JAEHYUN

58 11 0
                                        


Una parte de mí seguía siendo cobarde y solo deseaba quedarme dentro de aquella oficina para siempre con Renjun entre mis brazos, pero la otra parte estaba intentando abrirse camino poco a poco y sabía que tenía que ir aprendiendo a afrontar la realidad; como que aquel abrazo era efímero, o que unos metros más allá nos estaban esperando un montón de personas que querían compartir esa noche con él, así que me serené y me separé de Renjun despacio.

—Tenemos que volver.

—Lo sé — susurró.

—Ve. Ahora te sigo.

Renjun entendió que necesitaba un minuto a solas para serenarme y se fue casi sin hacer ruido, casi de puntitas. Respiré hondo cuando la puerta se cerró.

Lo había hecho. Había cumplido la promesa que le hice a Lay, y eso de ser fiel a la palabra de uno mismo tenía un algo reconfortante que nunca me había parado a valorar. Suspiré satisfecho antes de salir.

Recorrí el pasillo hacia la sala más grande y saludé a algunos conocidos antes de que una mujer interesada en una de las obras me abordara. A partir de ese momento, y a pesar de la ayuda de Sam, no tuve un minuto libre en toda la noche. De vez en cuando, veía a mi familia disfrutando. Y también a él iluminando cada sala a su paso.

Cuando la velada fue llegando a su fin y la galería empezó a vaciarse, Renjun se acercó. Iba tomado de su mano y caminaba junto a él. Me obligué a respirar, aunque me ardían los pulmones, sentía..., no, en realidad no podía ponerle nombre, porque nunca me había sentido así. Y si pensaba que estaba preparado para ese momento, me equivocaba. Pareció que a él le fallaba un poco la voz.

—Jeno, te presento a Jaehyun—logró decir.

El chico tenía una mirada amistosa y su apretón de manos fue sencillo y afable. Aún así, era imposible no percatarse de la tensión. Cualquiera que me conociera podría darse cuenta de que estaba deseando largarme de allí, como cada vez que algo me resultaba demasiado, como cuando sentía que las cosas me ahogaban y decidía dejarlas encima de un armario. Así que aguanté...

—Encantado —dije.

—Lo mismo digo — Jeno miró a su alrededor antes de volver a fijar sus ojos castaños en mí.

—Esto es sorprendente. Hicieron un trabajo fantástico.

—Gracias.

Ojalá hubiera sido un imbécil. Pero no lo era. Desprendía cordialidad. Y seguramente era mil veces mejor que yo. Más atento. Más valiente. Más luchador. Tragué para deshacer el nudo que me ahogaba.

Casi como un puto milagro, Kun apareció.

—¿Cómo va todo? Ha sido extraordinario, ¿no?

Asentí aún un poco sobrepasado por todo.

—De hecho, debería ir a ver cómo va Sam.

Hasta que me alejé hacia otra de las salas no me di cuenta de que no había mirado a Renjun ni una sola vez, pero es que me costaba la vida hacerlo en aquella situación. Era dolor. Celos. Mierda. Yo no había sentido celos jamás. No sabía qué demonios era esa angustia y esa inseguridad hasta que me enamoré de él.

Un rato más tarde cerramos la galería. Al salir me encontré a mi familia y a los demás en la puerta. Cuando me preguntaron si quería irme con ellos a tomar algo para celebrarlo, sacudí la cabeza.

—Apenas he dormido. Me voy a casa ya.

—Vamos, tú nunca dices que no —insistió Kun.

Renjun mantuvo la vista clavada en el suelo.

Lo que somos Donde viven las historias. Descúbrelo ahora