Camille Potter era la hermana melliza de Harry Potter. Es una chica bastante bromista al igual que su padre, James Potter, en especial si las bromas eran para los Slytherin.
¿Su vida? Jamás había sido normal, menos con la llegada de los hermanos Rid...
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El Gran Comedor era un cuadro viviente de calidez y bullicio. Los estudiantes reían, hablaban animadamente mientras devoraban pasteles de calabaza, pollo asado y pasteles de carne. Las velas flotaban suavemente sobre ellos, bañando la sala en una luz dorada y acogedora. Las primeras conversaciones del año se tejían con emoción: historias de verano, apuestas sobre profesores nuevos, promesas de travesuras futuras.
Pero en la mesa de Slytherin, el ambiente era gélido en un solo extremo. Allí, la calidez se deshacía como cera bajo el filo del hielo.
Tom Riddle no movía un músculo. Su rostro estaba impecable, inmutable... pero demasiado. Una quietud antinatural, una calma que sólo los muy entrenados, o muy rotos, podían mantener. Su espalda estaba recta, su cuello tenso, y su mirada fija en el vacío, como si mirar directamente a Eris pudiera romper algo dentro de él.
A su lado, Mattheo giraba el tenedor entre los dedos con una precisión casi hipnótica. Un tic que delataba lo contrario de tranquilidad: era una bomba ajustando su temporizador. Y justo frente a ellos, Eris Vinterdal sonreía.
Una sonrisa serena, elegante... venenosa. Como la calma que antecede a la tormenta. Su postura era perfecta, relajada, como si llevara años preparándose para esa cena como si el hecho de estar allí, viva, respirando, fuera su venganza inicial.
-Vaya, vaya.- murmuró, tomando un trozo de manzana glaseada y mordiéndolo con calma.- Qué adorables se ven, todos serios y fríos. ¿No les dijeron que en Hogwarts las cenas son más... cálidas?- el chasquido de su mordida fue suave. Pero para ellos sonó como una detonación, Tom no pestañeó.
-¿Cómo estás viva?- preguntó con voz baja, clara, como una cuchilla bien afilada. No era una pregunta. Era una sentencia disfrazada. Eris ladeó la cabeza, como una niña que disfruta rompiendo sus juguetes. Sus ojos, acerados, chispeaban con algo que no era locura ni cordura. Era... exceso de conciencia y de memoria.
-¿Esa es tu primera pregunta, Tom? Esperaba algo más dramático. "¿Cómo te atreves?", "¡No es posible!", "¡Pero te vi arder!"- rió, un sonido suave, seco, que no tocaba sus ojos.- Qué decepción.- Mattheo apoyó ambos codos sobre la mesa, entrelazando los dedos frente a su rostro. La mirada fija, clavada en ella como si intentara perforarle el cráneo con la fuerza de su odio.
-No estamos para juegos, Vinterdal.- gruñó, su tono seco.- ¿Qué demonios hiciste?- ella fingió pensarlo, relamiéndose un poco de azúcar del dedo con teatralidad. Era un gesto pequeño, pero se sintió obsceno, como si desafiara a las reglas más elementales de esa mesa.
-¿Sobrevivir? Qué pregunta más ofensiva. Me limitaré a decir que soy más difícil de matar de lo que creían. Supongo que subestimaron mi voluntad.