Capítulo 38

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Mansión Riddle.

El cuarto estaba oscuro, con apenas un leve resplandor de luna filtrándose por las cortinas pesadas. Mattheo dormía en una cama demasiado grande para lo que ocupaba, rodeado de silencio, frío y soledad. Su respiración era agitada, como si incluso en el descanso, su alma estuviera atrapada en una guerra invisible.

El sueño lo atrapó sin aviso. El eco de unos pasos. Tacones contra mármol. Una risa suave, cálida. El aroma a jazmín y tierra mojada flotando en el aire.

Mattheo era pequeño. No más de cinco años. Su madre caminaba por los pasillos del invernadero de la mansión con un libro de cuentos en las manos. Su cabello oscuro, con ligeros rizos, caía sobre su túnica sencilla. Sus ojos eran de un marrón claro, casi dorado, como la miel al sol.

-Vamos, amor. Es hora del cuento.- decía con esa voz tan distinta a todo lo que conocía ahora: suave, humana.

Pero la escena cambió como un relámpago. Gritos. Cristales rompiéndose. El invernadero está ardiendo. Su padre. Voldemort. Los ojos desbordados de odio. La varita apuntando sin titubeo. Y ella... su madre... solo intentó protegerlo. Solo se interpuso. Solo gritó su nombre antes de que el Avada Kedavra la derribara como una muñeca rota.

El cuerpo de ella cayó. Mattheo, en su forma infantil, corrió hacia el cadáver con las manos temblorosas. Su madre yacía con los ojos entreabiertos. Pero entonces, en ese instante imposible, cuando él tocó su rostro helado, ya no era su madre.

Era Camille.

Camille con las mejillas empapadas de lágrimas, con una herida en el pecho y con los labios entreabiertos como si le hubiera dicho algo antes de morir, su cuerpo sangraba, pero no tenía herida, sus ojos estaban abiertos, pero no tenía vida.

-¡No!- gritó el Mattheo del sueño, cayendo sobre ella. Y justo cuando quiso tocarla, ella lo miró. Y habló.

-Me fallaste.

Mattheo se incorporó de golpe, bañado en sudor, jadeando como si hubiera corrido una maratón. Sus manos temblaban. Su pecho subía y bajaba con desesperación. El cuarto volvió a la oscuridad.

Pero no podía quitarse de la cabeza la imagen de ambas mujeres cayendo muertas, una tras otra. El eco de la voz de Camille, esa palabra, "fallaste", lo aplastaba por dentro. Un recordatorio brutal de que, quizás, se estaba convirtiendo en su padre.

Miró sus manos. Tan llenas de magia. De odio. De sangre que no había querido derramar... pero que ya manchaba su alma. Llevó las manos a su rostro, y por primera vez en mucho tiempo, lloró sin rabia. Sin gritos. Sin furia.

LA CHICA POTTERHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora