Capitulo 37

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Mansión Riddle, semanas después.

El aire olía a humedad, a magia antigua y a miedo.

La mansión Riddle se alzaba fría e imponente en medio del campo inglés, como una herida abierta en la tierra. Ni un retrato, ni un color cálido. Solo piedra, sombras, y el eco constante de gritos lejanos. Allí no existía el tiempo, solo las órdenes. Y el dolor.

En el gran salón del ala este, la luz de las antorchas parpadeaba sobre las paredes ennegrecidas por los siglos. El suelo estaba cubierto de marcas de hechizos, huellas de batallas personales y derrotas silenciosas. Allí, una vez más, entrenaban.

Tom respiraba agitado, con sangre en la comisura del labio y el ceño fruncido. Mattheo, a unos pasos, tenía la túnica hecha jirones y un corte fresco en la mejilla. Ambos sostenían las varitas con fuerza. Frente a ellos, como un juez impasible, Voldemort.

-De nuevo.- ordenó la voz rasposa del Señor Tenebroso, sin emoción.

-Estamos agotados, mi lord.- se atrevió a decir Mattheo, jadeando, Voldemort se giró lentamente. La mirada roja lo atravesó como un cuchillo.

-¿Te atreves a cuestionar una orden?

-No, mi lord.- un destello verde impactó en su costado. Mattheo gritó, cayendo de rodillas mientras su cuerpo se sacudía de dolor. Tom dio un paso, pero se detuvo. No podía intervenir. No sin empeorar las cosas.

-La debilidad es una enfermedad.- masculla Voldemort mientras se acercaba a él, erguido como una sombra viviente.- Y tú, Mattheo, pareces estar enfermo.

Tom apretó los dientes. Cerró los ojos un instante. Su mente gritaba por detenerlo, por defender a su hermano. Pero en lugar de eso, se tragó el impulso. La voz de Mattheo se coló en su mente, tenue, como un murmullo entre espasmos.

No lo hagas. No le des motivos. Aguanta.

Era la misma rutina desde que habían regresado. Entrenamiento. Combate. Castigo. Cada día un enemigo. A veces eran otros mortífagos. A veces, entre ellos. Y el que fallaba... pagaba.

No había descanso. No había tregua.

Por las noches, los hermanos compartían la misma habitación en el ala norte. Mattheo curaba sus heridas frente al espejo, en silencio. Tom limpiaba su varita con manos temblorosas, la mandíbula tensa, los ojos vacíos.

Eran sombras de lo que alguna vez fueron en Hogwarts. Más fríos. Más crueles. Más parecidos a lo que su padre quería. Una noche, Mattheo lanzó una botella de poción contra la pared. El vidrio estalló y el líquido se escurrió como sangre.

LA CHICA POTTERHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora