Camille Potter era la hermana melliza de Harry Potter. Es una chica bastante bromista al igual que su padre, James Potter, en especial si las bromas eran para los Slytherin.
¿Su vida? Jamás había sido normal, menos con la llegada de los hermanos Rid...
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El pasillo principal de Hogwarts estaba envuelto en una atmósfera tensa, pero no del todo opresiva. Dolores Umbridge se sentaba rígida en su escritorio, los dedos entrelazados, observando con ojos severos y calculadores a los estudiantes que caminaban con paso apresurado. Su sonrisa, tan falsa como una máscara, apenas ocultaba la frustración de quien sabe que tiene el control, pero no la paz.
A lo lejos, se escuchó un estallido.
Un destello de colores explotó en el aire, seguido de una lluvia de chispas que iluminó el corredor oscuro. Fred y George Weasley emergieron como una tormenta de risas y travesuras, cada uno lanzando fuegos artificiales de colores imposibles que estallaban con un eco alegre.
-¡Mira eso, George!- gritó Fred mientras lanzaba otro artefacto, esta vez en forma de dragón que volaba zigzagueando por encima de las cabezas. Umbridge frunció el ceño con ira, pero no pudo hacer más que observar, mientras varios profesores cercanos se apuraban a contener el caos.
Cerca de allí, en un rincón menos visible, Camille observaba la escena con una sonrisa sincera, como si en ese instante los pesos que cargaba se aligeraran un poco. Los colores brillantes y el bullicio de los gemelos creaban una burbuja efímera donde el mundo podía ser solo magia y risas.
Sus ojos se iluminaron con un brillo diferente, uno que no había sentido en días. Por un momento, olvidó la traición, la venganza, la ira... simplemente se permitió ser una chica normal, disfrutando de la rebeldía dulce que los Weasley representaban, George se acercó y le guiñó un ojo mientras encendía otro fuego artificial, uno que formó una lluvia de pequeñas estrellas que caían como un cielo estrellado a su alrededor.
-¿Te gusta?- preguntó, divertido, Camille asintió, y su sonrisa se amplió.
-Mucho.- respondió.- Gracias por recordarme que todavía podemos sonreír.- Fred pasó a su lado y le palmeó el hombro con afecto, sin palabras, solo presencia. Camille supo entonces que no estaba sola, ni en esa batalla ni en la vida.
La risa de los gemelos se fue alejando, pero el calor de ese momento quedó tatuado en su pecho como un pequeño fuego que prometía no apagarse. Poco a poco, más estudiantes se fueron asomando, saliendo de sus escondites y aulas, atraídos por el espectáculo. Comenzaron a aplaudir y a vitorear, contagiados por la alegría y la rebeldía que los fuegos artificiales simbolizaban.
El pasillo se llenó de voces, risas y aplausos, un pequeño estallido de libertad en medio de la opresión que se vivía en Hogwarts. Entre la multitud, Harry permanecía serio, sus ojos se entrecerraron y un escalofrío le recorrió la espalda. De repente, su mente fue invadida por una visión nítida y angustiante: Sirius, encadenado, torturado por Voldemort, su rostro marcado por el sufrimiento y la desesperanza.