Capítulo 12

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La fiesta de Gryffindor no tenía nada que envidiarle a las demás casas. Las luces flotaban en destellos dorados y escarlata, encantadas para parpadear al ritmo de la música. El humo suave danzaba por el aire, denso y brillante, cargado de aromas dulces, licor fuerte y algo más... algo eléctrico.

Camille estaba en el centro del torbellino.

Su vestido rojo de seda brillaba como fuego bajo las luces flotantes, ceñido a su figura, y sus labios, curvados en una media sonrisa, hablaban de confianza y peligro. Rodeada por Ginny, Hermione y algunos compañeros de casa, su risa era clara, y sus pasos al compás de la música eran felinos, fluidos. No buscaba atención. Pero la atención la encontraba.

Fred se unió a ella, tomándola por la mano para arrastrarla más cerca del corazón de la pista. Camille giró entre risas, el cabello ondeando, los dedos entrelazados con los de Fred solo por inercia. Ginny silbó divertida, y Hermione, con las mejillas ligeramente sonrojadas, no pudo evitar sonreír también.

Mientras tanto, en un rincón menos iluminado de la sala, Mattheo observaba con los labios apretados, copa en mano, sin atreverse a beber. La conversación a su alrededor se desvanecía.

-¿Desde cuándo los Weasley bailan así?- murmuró Blaise a su lado, divertido, Mattheo no respondió.

Tom, a un par de pasos, también miraba. Su expresión era más enigmática, casi neutra. Pero sus ojos, intensos, no se apartaban de Camille, que reía mientras Fred giraba con ella de nuevo. El movimiento del vestido, el reflejo del sudor brillando como perlas diminutas en su clavícula, lo tenían clavado en el sitio.

-Si no vas tú, lo haré yo.- musita Blaise con tono provocador.

-Inténtalo.- murmuró Mattheo con frialdad, y esa fue la primera chispa. Del otro lado del salón, Camille alzó su copa entre la multitud. Algunos chicos aplaudieron su energía, y una nueva canción, de ritmo más lento pero intenso, llenó el aire.

Fred intentó acercarse más, colocándole una mano en la cintura, pero Camille se separó sutilmente. Sonrió, no con rechazo, sino con un gesto que decía necesito respirar. Fred asintió comprensivo y se mezcló de nuevo entre la multitud. Camille giró sobre sí misma, solo para encontrarse con dos pares de ojos clavados en ella.

Mattheo. Tom.

Ambos la miraban desde extremos opuestos del salón, pero con la misma intensidad. Como si compartieran un secreto que ella aún no conocía. Como si, por un segundo, la música hubiese dejado de importar. Ella, aún bajo el influjo del licor y del ambiente, les sostuvo la mirada.

Primero a Tom. Sus ojos oscuros brillaban con una promesa que no terminaba de comprender, y una tensión tan delicada como peligrosa. Luego a Mattheo. Su mandíbula tensa, su cuerpo inclinado hacia adelante como si contuviera el impulso de cruzar la pista, de llegar hasta ella y... ¿decirle qué? Camille tragó saliva, el corazón palpitándole con fuerza y sonrió.

LA CHICA POTTERHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora