Camille Potter era la hermana melliza de Harry Potter. Es una chica bastante bromista al igual que su padre, James Potter, en especial si las bromas eran para los Slytherin.
¿Su vida? Jamás había sido normal, menos con la llegada de los hermanos Rid...
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El atardecer teñía de rojo los vitrales de la torre de Gryffindor cuando Hermione se deslizó por los pasillos como una sombra. Sabía que Harry estaba en la biblioteca con Ron, revisando posibles defensas para proteger a Camille de sí misma, como él había dicho. Ella no estaba de acuerdo. Camille no necesitaba una celda, necesitaba ser escuchada. Y sobre todo, ser libre.
-Necesito tu ayuda.- susurró Hermione al llegar al pasadizo donde Fred y George solían esconder sus artículos más explosivos. Fred alzó la ceja, divertido.
-¿Viene con travesura incluida?
-Camille... está encerrada. Harry la encerró en su habitación.- dice con urgencia, pero sin contar el motivo.- No puedes preguntar por qué, solo que necesita salir. Está mal. Muy mal.- el gesto de Fred se volvió serio. No pidió explicaciones. No las necesitaba.
-Dime cómo llegamos hasta ella.
Minutos después, Ginny, alertada por Hermione, se dirigía hacia la biblioteca para distraer a Harry con una historia sobre una pelea entre Malfoy y un Hufflepuff en el segundo piso. Luna, tan serena como siempre, aceptó ir a buscar a Theodore con una simple sonrisa, diciendo: "Él va a necesitar estar ahí".
Mientras tanto, Camille seguía en la habitación, acurrucada contra la cama, con las rodillas recogidas y el rostro escondido entre sus piernas. La manta estaba empapada en lágrimas. Su voz apenas era un susurro, una plegaria desesperada en el aire enrarecido de la torre.
-Lo siento... mamá, papá... No quiero que estén decepcionados.- se tapó la boca para no llorar más fuerte.- No es algo malo... yo no pedí amarlos. No quise que pasara. Pero no puedo evitarlo. Son parte de mí. Los necesito. Los dos.- le hablaba a la nada. O tal vez, en su corazón, a un rincón donde aún vivían sus padres.- Y Harry...- susurró con dolor.- Por favor... díganle que no está bien encerrarme. Que no puede odiarme por amar. Que no puede protegerme destruyéndome.
Un leve clic rompió el silencio. La puerta se entreabrió y la figura alta y delgada de Fred apareció en el umbral.
-¿Pequeña leona?- llamó en voz baja, sin saber si ella estaba dormida.
Camille alzó la vista y al verlo allí, con esa sonrisa cálida y honesta, su alma rota pareció encontrar una grieta por donde respirar. Se puso de pie de golpe, corrió hacia él y se lanzó en sus brazos, Fred la sostuvo con fuerza, sin decir nada. Sintió sus sollozos en el pecho, su cuerpo temblando como si llevara días bajo tormenta.
-Gracias...- murmuró Camille entre lágrimas.- Gracias por venir... por sacarme de aquí...- Fred le acarició el cabello con suavidad.
-Para eso estamos los Weasley... para entrar en lugares donde no nos llaman y salvar a quienes queremos.- Camille sonrió un poco entre el llanto. En ese momento, Hermione se asomó y asintió con complicidad. Era hora de irse.