Camille Potter era la hermana melliza de Harry Potter. Es una chica bastante bromista al igual que su padre, James Potter, en especial si las bromas eran para los Slytherin.
¿Su vida? Jamás había sido normal, menos con la llegada de los hermanos Rid...
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El cielo estaba cubierto de un gris suave, como si el mundo estuviera conteniendo la respiración. La Torre de Astronomía, normalmente desierta a esa hora, era un refugio perfecto.
Camille se había sentado en uno de los muros bajos junto al telescopio. Las piernas cruzadas, un cuaderno de dibujo sobre el regazo y el carboncillo manchando sus dedos. Su cabello rojizo, amarrado en un moño improvisado, dejaba caer mechones sueltos sobre su rostro mientras su mano se movía con fluidez. Los trazos eran firmes, seguros, como si su mundo interior sólo pudiera hablar con líneas.
La brisa le acariciaba el rostro, y por un momento, la paz era casi real. Hasta que lo sintió. Ese silencio distinto, denso. Ese cosquilleo en la nuca que solo se activaba cuando estaba cerca.
-No sabías que este lugar ya estaba ocupado, ¿O simplemente te estás haciendo la artista trágica para que te vean?- la voz de Mattheo cortó el aire, cínica, arrogante... pero un poco más baja de lo habitual. Camille no levantó la vista.
-No necesito que me vean. Algunos sabemos estar solos sin hacer un espectáculo de ello.- Mattheo dio un par de pasos hacia ella, lento, como quien se acerca a un animal que podría morder.
-¿Desde cuándo dibujas?
-Desde siempre. Pero no solía mostrarlo. Me arruinaba la costumbre de rodearme de farsantes.
Esta vez sí lo miró. Ojos verdes, afilados como cuchillas. Desafío limpio, sin esfuerzo. Mattheo sostuvo su mirada, pero algo en su mandíbula se tensó. Su lengua pasó por el borde de sus dientes, como si contuviera una respuesta que no debía salir.
-Vaya. Qué filosófica estás hoy. ¿Te lastimaste el ego o solo te caíste de la torre del drama?
-¿Y tú qué haces aquí?- preguntó ella, con tono ácido, volviendo a su dibujo.- ¿Se te acabaron las víctimas fáciles o querías ver de cerca lo que perdiste?- esa palabra... perdiste. Le atravesó algo que no quería reconocer. Mattheo fingió una risa seca.
-Tú eras un juego, Camille. Solo que, por alguna razón, al tablero le dio por arder.
Camille cerró el cuaderno de golpe. Se levantó del muro con un movimiento ágil y descendió un escalón para quedar justo frente a él. No estaba enojada. No de forma explosiva. Era más bien una calma peligrosa, como el silencio antes de una tormenta.
-Lo más triste de todo es que todavía repites eso como si quisieras creértelo.- le sostuvo la mirada.- Pero tú sabías que yo no era un juego. Sabías que si apostabas conmigo, ibas a perder algo real. Y aun así, lo hiciste. Porque eres un cobarde.- Mattheo no se movió. No retrocedió. Pero su sonrisa ya no era burlona. Era forzada. Tensa.