Capítulo XLVII

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El viernes llegó con nubes grises, húmedo y más silencioso de lo normal

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El viernes llegó con nubes grises, húmedo y más silencioso de lo normal.

O quizá era su espíritu el que se proyectaba de esa manera.

Mikasa estaba recostada sobre su escritorio, la frente apoyada en el antebrazo y el cabello alborotado alrededor de su cabeza como un halo oscuro. A un costado, su teléfono reposaba boca arriba, el volumen al máximo; tan sensible que cualquier vibración, por mínima que fuese, hacía saltar la pantalla.

Pero ninguna se trataba de la clase de notificaciones que esperaba.

Un descuento en una tienda de zapatos.
La foto borrosa del desayuno de alguien cuyo nombre no recordaba.
La actualización de estado de un contacto con el que no hablaba desde hacía cinco años.

Nada verdaderamente importante. Nada de lo que quisiera oír.

Ni la llamada de su padre preguntándole si había dormido bien.

Ni el mensaje de Eren explicándole qué demonios estaba pasando con su supuesta majestuosa expedición de pesca.

Y, sobre todo, ninguna de esas notificaciones cortantes que solían venir de Levi: breves, sarcásticas, inoportunas... pero que, por razones que no se atrevía a estudiar demasiado, le aligeraban el día. A veces, incluso le hacían olvidar que llevaba semanas sintiéndose como si habitara una habitación demasiado grande, demasiado vacía.

Un suspiro largo salió por sus pulmones, esta vez limpios de humo.

«No será por mucho tiempo», pensó con desdén mientras empezaba a desear suplir ese vacío con la narcótica mezcla de tabaco y menta.

No era algo bueno, lo sabía.

Debía dejarlo, lo comprendía.

Pero no podía hacerlo y tampoco quería.

Mikasa golpeó su frente con la dura madera del escritorio, frustrada, aburrida y más que nada, abrumada. De todo, de todos, incluso de ella misma.

Fue entonces que escuchó pasos ya conocidos acercándose por el pasillo. Sin mucha espera ni previo aviso, Armin apareció en la puerta con su carpeta repleta de reportes y su expresión amable, aunque un poco preocupada; ese gesto atribulado que lo acompañaba desde siempre, como una marca natural de su carácter.

—Buenos días, Mikasa —saludó con suavidad, alzando apenas los documentos—. Tenemos que revisar lo de producción. Llegaron los informes comparativos que pediste.

Ella parpadeó, como si despertara de un sueño largo, y asintió.

—Oh, sí. Los informes —dijo, acomodando su cabello y agradeciendo en silencio que se le presentara algo que hacer, algo en qué enfocarse. —Por cierto, ¿has sabido algo de los avances en la fábrica? Tengo entendido que ya iban a comenzar con la instalación de la maquinaria.

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