que tenía ganas era de follarla, de hacerle el amor, de verla desnuda, de azotarle el culo, hundirme profundamente en su interior, en su calidez, en su humedad y provocarle gemidos que por más que intenta controlar, fracasa. Me sentí culpable por desear tanto eso, me casaba en dos semanas y yo solo deseaba hacerle el amor a ella. Tenerla tan cerca, ver su rostro, su cuerpo, sentir nuevamente su aroma y mi corazón golpeando mi pecho como un martillo me hizo darme cuenta del error inmenso que había cometido al comprometerme con Renata. Fue un error pero de esos los cuales no se pueden remendar. Había dado mi palabra y no podía basar mi felicidad en romperle el corazón a otra persona. Era una putada, era una de las cosas que más me pesaban pero que ya estaban hechas.

— No quise incomodarte. Solo me aseguré de que estuvieras bien. He dejado todo en orden en la casa y sobre la mesa del comedor hay unas carpetas que se que necesitarás mirar y se que te ayudarán bastante en eso que no me quieres comentar. Te prometo que no volveré a..., en fin no volveré a nada. Adiós.

— No me incomodas, y lo sabes.

Su mirada quería decir mil cosas pero sus labios permanecían sellados igual que los míos. Estábamos tan cerca y a la vez tan lejos que esa brecha entre lo cerca y distante se hizo cada vez más grande y difícil de superar. Aitana bajó la mirada y resignada respondió.

— Pero tampoco estás a gusto. Muchas cosas cambiaron, lo sé. No somos los mismos, ahora tú eres de otra mujer y yo..., yo creo que me haré a la idea pronto.

— Si no te vas, me olvidaré de que di mi palabra. Si no te vas, no podré cumplirle a Renata, por favor.

Asintió con la cabeza y no dijo nada, solo sonrió tenue y buscó que no viera como de sus ojos comenzaban a caer lágrimas que me dolían más a mi que a ella. Amaba a esa mujer con el alma, jamás había creído realmente en el amor hasta que Aitana se cruzó en mi vida. No tenía idea en que momento pasó todo ese desastre. Cómo fue que de estar juntos, ahora teníamos caminos distintos.

Sin Amanecer Donde viven las historias. Descúbrelo ahora