Camille Potter era la hermana melliza de Harry Potter. Es una chica bastante bromista al igual que su padre, James Potter, en especial si las bromas eran para los Slytherin.
¿Su vida? Jamás había sido normal, menos con la llegada de los hermanos Rid...
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El Gran Comedor resplandecía bajo la luz temblorosa de cientos de velas flotantes. El techo encantado mostraba un cielo nocturno cerrado, sin luna, cubierto de un negro estrellado que parecía arrastrar un presagio silencioso sobre cada piedra de Hogwarts. Como si el castillo mismo supiera que esa noche no era cualquier inicio de curso.
Las paredes vibraban con los estandartes de las casas, y el murmullo alegre de estudiantes antiguos y nuevos llenaba la sala con ecos de entusiasmo, bromas, saludos y primeras impresiones. Pero en medio de ese bullicio encantador, Camille Potter se sentía como una nota disonante.
Estaba sentada entre Hermione y Ginny en la mesa de Gryffindor, rodeada de risas y voces familiares. Fingía sonreír, incluso soltaba algún comentario sarcástico sobre lo torpes que parecían algunos de primer año al acomodarse las túnicas o lo mucho que deseaba saltarse el banquete para dormir durante una semana entera.
Pero cada palabra era un acto. Cada gesto, un disfraz. Su mirada, por más que luchara contra ello, volvía una y otra vez, como arrastrada por un hechizo oscuro, hacia la mesa de Slytherin.
Y ahí estaban. Tom Riddle. Mattheo Riddle.
Juntos, pero no unidos.
Tom permanecía en una quietud que no era humana. La espalda recta, la barbilla alzada, los ojos fijos al frente como si no tuviera que ver para saber todo lo que pasaba a su alrededor. Su rostro era un muro de hielo, su expresión una máscara de perfección tan pulida que se volvía cruel. A su lado, Mattheo tamborileaba con los dedos sobre la mesa, el gesto casi imperceptible pero cargado de una ansiedad que hervía bajo su piel. Tenía la mandíbula apretada, la mirada baja, como si cada ruido del comedor le perforara los sentidos.
Y Draco... Draco parecía un reflejo difuso de sí mismo. Tenía los ojos clavados en un punto lejano, el rostro tenso, los hombros rígidos como si llevara un abrigo hecho de plomo. No hablaban entre ellos. Ni una palabra. Ni un susurro.
Camille intentó no mirarlos. Intentó mirar a Hermione cuando hablaba, a Ginny cuando se reía, a los primeros años cuando entraban... pero el vacío era demasiado grande. Era como si una parte de ella hubiera quedado atrapada en esa otra mesa.
Y lo peor no era que ellos no la miraran. Lo peor era que actuaban como si jamás la hubieran conocido.
Mattheo no barrió con la mirada como solía hacerlo. Ya no la buscaba entre el gentío, no alzaba las cejas al cruzarse con la suya. Tom, aunque todos sabían que podía sentir cada mirada clavada en su nuca, ni siquiera se inmutaba. Ni un gesto. Ni una sombra. Ni un parpadeo.