Capítulo 61

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**Manas Actualización 1/2**

Sí, vieron bien: ¡es un maratón! Para que no digan que no las consiento. Sin embargo, nada es gratis en esta vida. Así que, para que los maratones vuelvan (y ojo, no estoy diciendo que tendrán uno por semana), sino para que tengan un maratón al menos cada quince días, deben darle amor a estos dos capítulos. La meta será la siguiente:

1500 votos y 5000 comentarios en cada capítulo (idea de un video que mandaron en Telegram). Así que pongan a funcionar esas máquinas. Y para que vean que soy buena onda, tenemos hasta el lunes a las 12:00 p.m. para llegar.

Sin más, que la suerte esté siempre de su lado.

Sin más, que la suerte esté siempre de su lado

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Zelenograd - Rusia

Tres días después.

«No vayas a vomitar»

«No aguanto»

Un escalofrío me recorre todo el cuerpo, la bilis se me forma en la garganta por tercera vez en estos cuarenta minutos que llevamos de trayecto. Su presencia me resulta más insoportable cada día, su mero aliento contamina el aire a mi alrededor.

«Cambiemos», le pido sintiendo que voy a devolver todo si no hago algo pronto.

—¿Te sucede algo? —pregunta Oleg, tomando mi mano enguantada. Su toque es repulsivo, su cercanía aviva mis náuseas hasta el punto del desespero.

«Apesta»

El olor que emana de él es nauseabundo. Cada vez que se mueve, una nueva oleada de ese hedor se cierne sobre mí, haciendo que mi estómago se retuerza con más fuerza. Siento un profundo asco hacia él, un odio visceral que quema como ácido en mis venas.

«Aguanta, reinita, si cambiamos, lo mato. No soy como tú, no podré controlar mi instinto asesino. No exagero cuando te digo que quiero arrancarle la tráquea», me dice, y no miente. Siento su odio corromper todo mi sistema.

—Sí, es solo que me mareo en los trayectos largos —respondo, fingiendo una sonrisa mientras trago el ácido que se me ha formado en la garganta. Me inclino y tomo una botella de agua, verifico que no esté abierta, y bebo casi todo su contenido, esperando que el líquido calme mi estómago revuelto.

Cierro los ojos un momento y la imagen de mi marido aparece en mi mente, como un bálsamo necesario. Necesito su presencia como el aire para respirar. La añoranza me golpea con fuerza, mi corazón y cuerpo claman desesperadamente por él.

«Joder, lo necesito»

Pero ya llevamos tres días aquí en Rusia y de él, ni rastro. Jack fue el único que llegó, y por más que le pregunto sobre Alex, no me da explicaciones claras. Era obvio que Alexander se daría cuenta del rastreador que le puse, y ahora parece que está devolviéndome la jugada desapareciendo sin dejar rastro.

AnheloDonde viven las historias. Descúbrelo ahora