Camille Potter era la hermana melliza de Harry Potter. Es una chica bastante bromista al igual que su padre, James Potter, en especial si las bromas eran para los Slytherin.
¿Su vida? Jamás había sido normal, menos con la llegada de los hermanos Rid...
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La sala común de Slytherin ya no olía a poder ni a orgullo. Solo quedaba el rastro amargo del silencio, impregnado del eco de lo que Camille Potter había dejado atrás: decepción, dolor... y una grieta irreversible.
Tom se sentó en uno de los sillones más oscuros, sin mirarle a nadie, con los dedos entrelazados y la mirada fija en las llamas que danzaban sin sentido en la chimenea. Mattheo caminaba de un lado a otro como un león encerrado, jadeando, el rostro marcado por la bofetada que no dolía tanto como el vacío en su pecho.
-¿Qué acabamos de hacer...?- escupió finalmente Mattheo con voz ronca. No hubo rabia en sus palabras, solo incredulidad. Tom no respondió.- ¡Mírame, joder!- rugió Mattheo, lanzando una copa contra la pared.- ¡La destrozamos! ¡Tú y yo! ¡Por una puta apuesta!
Las últimas palabras dolieron incluso al pronunciarlas. Draco y Blaise, en la distancia, no decían nada. Sabían que esto no les correspondía. Sabían, incluso antes de que Mattheo y Tom lo aceptaran, que Camille no fue solo un peón para ellos. Fue algo más. Lo fue todo.
-No era parte del plan que se metiera tan dentro.- masculló Tom finalmente, sin apartar la vista del fuego.
-¿Y eso qué importa ahora?- Mattheo se pasó las manos por el cabello, desesperado.- ¡Tom, no solo era una apuesta! ¡Yo... yo la amo, maldita sea!- el silencio cayó de golpe, Tom giró lentamente el rostro hacia su hermano.
-¿Tú también...?- murmuró. No fue una acusación. Fue una confesión disfrazada. Mattheo lo miró, los ojos inyectados de rabia y lágrimas contenidas.
-¿También? ¿No vas a negarlo, entonces?- Tom cerró los ojos, por un instante. La imagen de Camille cruzó su mente: sonriendo con la cabeza recostada sobre su pecho, preguntándole cosas mientras él le leía en su escondite, mirándolo como si no existiera nadie más. Y por primera vez... el frío habitual que lo mantenía al margen se derrumbó.
-No puedo dejar de pensar en ella.- murmura apenas, como si esa verdad le pesara en el pecho.- Ni por un segundo.
-Entonces somos dos idiotas.- Mattheo rió, roto, sin alegría.- Dos cobardes que se escondieron detrás de un plan de mierda para no aceptar que cayeron rendidos por una Gryffindor.
-Por ella. No por cualquiera. Por Camille.- corrigió Tom, su tono más firme esta vez. El silencio volvió a caer, más denso, más incómodo.
-Nos odia...- susurró Mattheo, como si solo en voz alta pudiera empezar a creérselo.- ¿Le viste su cara? Estaba rota. Por dentro. Y nosotros la rompimos.- Tom apretó los puños.
-Nos lo merecemos.
-Yo no puedo vivir con esto, Tom.- masculla Mattheo, su voz quebrándose por fin.- No puedo vivir sabiendo que lo arruiné... con ella. Que fue real. Que cuando me besaba no era un juego. Que cuando sonreía y me decía que se sentía segura conmigo... lo decía de verdad. ¡¿Y ahora qué nos queda?! ¡Nada!- Tom se levantó finalmente, sus ojos más oscuros que nunca.