Camille Potter era la hermana melliza de Harry Potter. Es una chica bastante bromista al igual que su padre, James Potter, en especial si las bromas eran para los Slytherin.
¿Su vida? Jamás había sido normal, menos con la llegada de los hermanos Rid...
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El sol ya se había escondido detrás de las montañas, tiñendo de dorado los últimos bordes del cielo. El Lago Negro parecía dormir, reflejando apenas la luz temblorosa de la luna. Camille y Mattheo estaban sentados bajo el roble grande, cubiertos con la misma manta encantada que usaban desde que se escapaban allí, como si fuera una pequeña tradición silenciosa solo suya.
El viento movía con suavidad las hojas secas alrededor, y Mattheo jugaba distraídamente con uno de los mechones de cabello rojizo de Camille, sin mirarla directamente, pero sin dejar de estar completamente consciente de cada respiración que ella soltaba.
Camille tenía la cabeza apoyada en su hombro, en silencio. Pero por dentro, el remolino era incontrolable. Ya no podía seguir así. No con ellos. No con su corazón dividido entre dos almas tan distintas... y tan suyas.
Porque los amaba. De formas diferentes, sí, pero intensas, verdaderas. Con Mattheo se sentía viva, en calma, como si pudiera reír sin miedo, como si la oscuridad se volviera soportable si estaba a su lado. Y con Tom... con Tom era fuego y protección, era entendimiento sin palabras, era esa sensación de que, si el mundo se derrumbaba, él sería el único capaz de mantenerlo unido por ella.
Ya no era justo. Ni para ellos, ni para ella. Tomó aire y lo soltó, apartándose un poco del cuerpo de Mattheo, quien de inmediato frunció el ceño al notar el gesto.
-¿Estás bien?- preguntó, mirándola con una mezcla de preocupación y su típico aire de sarcasmo contenido.- No me digas que me aguantaste más de una hora sin aburrirte. Eso sí sería un récord.- Camille sonrió débilmente.
-No es eso...- responde Camille bajando la mirada, como si intentara encontrar las palabras correctas escondidas entre las raíces del roble.- Es solo que... hay algo que necesito hacer esta noche.- Mattheo ladeó la cabeza, intentando leer entre líneas.
-¿Algo que implique peligro? Porque si es así, ya sabes que me apunto.- ella soltó una risa suave, pero no fue una risa feliz.
-No. Es algo más personal. Pero necesito que confíes en mí... y que vayas a un lugar.- Mattheo se tensó apenas, disimuladamente. Sus ojos oscuros se enfocaron en los de ella con más seriedad.
-¿Qué lugar?- Camille metió la mano en su túnica y sacó un pequeño trozo de pergamino arrugado. Lo colocó en su palma, y se lo tendió.
-Quiero que vayas esta noche. Es importante para mí.
Él no tomó el pergamino al instante. Lo miró, luego la miró a ella, y aunque intentó mantener su expresión despreocupada, algo brilló en su mirada: sospecha. Algo no encajaba. Camille nunca le daba direcciones, nunca actuaba tan... solemne.