Camille Potter era la hermana melliza de Harry Potter. Es una chica bastante bromista al igual que su padre, James Potter, en especial si las bromas eran para los Slytherin.
¿Su vida? Jamás había sido normal, menos con la llegada de los hermanos Rid...
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El aire en La Madriguera olía a pan recién horneado, hierbas dulces y a su hogar. No al de ella, pero sí a uno que había aprendido a tolerar. Camille cruzó el umbral en silencio, apenas murmurando un saludo cuando Molly se acercó a abrazarla con ese calor abrumador que solo ella sabía ofrecer.
-Te ves más delgada, niña.- dice la señora Weasley, mirándola con preocupación y tocándole la mejilla con ternura, Camille solo asintió, sin contestar.
El bullicio habitual de los Weasley flotaba en el aire, aunque más bajo que de costumbre. La tensión aún latía entre sus paredes desde la pérdida de Sirius, y Camille sentía que cada paso que daba en esa casa era como caminar sobre una cuerda tensa.
Subió los escalones con lentitud, mirando los marcos torcidos llenos de fotografías en movimiento. Risas en sepia, manos alzadas en juegos de mesa, bailes torpes, besos robados... y entonces lo vio.
A él.
Fred estaba recostado en el sofá de la sala, con una pierna doblada sobre la otra y un libro sin abrir apoyado en el pecho. La cabeza giraba hacia la ventana, los ojos entrecerrados. No la había notado. Aún. Camille se detuvo sin querer. El corazón le dio un latido irregular, la imagen fue brutalmente inmediata.
"Lo hice porque vi cómo los Riddle se acercaban a ella. Cómo jugaban con su cabeza. Cómo la hicieron sufrir... Y porque estoy enamorado de ella."
Camille sintió que el corazón le daba un vuelco. Las palabras de Fred la atravesaron como un relámpago, no por su intensidad, sino porque llegaron completamente de sorpresa. Él había sido una posibilidad. Un atisbo de algo ligero, de risa, de cariño sin condiciones. Una salida. Pero ella no supo abrir esa puerta.
Porque ya estaba atrapada en otras manos. En otras miradas más oscuras. Más peligrosas. Más... suyas. Fred giró la cabeza y sus ojos la encontraron. El tiempo no se detuvo. Solo pareció tomar una respiración profunda entre ellos.
-Hola, Camille.- saluda Fred con una voz suave, sin rastro de sarcasmo, sin esa chispa que lo caracterizaba. Solo él, viéndola, como quien mira un recuerdo. Camille se esforzó por responder.
-Hola, Fred.- no había distancia física entre ellos. Pero emocionalmente, parecía que los separaban kilómetros, Fred se sentó, ella no se movió.
-¿Sabes? Mamá hizo tarta de calabaza. Harry está por llegar. Y Ginny quiere enseñarte algo de esas revistas de moda ridículas que lee.- Camille asintió, bajando la mirada, y antes de poder evitarlo.
-Perdón.- Fred parpadeó confundido.
-¿Por qué?- ella no contestó, solo sacudió la cabeza.
Por no haber sido valiente. Por haberte dejado con palabras en la boca. Por no haberte elegido a ti cuando aún podía hacerlo.