JAEHYUN

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Quería preguntarle por qué no se lo había pedido a Kun o a Jeno, o a cualquier otra persona, se habría ahorrado casi tres horas de autobús, y supongo que el mal trago de verme, porque a pesar de esa «amistad» nuestra, a ratos no estaba muy seguro de que pudiese soportar mirarme. Al menos, a esa conclusión había llegado después de entender que uno de los problemas para no ir a París era que yo lo acompañaría, pero estaba tan feliz de verlo que una parte de mí sabía que haría cualquier cosa que él quisiera, porque el corazón se me aceleraba cada vez que lo tenía cerca, porque me ponía duro mirarlo, porque tenía el rostro más bonito del mundo y quería besarlo por todas partes. Porque estaba loco por él.

—¿Estás preparado? Ven aquí, Renjun.

Habíamos rodeado la propiedad y teníamos las linternas apagadas, así que tan solo veíamos lo que la luna alcanzaba a iluminar. Él pisó unos matorrales, lo tomé por la cintura y lo alcé con suavidad hasta que alcanzó el extremo del muro. Saltó y yo fui detrás. Extendí el brazo hacia él.

—Dame la mano —le pedí.

Sus dedos encontraron los míos en medio de la oscuridad e ignoré el escalofrío que me recorrió mientras tiraba de él avanzando hacia la casa entre los hierbajos que habían crecido demasiado. Subimos al porche trasero y lo solté al llegar delante de la puerta. Cogí aire y crucé los dedos para que la puerta se pudiese abrir fácilmente.

—Te alumbro —dijo encendiendo la linterna.

Golpeé la madera con el hombro y el crujido rompió el silencio de la noche. Cerré los ojos y golpeé más fuerte, esta vez se abrió con un chasquido.

—¿Estás listo? —pregunté, y él asintió.

Esa vez su mano me buscó por voluntad propia y, cuando traspasamos el umbral del que había sido su hogar durante tantos años, me apretó con fuerza. Yo tragué saliva, porque los recuerdos se arremolinaban en cada rincón y en cada uno de los muebles que alguien había cubierto con sábanas.

—Cariño, si necesitas salir, solo dímelo.

—Estoy bien— Sorbió por la nariz.

—De verdad que estoy bien — repitió como si intentase convencerse.

—Hay muchas cosas aquí, muchas...

El haz de su linterna iluminó el salón moviéndose conforme lo dejábamos atrás y nos acercábamos a las escaleras. Los escalones crujieron bajo el peso de nuestros pasos, pero solo podía oír cómo me latía el corazón. Dejé que Renjun le echase un vistazo a su propia habitación y esperé paciente en el umbral. Después nos dirigimos al estudio de Lay.

Yo no estaba preparado para todo lo que sentí al entrar allí. Para ver sus cuadros apoyados en las paredes, pinturas y un par de caballetes. Tragué saliva y me obligué a mantenerme sereno cuando oí el primer sollozo de Renjun.

—No pasa nada —susurró en medio de la oscuridad.

—Es solo... un momento de debilidad. Pero puedo hacer esto, Jaehyun. Quiero hacerlo.

Comenzó a mover los cuadros y yo lo ayudé apartando algunos. Cuando me vi frente a uno de ellos, me quedé sin aire.

—Espera—Lo tomé.

—¿Qué pasa?

Renjun se acercó. Intenté quitar el polvo que cubría el lienzo y lo dejé encima de uno de los caballetes que seguían abiertos.

Inspiré hondo.

—Este me lo tengo que llevar.

—¿Qué tiene de especial?

—Fue la primera vez que pinté. No sé por qué tu padre lo conservó. Ni siquiera se me pasó por la cabeza—Me llevé una mano a la boca mientras Renjun seguía iluminándolo con la linterna.

—Tú tenías tres años y bailabas aquí mientras él pintaba. Me dejó tomar el pincel y esto lo hice yo. Un cielo despejado... — deslicé las manos por esa zona.

—Tú, siempre cielos despejados.

Me volví hacia Renjun y distinguí la curva de su sonrisa en la penumbra. Nos miramos en silencio, conectados de algún modo que ni siquiera podía entender. Oí su respiración.

—Gracias por acompañarme...

Asentí con la cabeza y continuamos revisando el estudio. Puede que aquello fuese robar, pero, joder, pensaba llevarme muchas de esas pinturas. No tenían valor. No para los propietarios actuales de esa casa, pero sí para nosotros. Un valor incalculable. Por algunas cosas vale la pena arriesgarse con los ojos cerrados.

Cuando salimos, le prometí que volveríamos otro día con el coche para llevarnos algunos cuadros y recuerdos.

Lo alcé de nuevo para que alcanzase el muro e intenté ignorar el aroma suave y adictivo que desprendía y las ganas que tenía de estrecharlo contra mi cuerpo.

Cuando echamos a caminar calle abajo, nos dirigimos varias miradas divertidas. Si pensaba que Renjun había cambiado porque parecía más maduro, más sereno y más calmado, me equivocaba; seguía siendo el mismo chico dispuesto a cometer locuras y a vivir aventuras, a dejarse llevar cuando lo retaba, a pasear conmigo de madrugada bajo el viento templado de la noche de un jueves cualquiera.

—¿Qué estamos haciendo? —pregunté.

—No lo sé — se rio, aunque, bajo la luz de las farolas, pude ver que aún tenía los ojos un poco enrojecidos.

—No tengo donde dormir.

—Y has subido a un autobús sin pensar.

—¡Estaba improvisando!

—Vamos a casa —le tendí una mano, él la miró, negó con la cabeza y siguió hacia adelante.

—¿Qué quieres, pequeño demente?

—Pasemos despiertos toda la noche. Solo paseando, hablando o sentándonos por ahí.

No dijo que todavía no estaba preparado para quedarse a dormir en mi casa, pero a veces podía leer a través de su piel y de la súplica que escondían sus ojos.

—Parece un plan estupendo.

Así que eso fue lo que hicimos. Dejamos atrás las horas mientras recorríamos las calles vacías, conociéndolas desde una perspectiva diferente a la diurna, cuando estaban llenas de gente.

Bajamos hasta el paseo de la playa y yo intenté no hacer ninguna tontería cuando, tumbado en la arena, él me confesó que su relación con Jeno no estaba pasando por su mejor momento. Me esforcé por escucharlo, me esforcé por ser su amigo, me esforcé por no desear follármelo allí mismo, aunque en vano.

Y después, cuando regresamos sobre nuestros pasos y paramos en un parque solitario, nos sentamos en los columpios. Me reí mientras él se balanceaba y el viento de la noche le revolvía el pelo. Allí, aferrando con las manos las cuerdas del mío y sin apartar los ojos de Renjun, me sentí vivo de nuevo. Porque cuando estábamos juntos parecía que el mundo era más colorido, más vibrante, más intenso. Eso era él para mí.

—Ten cuidado —dije al verlo torcerse hacia un lado.

—Si me caigo, ¿me levantarás?

—¿A qué viene esa pregunta?

Renjun frenó ayudándose con los pies. Me miró. Me fijé en su garganta al tragar.

—Si me caigo en París, ¿me levantarás, Jaehyun?

Contuve el aliento cuando lo entendí.

—Siempre, cariño. Te lo prometo.

—Me da miedo caminar solo.

—Lo sé. Pero estaré ahí.

Él asintió aún dubitativo y tomó aire.

—¿Cuándo nos vamos?

Hacía años que no sonreía así.

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