Cap 17 : Daga

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El día había sido largo

Había pasado horas bajo el sol, enseñando a los esclavos a leer y escribir.

Algunos aprendían rápido, otros luchaban por comprender las letras que parecían un misterio.

Pero me sentía orgullosa de cada uno de ellos.

Hoy les conté la historia de Sansón, un hombre cuya fuerza era legendaria, pero cuyo fin llegó no por la pérdida de su poder, sino por la traición de quienes lo rodeaban.

-Sansón era invencible -les expliqué-hasta que confió en alguien que no debía. Su poder venía de su cabello, y cuando lo perdió, también perdió su vida. La traición puede destruir hasta al más fuerte.

Los esclavos me miraban, algunos asintiendo con la cabeza, otros con el ceño fruncido, tratando de comprender cómo una simple traición podía derribar a un gigante.

Cuando terminé la lección, dejé que los esclavos siguieran practicando.

Me alejé un poco, pero no mucho, solo lo suficiente para tener un respiro.

Estaba disfrutando del silencio, cuando escuché pasos apresurados detrás de mí.

Al girar, me encontré con una chica corpulenta, su expresión distorsionada por el enojo.

-¡Te metiste con mi hermano! -gritó, su voz cargada de resentimiento.

Fruncí el ceño, confusa, pero antes de que pudiera responder, la vi agacharse para recoger una piedra.

La lanzó en mi dirección sin vacilar.

Logré esquivarla, pero otra le siguió, y luego otra.

La furia en sus ojos era palpable, como si yo fuera la responsable de todas las desgracias de su vida.

-¡Ven! ¡Arreglemos esto aquí mismo! -me retó, con la respiración agitada.

Sentí la tensión recorrer mi cuerpo y mi mano fue directamente a la daga que llevaba en la cintura.

No tenía miedo de usarla si era necesario, pero algo en mí sabía que esto no terminaría bien.

Deslicé la daga de su funda, preparándome para cualquier cosa.

Pero antes de que pudiera actuar, una voz profunda y amenazante rompió el aire.

-¿Qué crees que estás haciendo?

Ivar

Su figura apareció como una sombra detrás de la chica, y su mirada era tan oscura como el mismo invierno.

Ella se giró, y el miedo cruzó su rostro por un breve instante, pero no retrocedió.

Aun así, la furia de Ivar era inconfundible.

- No te atrevas a tocarla -dijo, su voz más baja, pero aún más peligrosa.

La chica parecía no saber si debía correr o seguir con su ataque, pero no tuvo mucho tiempo paгa decidir.

Ivar, con una rapidez que apenas pude procesar, se acercó a mí, tomó la daga de mis manos y, antes de que pudiera detenerlo, la agarró de los brazos.

En un movimiento preciso y brutal, cortó el cuello de la chica.

El chorro de sangre fue instantáneo, un arco rojo que manchó el suelo y nuestras ropas.

Todo sucedió tan rápido que me quedé inmóvil, observando cómo la vida se escapaba de su cuerpo en cuestión de segundos.

Los ojos de la chica se apagaron y su cuerpo cayó al suelo con un golpe sordo.

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