La primera vez que sentí la necesidad de pintar tenía trece años. Ese día Kun no había ido a clase porque tenía fiebre, así que al volver del colegio fui a su casa para verlo un rato. Victoria me abrió la puerta y me sonrió antes de dejarme entrar.
—Pasa, cielo. Kun está durmiendo.
—¿Más? Qué débil es — gruñí.
Victoria se echó a reír y la seguí a la cocina.
—¿Quieres que te prepare un jugo de naranja?
—Si, por favor —me encogí de hombros.
Lo cierto es que no tenía nada mejor que hacer esa tarde, y no me apetecía estar solo.
—¿Lay tampoco está?
—Sí, en el estudio. Ve a verlo. Ahora te llevo el jugo.
Subí las escaleras de dos en dos hasta la segunda planta. Las notas de «I will» me guiaron hasta su estudio, y cuando llegué allí, lo observé todo con curiosidad. Lay tarareaba la canción con un pincel en la mano mientras Renjun bailaba a su alrededor. Me quedé mirándolos embobado hasta que él se percató de mi presencia.
—¡Hey, chico! Ven aquí.
Paró la música y me sonrió. Entré. Había estado allí en otras ocasiones, pero normalmente con Kun al lado y sin prestar demasiada atención a los cuadros llenos de color que inundaban la estancia. Solo una vez me había parado a mirar uno con detenimiento años atrás, cuando Lay pintó unos escarabajos con las tripas abiertas y llenas de margaritas.
—¿Qué estás haciendo? —pregunté.
—¿A ti qué te parece? — se echó a reír.
—Me refería a la música tan alta.
—La música es inspiración, Jae.
Volvió a poner la misma canción y luego me miró serio tras quitarle a Renjun de las manos un pincel que se le había caído al suelo.
—¿Nunca te he contado cómo supe que estaba enamorado de Victoria?
Negué, un poco avergonzado porque Lay me hablase de forma tan franca de un tema como aquel, me resultaba incómodo. A esa edad, me bastaba con los besos robados que me daba con una compañera de vez en cuando al salir del colegio, y la palabra «amor» me hacía reír.
—Pues fue fácil. Estaba en el paseo de la playa con unos amigos cuando la vi a lo lejos. Victoria iba patinando, tenía el pelo revuelto y parecía una salvaje, pero conforme se acercaba, empecé a oír las notas de esta canción en mi cabeza y luego la letra. Todo. Escuché cómo me enamoraba de ella.
—Eso es imposible — mascullé.
—Fue así. Te lo juro.
—¿Y qué pasó luego?
—Que estuve semanas buscándola.
—Debió de pensar que eras un chiflado.
Él sonrió y puso la misma canción una vez más. Me quedé mirando cómo mezclaba dos pinturas diferentes en la paleta llena de colores y, conforme fueron pasando los minutos sin que ninguno de los dos dijese nada, me senté en el suelo con la espalda apoyada en una de las paredes del estudio. Desde ahí lo contemplé pintar, Renjun volvió a danzar a su alrededor bailando esa canción sin cesar, hasta que, cansado, se acercó a mí.
A pesar de que ya tenía tres años, seguía usando chupete de vez en cuando, como aquel día. El cabello castaño y ondulado le rozaba la barbilla y sus mejillas estaban sonrosadas. Dejé que se sentase en mi regazo. Yo no solía hacerle demasiado caso, la verdad, porque a esa edad lo único que me interesaba era salir con Kun por ahí y hacer alguna tontería, pasar las tardes admirando a los surfistas e intentando imitarlos, o mirándoles el culo a las chicas que llevaban bikinis minúsculos.
Y, sin embargo, esa tarde no necesité nada más. Había algo relajante en observar la manera en la que Yixing movía la mano y deslizaba el pincel por el lienzo en blanco llenándolo de color. Aparté la mirada de él cuando Renjun emitió un suspiro suave y me di cuenta de que se había quedado dormido entre mis brazos con su chupete de mariquitas aún en la boca.
—Espera, que te lo quito de encima.
Dejé que Yixing lo cogiese y se lo llevase para acostarlo. Cuando regresó, yo ya estaba de pie y dispuesto a irme, pero me quedé un segundo mirando el cuadro.
—¿Te gusta lo que ves?
—Sí — respondí.
—¿No quieres probar?— Yixing me tendió un pincel.
Arrugué el ceño un poco inseguro.
—Dudo que sepa hacerlo. Lo estropearía.
—Seguro que no — insistió, hasta que cedí y se colocó a mi lado con su habitual sonrisa, sincera e inmensa.
— Te diré lo que tienes que hacer, ¿de acuerdo?
—Vale — asentí.
—Cierras los ojos, dejas de pensar, los abres y pintas.
—¿Y ya está? —repliqué incrédulo.
—Solo es una primera toma de contacto.
—Tienes razón. Está bien.
—¿Preparado?
Asentí con la cabeza. Después cerré los ojos con fuerza y me obligué a apartar cualquier idea que me rondase la cabeza hasta que solo vi frente a mí un cielo despejado. Entonces los abrí. Alargué la mano hacia la paleta de colores, cogí un poco de azul y dejé un pequeño rastro en el cielo de aquel campo abierto que Yixing había estado pintando. La inseguridad de ese primer trazo se disipó conforme el blanco daba paso a más azul, más y más; algo que se tradujo en una extraña satisfacción, la de inventar algo, la de plasmar, dejar, depositar, volcar, vomitar, derramar, expresar, gritar...
—Vaya, tienes claro que el cielo está despejado.
—Me gusta. Me gustan los cielos despejados.
—A mí también —contestó él.
— ¿Y esto?
—¿Esto? ¿Pintar? —arrugué la nariz.
— Sí.
—Pues puedes hacerlo siempre que quieras.
Pensé que era una tontería. Seguro que Kun se echaría a reír si le decía que quería ponerme a pintar como su padre. Me encogí de hombros con fingida indiferencia.
—Quizá sí. Algún día —me limité a decir.
—Te estaré esperando.
Años después entendí que hay sonrisas que esconden verdades. Que hay tardes cualesquiera que se convierten en recuerdos importantes. Que los momentos determinantes ocurren cuando menos te lo esperas. Que el encanto de la vida reside en ese algo impredecible.
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Lo que somos
Lãng mạnHan pasado tres años desde la última vez que Renjun y Jaehyun se vieron. Ahora, Renjun está a punto de cumplir su sueño, y pese al pasado, Jaehyun necesita formar parte de un momento como ese. Cuando sus caminos vuelven a cruzarse, Renjun tiene que...
