Camille Potter era la hermana melliza de Harry Potter. Es una chica bastante bromista al igual que su padre, James Potter, en especial si las bromas eran para los Slytherin.
¿Su vida? Jamás había sido normal, menos con la llegada de los hermanos Rid...
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Camille, desde un rincón cerca de la entrada, observaba cómo el salón comenzaba a llenarse. No estaba sola: Hermione, Ginny, Luna y algunos de los chicos de Gryffindor se movían alrededor, emocionados, terminando los últimos detalles.
-Todo quedó perfecto.- dice Hermione con una sonrisa, ajustándose su delicada máscara dorada.- Aunque, por Merlín, esto parece más un baile de ministerio que una fiesta escolar.
-Eso es porque Camille no hace nada a medias.- añadió Ginny, orgullosa.
Camille sonrió apenas. No lo diría en voz alta, pero en su interior, cada parte del decorado era una forma de distraerse, de protegerse. De disfrazar lo que aún no podía soltar.
El murmullo retomó su curso, pero no como antes. La entrada de Camille había dejado una estela, un cambio de temperatura en el ambiente. Era como si todos supieran que algo importante acababa de comenzar. Solo no sabían qué.
Ella se mantuvo junto a Hermione, conversando animadamente con Luna, que no podía dejar de decirle lo radiante que se veía, mientras Ginny le ofrecía una copa encantada con burbujas danzantes. Camille bebió un sorbo, sus labios manchando apenas la copa.
Pero sus ojos no se mantenían quietos.
Sin girar por completo, dejó que su mirada deslizara hasta el rincón donde los hermanos Riddle conversaban en silencio. Eran una imagen demasiado bien construida para no ser peligrosa. Ambos de negro, como si la oscuridad los hubiese vestido con manos expertas.
Ella sonrió. Una sonrisa ladeada, sarcástica, como si se burlara de un secreto que solo ella conocía. Como si supiera que ambos la observaban, sin atreverse a sostenerle el gesto abiertamente, Mattheo fue el primero en perder.
Sus ojos, esos oscuros y contradictorios, chocaron con los de ella por un segundo demasiado largo. Camille no desvió la mirada. No esta vez. La sostuvo con la misma fuerza con la que intentaba sostenerse a sí misma.
Tom, a su lado, no la miraba directamente, pero su cuerpo lo traicionaba. Su postura rígida, sus dedos tensos en la copa, los músculos de su mandíbula en constante presión. Y entonces lo hizo, giró apenas el rostro, lo suficiente para que sus ojos encontraran los de Camille por un instante. No fue un saludo. Fue una batalla muda. Y ella volvió a sonreír, esa vez con un dejo de superioridad. Pero por dentro...
El verla así, con ese traje oscuro que parecía esculpido sobre su figura, con esa máscara que dejaba entrever esos malditos ojos que un día fueron todo... La máscara que Camille llevaba no era la única que ocultaba demasiado.