Día 1: Insomnio

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Romulus Silverknife, 18 años

Candyfloss Square

Un impulso enérgico con mi pierna en el suelo me hace avanzar unos cuantos metros. Debo alcanzarla. Debo hacerlo antes de que haga algo loco que le cueste la vida.

—¡Melody! —grito, acortando la distancia entre nosotros cada vez más, saltando de pasillo en pasillo en este laberinto espacial.

Cuando por fin la alcanzo, la agarro del brazo.

—¡Suéltame, Romulus! —dice Melody, desesperada, dando tirones.

Aprieto mi mano fuerte, asegurándome de que no pueda soltarse. Al menos hasta que haya entrado en razón.

—¡¿Y qué vas a hacer cuando llegues a ellos?! Son varios. ¿Es que no lo viste? ¿De verdad crees que tú sola puedes contra varios tributos armados?

Los tirones van disminuyendo en intensidad hasta que cesan. Melody comienza a temblar, ocultando su rostro.

—¡Ha empezado...! El juego ha empezado...

Espero a que comience a llorar de un momento a otro, pero no lo hace. Sus ojos parecen humedecerse un poco pero inmediatamente respira hondo y se calma.

—¿Por qué ella, Romulus? No es justo.

Aún de la mano, la voy conduciendo de vuelta a donde estábamos donde me he visto obligado a dejar todas nuestras cosas antes de venir a por ella. No me gustaría que nos las robasen.

—No. Eso es obvio. Nada de esto lo es.

He fracasado en mi misión de proteger a Jelly. Tal vez sea un mensaje del destino, como si ella hubiera estado ya condenada hiciéramos lo que hiciéramos. Dicen que nuestro destino está ya predeterminado, aunque siempre me gustó pensar que los buenos o los malos actos de uno contaban. Por años el Capitolio hizo pagar a los distritos por su valentía al rebelarse con la sangre de sus hijos. Y ahora es nuestro turno. Ellos eran inocentes, estaban libres de toda culpa. Pero también lo estamos nosotros.

Cuanto más cerca estamos de llegar donde se encuentra Jelly, peor comienzo a sentirme. El corazón comienza a latirme muy rápido y mí respiración se acelera. No se si estoy preparado para ver su cuerpo sin vida.

Mi agitación es tal que tengo que parar un momento y apoyarme en la pared. Estoy hiperventilando y mis manos comienzan a cubrirse de un sudor frío. Suelto la mano de Melody avergonzado porque ella pueda notarlo.

—¿Quieres que nos quedemos aquí un rato?

—No —digo, mareado—. Si no seguimos alguien se va a llevar nuestras cosas.

—¡Que les den a las cosas! Lo importante es que tu estés bien.

Yo me obligo a seguir caminando.

—Lo estoy. Debo estarlo... Sólo estoy poniéndome un poco nervioso.

—¿Un poco? Pareces al borde de un ataque.

—No. Yo siempre he sido así, Melody. Si me derrumbo estoy perdido. No puedo...

—Entonces vamos. Vayamos a por las cosas... Y a despedirnos de ella.

Mi aliada comienza a moverse de nuevo a grandes saltos. Es la forma más eficiente de hacerlo aquí. Justo antes de girar al pasillo donde pasó todo siento unas terribles ganas de salir corriendo y no volver.

Encontramos todo tal y como lo dejamos. Jelly yace en el suelo de costado con los ojos cerrados. Jamás me había sentido tan mal en mi vida.

—Estará bien. Está en el cielo ahora. Lejos de toda esta locura —digo.

Causa y EfectoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora