Camille Potter era la hermana melliza de Harry Potter. Es una chica bastante bromista al igual que su padre, James Potter, en especial si las bromas eran para los Slytherin.
¿Su vida? Jamás había sido normal, menos con la llegada de los hermanos Rid...
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Desde el otro extremo del pasillo, Camille apenas contenía la risa. Apretó los labios con fuerza mientras se asomaba ligeramente desde detrás de una puerta semicerrada del vagón de equipaje. Sus ojos brillaban con travesura pura. El grito de uno de los niños embadurnados en pintura roja fue la señal de que el plan había funcionado a la perfección.
"Y eso que aún no explotan los frascos de tinta", pensó con una sonrisilla victoriosa.
Los pequeños de primer año corrían despavoridos por el pasillo, dejando un rastro de pintura por las paredes, el suelo, y, con un poco de suerte, incluso los compartimientos de los prefectos. Algunos tropezaban, otros gritaban, y uno lloraba como si acabaran de lanzarlo a una jauría de doxies rabiosas. Camille se agachó, sacó su varita y apuntó al siguiente frasco que había escondido con anterioridad detrás de una vieja maleta.
-Bombarda.- la explosión fue contenida pero eficaz. El frasco estalló en un estallido de tinta negra que se esparció como una mancha de aceite embrujada por todo el corredor.
Desde el compartimiento donde estaban los gemelos Weasley, Fred alzó el pulgar hacia ella mientras George se encargaba de fingir indignación ante el desastre como parte del plan. Sabían que algún prefecto vendría en cualquier momento, y alguien tendría que distraerlos.
Camille retrocedió lentamente, pegándose a la pared como una sombra. Su cabello rojo brillante ondeaba detrás de ella con cada movimiento, tan vivo como la chispa en sus ojos. Esa chispa era hereditaria. Tenía la rebeldía de su padre, pero la astucia calculada de su madre. Y esa combinación era peligrosamente efectiva.
-Disculpa.- dice secamente una voz detrás de ella, obligándola a girar.
Frente a Camille estaba un chico al que no recordaba haber visto antes. Su postura era relajada, pero sus ojos... no. Sus ojos eran oscuros y brillaban como carbones encendidos. Slytherin, sin duda. Tenía la marca de esa casa escrita en su lenguaje corporal: seguridad, arrogancia, veneno contenido. Camille lo miró de arriba abajo, sin preocuparse en disimularlo.
-¿Te perdiste, cariño? Este no es el vagón de los que se creen dueños del castillo.- el chico sonrió, ladeando la cabeza.
-Mattheo, encantado. Y no, no estoy perdido. Solo me pareció curioso ver a una chica escondida en medio del caos, con la varita todavía caliente.- señaló con sutileza el extremo de la varita de Camille, donde aún chispeaban rastros de tinta encantada, ella no se inmutó. Dio un paso hacia él, desafiante.
-¿Y qué? ¿Vas a ir con los prefectos? ¿Con tu prefecta Slytherin favorita? Adelante, me encantaría ver cómo explicas que también tú estabas fuera de lugar.
-Tienes agallas.- se burla Mattheo con un deje de diversión venenosa en la voz.
-Tú tienes cara de que nadie te da suficientes abrazos. Podemos ayudarnos mutuamente.