Camille Potter era la hermana melliza de Harry Potter. Es una chica bastante bromista al igual que su padre, James Potter, en especial si las bromas eran para los Slytherin.
¿Su vida? Jamás había sido normal, menos con la llegada de los hermanos Rid...
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Mattheo apoyó la espalda contra la columna de piedra del corredor exterior, justo detrás del invernadero, donde nadie solía pasar a esa hora. El sol estaba descendiendo, tiñendo el cielo con tonos anaranjados que contrastaban con el gris de su humor.
Sacó un cigarrillo del bolsillo interior de su túnica y lo encendió con un chasquido de varita. Inhaló con fuerza, dejando que el humo se deslizara por su garganta y calmara el latido constante de algo que no quería admitir.
Camille. Tom. El maldito silencio entre ellos.
Desde la fiesta, había algo distinto en ambos. Lo sabía. Lo sentía. Y eso lo enfurecía. No porque le importara, eso se decía a sí mismo, por supuesto, sino porque no soportaba no saberlo todo. Camille lo evitaba. Y Tom... Tom se encerraba aún más en su máscara de mármol. Mattheo soltó el humo con fuerza, observando cómo el viento lo deshacía en el aire.
"¿Qué diablos pasó esa noche?"
Sus dedos jugaron con el extremo del cigarrillo, y por un segundo se permitió aceptar la verdad. Se había puesto celoso. No lo admitiría jamás. Ni aunque le hicieran ver sus propios recuerdos. Pero lo que sintió al ver a Camille con Fred, reírse con él, bailar como si nadie más importara... Fue un puñal suave. Uno que no dolía... pero dejaba marca.
Escuchó pasos. Y lo supo incluso antes de verla. Ese perfume. Esa forma en la que el aire parecía alterarse a su alrededor. Camille. Ella se detuvo al doblar la esquina, justo antes de alcanzarlo. Su expresión cambió al instante al percibir el olor.
-Otra vez tú y tus vicios.- murmuró, cruzándose de brazos, Mattheo ladeó una sonrisa.
-¿Qué te puedo decir? Tengo buen gusto para lo peligroso.- ella no respondió de inmediato. Sus ojos bajaron un segundo al cigarrillo, luego volvieron a él con esa chispa que siempre la acompañaba.
-Podrías al menos no fumar tan cerca del invernadero. Vas a terminar intoxicando a las mandrágoras.- Mattheo soltó una carcajada baja.
-Tranquila, princesa. Dudo que alguna planta de ahí sea más venenosa que tú.- Camille frunció el ceño.
-¿Qué quieres, Riddle?
-Buena pregunta. ¿Qué quiero?- dio una última calada antes de apagar el cigarrillo contra la piedra. Caminó hacia ella, con esa calma felina que usaba cuando algo le interesaba demasiado para demostrarlo.- Tal vez respuestas. Tal vez solo verte de cerca...- murmuró.- Últimamente pareces muy ocupada... con algunos Weasley, por ejemplo.- Camille arqueó una ceja.
-¿Te molesta?
-¿A mí?- fingió sorpresa.- ¿Por qué me molestaría lo que haces con tu tiempo? Yo también estoy... ocupado.- ella apretó los labios, molesta. Él se deleitó con eso. Verla molesta era una forma de verla real. No disfrazada. No fingiendo que no le pasaba nada.