El universo a veces concede segundas oportunidades; para iniciar desde cero, cambiar viejas actitudes, formar una nueva vida, una familia; solucionar errores del pasado o simplemente volver a enamorarse.
Una pacto entre amigos, un matrimonio arregla...
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Dos horas más tarde, Mikasa estacionó el auto a varias cuadras del estadio. El tráfico había sido denso, errático, y para cuando apagó el motor ya había caído la tarde. Permaneció unos segundos sentada, escuchando el murmullo lejano que vibraba en el aire como un organismo vivo.
Bajó del auto y fue entonces cuando se dio cuenta.
Un grupo de personas pasó junto a ella riendo, vestidas con camisetas deportivas, sudaderas holgadas y bufandas al cuello. Algunos llevaban pintura en el rostro, otros cargaban bebidas y banderas improvisadas. Mikasa miró su reflejo en el vidrio del auto: el traje de dos piezas en tono hueso, impecable; los tacones beige de suela roja; el bolso de diseñador colgado del antebrazo, el mismo que Levi le había regalado.
«Me veré como una tonta», pensó.
Abrió la puerta de nuevo y, con un movimiento rápido, se quitó el saco, dejándolo sobre el asiento trasero. Se quedó solo con la blusa de tirantes de seda, que desfajó del pantalón para que cayera un poco más suelta. Se pasó ambas manos por el cabello, desordenándolo apenas, lo justo para romper la rigidez del día. De la guantera sacó unos lentes de sol y se los puso, como si ese gesto pudiera camuflarla.
Antes de cerrar el auto, tomó el labial y lo aplicó con cuidado, retocó el rubor, buscando un poco de color, algo que la hiciera verse menos agotada. Luego, casi sin pensarlo, se roció un poco de perfume en el cuello y las muñecas.
¿Por qué?
No lo sabía. Prefirió convencerse de que era solo para refrescarse. No porque hubiera alguien a quien pudiera acercarse lo suficiente como para percibirlo.
Con los tacones no había mucho que hacer. Tendría que soportar caminar con ellos y quizás permanecer de pie cuando la emoción del juego lo exigiera, aunque no conociera las reglas básicas del rugby. «Me guiaré por la reacción de la gente», se dijo. Algo significará cada grito, los silencios o estallidos colectivos.
Decidida, entró al recinto y se acercó a la taquilla.
—Una entrada, por favor —dijo, y se detuvo cuando el vendedor le preguntó el área de su preferencia.
Mikasa titubeó.
—La... la que tenga mejor vista al campo de juego.
El hombre rodó los ojos, pero tecleó algo con rapidez.
—Tribuna central baja, sección preferencial —respondió, entregándole el boleto.
—Gracias —murmuró ella en respuesta.
Antes de dirigirse a su puerta de ingreso, pasó por un puesto de recuerdos. Tras una breve duda, compró una bufanda azul y blanca, los colores de los Scouts. Sabía que era el equipo de Levi porque había preguntado, ganándose otro resoplido incrédulo del vendedor. Sonrió para sí al pensar que habría sido gracioso llegar con una roja, del equipo rival, solo para jugar con sus nervios.