Camille Potter era la hermana melliza de Harry Potter. Es una chica bastante bromista al igual que su padre, James Potter, en especial si las bromas eran para los Slytherin.
¿Su vida? Jamás había sido normal, menos con la llegada de los hermanos Rid...
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La habitación aún olía a deseo. A piel, a jadeos ahogados, a emociones que no supieron contener.
Camille se bajó de la mesa lentamente, el vestido resbalando por sus piernas mientras lo acomodaba con movimientos firmes pero silenciosos. Sus mejillas aún ardían, y su respiración buscaba volver a la normalidad. Se recogió el cabello con una mano, despejando el cuello que minutos antes Tom había recorrido con los labios como si buscara marcar un territorio que ya no le pertenecía... pero que él no parecía estar dispuesto a entregar.
Tom, a su lado, ajustaba los botones de su camisa con una calma fingida. Aunque sus dedos eran precisos, su mente estaba en otra parte: todavía en el roce de su piel, en el gemido contenido de Camille, en cómo se había rendido y luchado a la vez.
Silencio. Solo el eco tenue de la música al otro lado de la puerta. Camille sintió cuando él se acercó sin mirarlo. No necesitaba voltear para saber que era Tom. Su presencia era una sombra cálida y pesada que no se disipaba, incluso cuando no tocaba.
Él la tomó del brazo con suavidad, obligándola a girar. La miró, como si buscara algo en su rostro que no había tenido tiempo de leer antes. Y sin decir una palabra, inclinó el rostro y la besó. No fue suave. Fue profundo. Urgente. Como si quisiera memorizar el sabor de sus labios, grabarlo en la lengua, en la garganta, en los huesos. Como si supiera que tendría que aferrarse a ese recuerdo cuando todo se desmoronara de nuevo.
Camille le devolvió el beso con la misma intensidad. Le temblaron los dedos en la nuca, lo sostuvo fuerte como si se obligara a grabar su olor, el calor de su boca, la firmeza de su cuerpo. También ella sabía que ese beso podía ser el último verdadero... o el primero de una guerra. Cuando se separaron, sus frentes quedaron unidas por un instante.
-Esto no cambia nada.- susurró Camille, aunque ni ella misma creyó sus palabras, Tom la observó con una media sonrisa, sus ojos oscuros, cargados de todo lo que no dijo.
-Lo cambia todo.
Y sin más, se dio la vuelta, abrió la puerta y salió de la habitación. Camille quedó allí, con los labios ardiendo, el corazón latiendo en su garganta, y la conciencia de que, efectivamente, todo había cambiado.
La música seguía resonando en la sala de menesteres, ahora iluminada con luces tenues que hacían bailar las sombras en las paredes. La fiesta continuaba, pero para Camille todo parecía un eco lejano tras la intensidad del encuentro con Tom. Mientras caminaba por el salón, tratando de ordenar sus pensamientos, una voz suave pero cargada de una intención velada la alcanzó.